Las calles de las dos Españas
![[Img #31546]](upload/img/periodico/img_31546.png)
Y cómo no, los nombres de las calles también tenían que estar polarizados por las dos españas, quién sabe si en realidad para satisfacer tan sólo a los fantasmas del carlismo y mantener vivos los enredos de los borbones que disfrazaron todas las inquietudes políticas, modernizadoras y sociales de entretenimiento divisor, con los unos enfrente siempre de los otros.
La gente apenas sabe nada del nombre de las calles en que vive, los toma como un accidente geográfico, como una fatalidad, y nadie escoge vivir aquí o allá en virtud al nombre que esta tenga. Se convive con el de un desconocido casi siempre del que apenas curiosidad se siente, ya hubiera sido un santo, un héroe o un revolucionario. Nunca se ha oído revuelta o protesta de vecinos por no verse a gusto con el nombre de su calle, como si eso en realidad no fuera con ellos.
Nadie quiere seguir el ejemplo de Nueva York, donde tan bien les ha ido al ponerse de acuerdo en que, de un momento dado en adelante, las calles y avenidas llevarían sólo números. Allí le pueden llevar a uno a la esquina exacta en un periquete con sólo consignar en un papel los dígitos y haber jugado de pequeño al juego de los barcos.
Pasaba quien esto escribe de estudiante por un barrio en el que todas las calles se llamaban como árboles, los tilos, los cipreses o los sauces. Me pregunto hoy si hasta en los árboles hubiera también las dos españas como las hay hasta entre los del futbolista Messi y los de Cristiano Ronaldo, como las debió haber entre los del torero Lagartijo o los de Frascuelo.
Tal vez, para detener esta dialéctica paralizante, las calles las deberían poner los poetas con nombres totalmente inventados, palabras de cosas que no existen. Aunque uno está hoy tan pesimista que ni en eso cree, enseguida habría los unos y los otros, los de unos poetas y de otros.
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Y cómo no, los nombres de las calles también tenían que estar polarizados por las dos españas, quién sabe si en realidad para satisfacer tan sólo a los fantasmas del carlismo y mantener vivos los enredos de los borbones que disfrazaron todas las inquietudes políticas, modernizadoras y sociales de entretenimiento divisor, con los unos enfrente siempre de los otros.
La gente apenas sabe nada del nombre de las calles en que vive, los toma como un accidente geográfico, como una fatalidad, y nadie escoge vivir aquí o allá en virtud al nombre que esta tenga. Se convive con el de un desconocido casi siempre del que apenas curiosidad se siente, ya hubiera sido un santo, un héroe o un revolucionario. Nunca se ha oído revuelta o protesta de vecinos por no verse a gusto con el nombre de su calle, como si eso en realidad no fuera con ellos.
Nadie quiere seguir el ejemplo de Nueva York, donde tan bien les ha ido al ponerse de acuerdo en que, de un momento dado en adelante, las calles y avenidas llevarían sólo números. Allí le pueden llevar a uno a la esquina exacta en un periquete con sólo consignar en un papel los dígitos y haber jugado de pequeño al juego de los barcos.
Pasaba quien esto escribe de estudiante por un barrio en el que todas las calles se llamaban como árboles, los tilos, los cipreses o los sauces. Me pregunto hoy si hasta en los árboles hubiera también las dos españas como las hay hasta entre los del futbolista Messi y los de Cristiano Ronaldo, como las debió haber entre los del torero Lagartijo o los de Frascuelo.
Tal vez, para detener esta dialéctica paralizante, las calles las deberían poner los poetas con nombres totalmente inventados, palabras de cosas que no existen. Aunque uno está hoy tan pesimista que ni en eso cree, enseguida habría los unos y los otros, los de unos poetas y de otros.






