Ángel Alonso Carracedo
Jueves, 19 de Octubre de 2017

Políticos pirómanos

   

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Por unos días la Gran Cuestión, si no ha sido aparcada, quedó tapada entre biombos  por los pavorosos incendios de Galicia y Asturias, sin olvidar a la vecina Portugal, ya muy castigada meses atrás.

 

Recobra valor el axioma de que una noticia trágica y agriamente polémica, solo puede ser neutralizada por otro drama. Ahí tuvimos un mano a mano entre sinsentidos desde la provocación de los hechos hasta sus esperpénticas y caóticas consecuencias. Cataluña y fuego, como si ambos términos no ocultasen una grotesca mímesis de comportamientos y funestos efectos. Entre las llamas metafóricas de la una y las reales del otro ha vuelto a caminar la clase política española; o mejor, determinada bandería que se apunta con irrefrenable entusiasmo por estar al plato y a las tajadas de la tierra quemada en los bosques y de las lumbres urbanas en las calles.

 

La política de estos tiempos ha parido una práctica transversal y viciada de antemano. Podría llamarse responsabilismo (porque su intencionalidad torticera queda desactivada sin el preceptivo y sectario ismo). Consiste en responsabilizar, con dedo acusador, de lo que sea, aunque lleve el sello de la tragedia o de la catástrofe, al otro. Origen y consecuencias del suceso son estorbos que no pueden apagar ese otro fuego redentor que propone como bendito arreglo esta nueva camada de dirigentes. En una sociedad tan inclinada a las emociones, arrojar culpas ajenas a la arena de este circo mediático y social, aunque el detonante esté en un fenómeno natural o en la miserable avaricia humana, se traduce en rentabilidades políticas fácilmente canjeables en votos. Manos a la obra, pues.

 

A los incendios de Galicia y Asturias han acudido raudos y veloces estos aprendices de brujo. Llegaron con el maletín de la señorita Pepis y la varita mágica de sus soluciones facilonas y demagógicas. Desenfocando la imagen real del execrable delito de los pirómanos profesionales y apuntando a los nuevos encuadres de las supuestas pasividades, connivencias e irresponsabilidades de un gobierno o autoridad instalada, que es urgente remover a la primera ocasión en que pintan bastos. Estrategia exclusiva de los mediocres.

 

En el paroxismo de su discurso pierden la noción y medida de que a pocos kilómetros, justo al lado, otro país, con coalición de gobierno afín a sus idearios, lucha también a brazo partido contra la voracidad de las llamas. ¿Alcanza el fuego redentor, igualmente, a sus conmilitones lusos? O, por el contrario, ¿ese enardecimiento verbal se detiene en las fronteras que jamás respetan las colosales hogueras de la criminal especulación?

 

Acreedores a la mayor bajeza, pretenden arrimarse a las mieles de los triunfos electorales chupando el acíbar de las catástrofes y el dolor o la angustia de cientos o miles de damnificados. Estos bomberos de pacotilla pretenden apagar fuegos desde tribunas mitineras, sin reparar, o quizás sí, que están encendiendo otros en su propio provecho, en vez de remangarse y chamuscarse con la sana ciudadanía en la primera línea del peligro.

 

Lo mismo da un incendio, que una inundación, que un terremoto, por cualquiera de estas desgracias del destino, libres de cualquier sigla política o partidista, merodean estos depredadores de oportunidades, enarbolando siempre el cebo de la responsabilidad y las culpas del otro, del adversario. Son algo peor que malos dirigentes: son desaprensivos. Artistas del todo vale, sin ética ni estética.
                                                                                                                                         

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