José Antonio Carro Celada
Domingo, 30 de Junio de 2013

De como a Enélida se le invertían los sueños

[Img #4004]

 

Era una muchacha rubia. Llevaba su pelo recogido con unas gomas, formando cola de caballo. Era una muchacha de un cuadro de Renoir, pero en este caso sin colores rosados, maquillada con las siete dimensiones del pensamiento. Se pasaba la tarde tumbada en una hamaca, esperando el hundimiento de su imaginación o una carta almizclada de caricias.


 - ¿Qué haces Enélida?


Era como si oyese la lejana campanilla de un reloj; la pregunta pertenecía al sueño.


-     - ¿En quién piensas?

      - En nadie. Pienso.


Enélida ponía cara de pensar. Entonces sí parecía otra vez un cuadro. Dos pinceladas de ausencia y un instante de sueño azul le barnizaba la mejilla derecha. Soñaba. Sabía soñar con los ojos abiertos. A fuerza de convivir con las flores había conseguido su secreto vivir adormecido, sin pestañear. Cuando llegaba a las profundidades del sueño cerraba los ojos y oía llover, tanto que se inundaba el sueño de agua; chapoteaba y como no podía defenderse por miedo a ablandar sus huesos, se decidía a huir del sueño. Esto siempre le ocurría a eso de las seis de la tarde, en verano. Al volver del sueño, a su lado, siempre le esperaba una mata de albahaca plantada en tierra seca y esto tenía el poder de devolverla a la realidad. Después lo veía todo seco, amarillo, ocre, humeante, de una sequedad que le impedía dormir.


Se acordaba entonces de su viaje por las tierras de la llanura,  oía agrietarse la tierra y el ruido interior, como de un terremoto nocturno, le impedía otra vez volver al sueño. Supo que le gustaban las tierras de la llanura y que probablemente tenía vocación de insomne.


Le desaparecían las flores. Esto le hizo pensar que las flores necesitaban agua y crecían exclusivamente en el sueño.


Para destruir esta obsesión se dedicó a esperar cartas. Empleó sus interludios de sueño en esperar cartas que no llegaron nunca. A veces se escribía cartas a sí misma por no tener a quien mandarlas o quizá para saciar su esperanza y esperar con certeza. A principio las escribía a lápiz, después utilizó sucesivamente un bolígrafo azul, negro y rojo, de vez en cuando las escribía a máquina y acabó por imprimirlas. Hizo dos mil ejemplares y los puso a la venta.. Todas las tardes se compraba un ejemplar, lo metía en un sobre y lo recibía al día siguiente de manos del cartero hasta que se agotó la edición. Se cansó  de escribirse cartas y buscó a quien mandarlas. Todos los buzones de las casas en venta, buzones sin estrenar, se llenaron de cartas que escribía puntualmente Enélida. Nadie las leía, para remediarlo hizo hasta cinco copias de cada carta y así Enélida recibía cinco veces al día la misma carta, mientras el original llegaba a un buzón abandonado.


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Ni aún así se le descorchó la obsesión de las flores y la llanura, su vocación de insomne y su facilidad para soñar. Llegó a confundir la lluvia verdadera y la lluvia del sueño. Hasta tal punto que el invierno le parecía un sueño y entonces se olvidaba de su tensión; pero en los veranos le seguía lloviendo en el sueño y le contradecía la realidad recordándole sus viajes por la llanura. Pero un día en pleno invierno se le invirtieron los sueños y soñaba con la llanura y entonces empezó otra vez su tejido y destejido de sueños.


Como el sistema de cartas no le había dado muy buen resultado decidió buscar a quién escribir. Mandaba cartas diariamente, sin remite, sin firmar y con la caligrafía aprendida de las monjas. Siguió con su manía de hacer copias y decidió a la hora en que iba a ser recibida su carta, leer la copia.


A principio se equivocaba en algunos minutos, pero cuando fue adquiriendo soltura en averiguar la hora exacta en que debía ser leída la carta original, ella leía la carta calcada y era feliz. Hubo momentos en que se sorprendía de sus cartas y ella misma las recibía como nuevas, tan acostumbrada estaba a investigar las reacciones de su verdadero destinatario.


Ya no veía posibilidades nuevas para sus cartas. Se dedicó a esperar. Quizá alguna carta perdida podía llegarle. Y se ejercitó en la telepatía. Se pasaba las tardes pensando en la carta que podía llegarle al día siguiente. La pensaba minuciosamente, la escribía con la imaginación. Pero la carta no llegaba. No perdió sus esperanzas.


‘Es cuestión de concentración’, pensó. O quizá es que mi pensamiento se disuelve en el sueño y la realidad está a la vuelta.


Así empezó a escribir su carta en el sueño, pero invariablemente siempre que soñaba llovía, diluviaba y el agua le borraba y le corría las líneas de su pensamiento. Y vuelta a empezar.


‘Tengo que escribirlas en invierno’, pensaba.


Y allá por el mes de diciembre, puntualmente dedicaba varias horas tras los visillos a escribir su carta bajo el sueño; entonces sí, entonces la carta no se mojaba, pero la carta era un sueño nada más y no había vuelta de hoja en cuanto a que el mes de diciembre era un mes invernal.


Se le ocurrió pensar la carta despierta y pasaba el día entero escribiéndola. La carta tampoco llegaba. Lo pensó mejor y se dio cuenta de que no podía escribir cada día una carta y recibir la del día anterior porque no tenía tiempo suficiente para leerla.


Pasado el invierno Enélida volvió a sentarse en su hamaca. Dormitaba más que soñaba. ya no pensaba recibir cartas aunque se distraía viendo como se mustiaban las flores y como el viento manchaba de amarillo los pétalos de las azucenas.


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Una mariposa blanca se detuvo en una flor, después le rondó a la altura de sus ojos azules y enseguida pensó: ‘Mañana tendré carta’.


Por entonces ya Enélida estaba desacostumbrada.


‘Una carta sin otra carta es una esperanza inútil’.


Pero se le ocurrió detener la esperanza, deteniendo la carta. Para ello había que conseguir que la mariposa paralizara su mensaje y que la carta siempre llegara mañana pero mañana fuera siempre mañana.


Enélida se levantó con urgencia, se fue al tocador y cogió su laca de spray.


Corrió tras la mariposa y pulsó una gran carga de spray sobre ella. Le detuvo las alas y haciendo una omega en el aire cayó de bruces. Se detuvo la carta, se detuvo el tiempo.


La carta llegará mañana, siempre mañana. Enélida es feliz en su hamaca. Todos los días espera.


La mariposa está aplastada en su colección de cartas, sus alas están manchadas de papel calcante.  Pero Enélida ha logrado definitivamente que su carta llegue mañana.


                                                                                                       Astorga, 12 de julio de 1972

 

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