Catalina Tamayo
Jueves, 17 de Agosto de 2017

El verano en el pueblo

 

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En verano los pueblos, medio vacíos el resto del año, se llenan de gente. Sobre todo de niños.  El eco de las voces, de los gritos, de las risas locas de los chicos, que no paran, resuena en la plaza, y en las mismas calles. Resuena la vida. Da gusto verlos, oírlos, sentirlos. Con ellos el pueblo es otro. Es como si se desperezara de un sueño largo.

 

Todavía recuerdo cómo eran los veranos en mi pueblo cuando yo era niño. Había muchos chavales. A los del pueblo se sumaban los que venían de fuera. El día de San Juan, la fiesta del pueblo, aparecían los primeros, que ya se quedaban el resto del verano, casi todos solos con sus abuelos. Los demás venían a lo largo del mes de julio. Pero siempre había alguno que no llegaba y no lo volvíamos a ver. Encontrarse y empezar a jugar era todo uno. Niños y niñas, todos juntos. Los niños olvidan tan pronto. Era como continuar con el verano anterior, como si por medio no hubiera habido un largo curso académico. Eran los mismos y no eran los mismos. Cada año los veíamos diferentes: un poco más altos, acaso más flacos, otro peinado. Supongo que también nosotros habríamos cambiado y que ese cambio tampoco pasaría desapercibido para ellos.

 

Los domingos por la tarde –a veces también alguna tarde de labor– nos bañábamos en la presa. Algunos de estos chicos, a pesar de ser más pequeños, dos o tres años menos, nadaban mejor que yo, mucho mejor. Solo mi pundonor hacía que los venciera en las competiciones que organizábamos. También se tiraban de cabeza al agua mejor que ninguno de nosotros. Por la noche, nos juntábamos en la plaza. Había un juego que nos encantaba. Se llamaba el rescate. Para jugar al recate nos teníamos que dividir en dos grupos. Los niños de un grupo tenían que coger a los niños del otro grupo. Cuando alguien era pillado, tenía que quedarse quieto, como si hubiera caído prisionero. Pero si otro niño de su grupo lograba llegar hasta él y tocarlo, entonces quedaba libre, había sido recatado. Cuando nos cansábamos de este juego, nos sentábamos en el suelo formando un círculo junto a la puerta de la escuela, cerca de los rosales, y hablábamos, muchas veces del colegio. Ellos tenían colegio y profesores, nosotros escuela y maestro. A mí me gustaba cuando hablábamos de películas y ellos nos contaban las que veían en el cine. Eran películas que no las echaban por la televisión, ni siquiera por la segunda cadena, y con las que yo quedaba fascinado. Todavía hoy, después de tanto tiempo, recuerdo escenas de alguna de esas películas. Era maravilloso. Yo envidiaba a esos chicos, a esas chicas, porque al día siguiente dormían hasta tarde y se pasaban la mañana con las bicis de acá para allá, con la única preocupación de divertirse, mientras que nosotros, en cambio, teníamos que madrugar para ir al campo con nuestros padres.

 

Pero un verano –lo recuerdo bien– fue distinto. Muchos de esos chicos habían cambiado tanto que resultaban casi irreconocibles. Sobre todo Marta. Marta era otra: era más alta, las caderas se le habían ensanchado, tenía pecho, se había dejado crecer el pelo. Me costaba mirarla, hablar con ella. Y cuando me buscaba, porque quería hablarme, contarme cosas, como si todo siguiera igual, yo la evitaba, no podía: sus ojos, su voz, la forma de apartase el pelo de la cara, me mareaban. 

 

Ese verano no nos bañamos en la presa, fuimos al río, que cubría más. Ya no había pundonor que valiera, ellos ganaban siempre nadando, y sin mucho esfuerzo. Por las noches, dejamos de jugar al rescate. Yo lo eché de menos, la verdad, porque, con el pretexto del juego, me habría gustado coger a Marta por la cintura y hacerla mi prisionera. O bien, rescatarla, como venía haciendo todos estos años, y ser su héroe, una vez más. Pero a nadie le interesaba ya el rescate y no pasábamos la noche hablando, aunque de otras cosas, menos inocentes. También íbamos a las fiestas de los pueblos cercanos y nos quedábamos a la verbena. Marta siempre quería bailar conmigo, un lento, como hacían otros chicos y chicas. Pero cuando empezaban los lentos, yo desaparecía del baile. Era tan torpe. Temía que Marta se diera cuenta de que no sabía bailar. Aunque nadie me lo ha dicho, hoy sé que se había dado cuenta.


Al verano siguiente, algunos chicos ya no vinieron, entre ellos Marta. A pesar de que me dijeron que ese año no vendría, yo la esperé hasta el final del verano, hasta el último día. Pero Marta no solo no vino ese verano, sino que ya no volvió ninguno más, como si el invierno se la hubiera tragado para siempre. Aunque acabé haciéndome a su ausencia, cada verano la esperé. A veces me parece que aún la espero.

 

Después de tanto tiempo, el verano en mi pueblo sigue siendo muy parecido al verano de cuando yo era pequeño. Lo sé porque cuando bajo por la noche a buscar agua, veo a todos los chicos jugando en la plaza con la misma alegría con la que jugábamos nosotros. Solo que ahora todos son de fuera y ninguno al día siguiente tiene que ir al campo. Lo cierto es que no conozco a ninguno, llevo demasiado tiempo fuera de mi pueblo. Pero hay un momento en el que la vista se me nubla y me parece ver corriendo, jugando al rescate, a los mismos chicos de entonces. Me parece ver a Marta. Me parece verla prisionera, y me dan ganas de salir corriendo y rescatarla. Y cuando regreso a casa con el agua, creo que me la voy a encontrar al doblar la esquina, no a la Marta niña sino a la Marta del último verano, y me pregunto si  ahora seré capaz de mirarla, de hablarle. De decirle que aún la quiero.

 

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