El Almirante Cervera
![[Img #36523]](upload/img/periodico/img_36523.jpg)
Su biografía es larga y ancha a través del siglo XIX. El Almirante Cervera fue un hombre de principios sólidos con unos valores que hoy en día no se conocen ni se estilan ni se consideran.
Pascual Cervera había nacido en 1839. Ingresó en el Colegio Naval a los 13 años. A los 21 años fue ascendido a Teniente de Navío por su bravura en una acción de guerra en Filipinas, y en esas posesiones españolas se quedó hasta 1865 levantando cartas (mapas) de las múltiples islas del archipiélago que fueron de gran importancia para la navegación hasta principios del siglo XX.
En 1876, con 37 años, es nombrado primer gobernador del archipiélago de Joló en donde las duras condiciones de vida le supusieron contraer una malaria que a punto estuvo de llevarle a la muerte.
Asesor Naval de la Reina Regente Mª Cristina en 1891. A pesar de su reiterada reticencia llega a aceptar el nombramiento de Ministro de Marina, por el Primer Ministro liberal Práxedes Mateo Sagasta, con la condición de que no se redujese el presupuesto de dicho Ministerio. Sagasta no cumplió su promesa reduciendo considerablemente el presupuesto para la Marina por lo que a los tres meses Cervera dimitió de su cargo político (entonces se dimitía por dignidad). En 1893 fue nombrado Jefe de la Comisión Naval en Londres, y allí se encontraba en 1895 cuando comenzó la guerra de Cuba.
La situación de las últimas colonias españolas, Cuba y Filipinas, se hizo muy crítica por el interés de los Estados Unidos, que a toda costa quería hacerse con ellas. Cervera sabía que si entrábamos en guerra con los Estados Unidos no tendríamos nada que hacer, la batalla estaba perdida. Tenía un detallado conocimiento de nuestra menguada Escuadra que difícilmente podría medirse con la gran potencia Americana, así que con anterioridad al conflicto redacta un testamento militar:
“…cada día estoy más convencido de la idea de que resultaría una gran calamidad nacional…Puesto que prácticamente no tenemos Escuadra, a donde quiera que se envíe, deberán ir todos sus buques juntos, porque dividirlos sería en mi opinión el mayor de todos los errores; pero también sería un error enviarla a las Antillas, dejando nuestras costas y el archipiélago filipino sin defensa…
…seré paciente y cumpliré con mi obligación, pero con la amargura de saber que mi sacrificio es en vano…
…si nuestra pequeña Escuadra estuviera al menos bien equipada con todo lo necesario, y sobre todo bien adiestrada, podríamos intentar algo…
…cuando las naciones están desorganizadas, sus Gobiernos, que son simplemente el resultado de tal desorganización, también están desorganizados, y cuando llega el lógico desastre, no quieren su causa real; por el contrario, más bien el grito es siempre “TRAICIÓN”, y buscaran a la pobre víctima que expíe las culpas cometidas por otros…” Le escribe a su primo Juan Spottorno pensando que sería conveniente que algún día se supiera su opinión.
A pesar de las reticencias del Almirante Cervera, el gobierno decide mandar con urgencia la flota española a las Antillas sin tener en cuenta el deficiente estado de los buques que hacía tiempo había denunciado Cervera (El Crucero Colón, por ejemplo, se marchó al combate sin su artillería principal). El Almirante salió rumbo a las Antillas sin instrucciones concretas y convencido de la inutilidad del sacrificio y del desastre, que veía inevitables. Con amargura obedeció la orden de partir. Una navegación con muchos incidentes y carencias, entre otras la de que el carbón prometido por el gobierno para la travesía nunca le llegó. A pesar de todo Cervera consiguió llegar a la bahía de Santiago de Cuba.
El combate naval definitivo entre la potente Escuadra Americana y la paupérrima Escuadra Española se produjo el 3 de julio de 1898. Cuatro heroicas horas duró la batalla en la que perdimos la Escuadra y perdimos Cuba.
A los americanos les salió muy gananciosa esta forma de quedarse con la codiciada isla de Cuba. El Gobierno Español fue algo torpe en menospreciar el interés y el potencial de la potente y joven nación americana. Estos moradores del ‘nuevo mundo’ estaban acostumbrados a utilizar su fortuna para adquirir todo aquello que les interesara. Así se habían apropiado de una buena parte de México y otra de Canadá a cambio de dinero. Cuando ofertaron 100 millones de pesos al Gobierno Español para quedarse con la isla no iban de farol, querían apoderarse de Cuba por las buenas o por las malas, y, arrogantemente, no admitían un ‘no’ por respuesta. Finalmente se la quedaron por las malas para España, y las buenas para ellos. Se ahorraron desembolsar los millones y en la batalla final tan sólo tuvieron dos heridos y perdieron un hombre, mientras que España, manteniendo su espíritu quijotesco de optar por la guerra sabiendo de antemano su fatiga, perdió a su querida Cuba (con su azúcar y su tabaco), perdió a 323 hombres, y 151 heridos. Y perdió el último bastión de su imperio.
Hecho prisionero el Almirante Cervera fue recibido con todos los honores en el barco ganador. Cuando el Capitán de Navío, el americano Evans, estrechó la mano del Almirante pronunció las siguientes palabras: “Caballero, sois un héroe. Habéis realizado el acto más sublime que se recoge en la historia de la Marina”. Gran reconocimiento y difusión en los Estados Unidos tuvo su valerosa hazaña hasta el punto que le ofrecieron pronunciar conferencias por el país por una importante suma de dinero (20.000 dólares de los de entonces) que rechazó porque como Oficial español no le parecía correcto explicar “los errores de su país”.
Y, como él predijo, de héroe en las américas pasó a que en su país se le colgara el sambenito de que por su culpa perdiéramos la exuberante y fecunda Cuba.
Afortunadamente con el tiempo se le reconocieron los méritos y recibió múltiples condecoraciones.
Este es el ‘facha’ de la alcaldesa Colau y el despreciado por Serrat con palabras irrepetibles por ofensivas. Es evidente que existe mucha mediocridad de espíritu, de inteligencia y de cultura. La memoria histórica debería ser para todo y para todos.
Acaso estos señores confunden al personaje histórico con el barco de guerra que llevaba su nombre. Un crucero de la Armada, llamado Almirante Cervera, que los ‘rebeldes’, apodados ‘nacionales’, se apropiaron de él en La Coruña al comienzo de la guerra civil, y que se dedicó a controlar la costa cantábrica desde el mar y a bombardear las ciudades de Gijón y Santander. Los ‘rebeldes’, ‘nacionales’ o ‘fachas’ utilizaron los cañones de ese barco contra la población resistente a su insurrección, pero el señor Almirante hacía tiempo que había muerto y ese mismo barco con el mismo nombre también había sido parte de la flota del Frente Popular. A veces suenan campanas y no se sabe dónde.
El Almirante Cervera fue un hombre “de los de antes”, con profundos valores, digno, íntegro, noble, sencillo, familiar y sobre todo patriótico. Su leit motiv: “La Sociedad en la que cada cual cumpla con su deber será feliz”.
Mientras que el gratificante y edificante leit motiv de Pepe Rubiales ha sido: “La unidad de España me suda la poll. por delante y por detrás” “Que se metan la España en el puto culo y se le queden los huevos colgando” etc.
Hay sitios y calles de sobra para colocar una placa a una persona grosera y soez, llamada comediante, sin necesidad de denigrar a un personaje honorable de nuestra historia. ¡País!
O témpora o mores.
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Su biografía es larga y ancha a través del siglo XIX. El Almirante Cervera fue un hombre de principios sólidos con unos valores que hoy en día no se conocen ni se estilan ni se consideran.
Pascual Cervera había nacido en 1839. Ingresó en el Colegio Naval a los 13 años. A los 21 años fue ascendido a Teniente de Navío por su bravura en una acción de guerra en Filipinas, y en esas posesiones españolas se quedó hasta 1865 levantando cartas (mapas) de las múltiples islas del archipiélago que fueron de gran importancia para la navegación hasta principios del siglo XX.
En 1876, con 37 años, es nombrado primer gobernador del archipiélago de Joló en donde las duras condiciones de vida le supusieron contraer una malaria que a punto estuvo de llevarle a la muerte.
Asesor Naval de la Reina Regente Mª Cristina en 1891. A pesar de su reiterada reticencia llega a aceptar el nombramiento de Ministro de Marina, por el Primer Ministro liberal Práxedes Mateo Sagasta, con la condición de que no se redujese el presupuesto de dicho Ministerio. Sagasta no cumplió su promesa reduciendo considerablemente el presupuesto para la Marina por lo que a los tres meses Cervera dimitió de su cargo político (entonces se dimitía por dignidad). En 1893 fue nombrado Jefe de la Comisión Naval en Londres, y allí se encontraba en 1895 cuando comenzó la guerra de Cuba.
La situación de las últimas colonias españolas, Cuba y Filipinas, se hizo muy crítica por el interés de los Estados Unidos, que a toda costa quería hacerse con ellas. Cervera sabía que si entrábamos en guerra con los Estados Unidos no tendríamos nada que hacer, la batalla estaba perdida. Tenía un detallado conocimiento de nuestra menguada Escuadra que difícilmente podría medirse con la gran potencia Americana, así que con anterioridad al conflicto redacta un testamento militar:
“…cada día estoy más convencido de la idea de que resultaría una gran calamidad nacional…Puesto que prácticamente no tenemos Escuadra, a donde quiera que se envíe, deberán ir todos sus buques juntos, porque dividirlos sería en mi opinión el mayor de todos los errores; pero también sería un error enviarla a las Antillas, dejando nuestras costas y el archipiélago filipino sin defensa…
…seré paciente y cumpliré con mi obligación, pero con la amargura de saber que mi sacrificio es en vano…
…si nuestra pequeña Escuadra estuviera al menos bien equipada con todo lo necesario, y sobre todo bien adiestrada, podríamos intentar algo…
…cuando las naciones están desorganizadas, sus Gobiernos, que son simplemente el resultado de tal desorganización, también están desorganizados, y cuando llega el lógico desastre, no quieren su causa real; por el contrario, más bien el grito es siempre “TRAICIÓN”, y buscaran a la pobre víctima que expíe las culpas cometidas por otros…” Le escribe a su primo Juan Spottorno pensando que sería conveniente que algún día se supiera su opinión.
A pesar de las reticencias del Almirante Cervera, el gobierno decide mandar con urgencia la flota española a las Antillas sin tener en cuenta el deficiente estado de los buques que hacía tiempo había denunciado Cervera (El Crucero Colón, por ejemplo, se marchó al combate sin su artillería principal). El Almirante salió rumbo a las Antillas sin instrucciones concretas y convencido de la inutilidad del sacrificio y del desastre, que veía inevitables. Con amargura obedeció la orden de partir. Una navegación con muchos incidentes y carencias, entre otras la de que el carbón prometido por el gobierno para la travesía nunca le llegó. A pesar de todo Cervera consiguió llegar a la bahía de Santiago de Cuba.
El combate naval definitivo entre la potente Escuadra Americana y la paupérrima Escuadra Española se produjo el 3 de julio de 1898. Cuatro heroicas horas duró la batalla en la que perdimos la Escuadra y perdimos Cuba.
A los americanos les salió muy gananciosa esta forma de quedarse con la codiciada isla de Cuba. El Gobierno Español fue algo torpe en menospreciar el interés y el potencial de la potente y joven nación americana. Estos moradores del ‘nuevo mundo’ estaban acostumbrados a utilizar su fortuna para adquirir todo aquello que les interesara. Así se habían apropiado de una buena parte de México y otra de Canadá a cambio de dinero. Cuando ofertaron 100 millones de pesos al Gobierno Español para quedarse con la isla no iban de farol, querían apoderarse de Cuba por las buenas o por las malas, y, arrogantemente, no admitían un ‘no’ por respuesta. Finalmente se la quedaron por las malas para España, y las buenas para ellos. Se ahorraron desembolsar los millones y en la batalla final tan sólo tuvieron dos heridos y perdieron un hombre, mientras que España, manteniendo su espíritu quijotesco de optar por la guerra sabiendo de antemano su fatiga, perdió a su querida Cuba (con su azúcar y su tabaco), perdió a 323 hombres, y 151 heridos. Y perdió el último bastión de su imperio.
Hecho prisionero el Almirante Cervera fue recibido con todos los honores en el barco ganador. Cuando el Capitán de Navío, el americano Evans, estrechó la mano del Almirante pronunció las siguientes palabras: “Caballero, sois un héroe. Habéis realizado el acto más sublime que se recoge en la historia de la Marina”. Gran reconocimiento y difusión en los Estados Unidos tuvo su valerosa hazaña hasta el punto que le ofrecieron pronunciar conferencias por el país por una importante suma de dinero (20.000 dólares de los de entonces) que rechazó porque como Oficial español no le parecía correcto explicar “los errores de su país”.
Y, como él predijo, de héroe en las américas pasó a que en su país se le colgara el sambenito de que por su culpa perdiéramos la exuberante y fecunda Cuba.
Afortunadamente con el tiempo se le reconocieron los méritos y recibió múltiples condecoraciones.
Este es el ‘facha’ de la alcaldesa Colau y el despreciado por Serrat con palabras irrepetibles por ofensivas. Es evidente que existe mucha mediocridad de espíritu, de inteligencia y de cultura. La memoria histórica debería ser para todo y para todos.
Acaso estos señores confunden al personaje histórico con el barco de guerra que llevaba su nombre. Un crucero de la Armada, llamado Almirante Cervera, que los ‘rebeldes’, apodados ‘nacionales’, se apropiaron de él en La Coruña al comienzo de la guerra civil, y que se dedicó a controlar la costa cantábrica desde el mar y a bombardear las ciudades de Gijón y Santander. Los ‘rebeldes’, ‘nacionales’ o ‘fachas’ utilizaron los cañones de ese barco contra la población resistente a su insurrección, pero el señor Almirante hacía tiempo que había muerto y ese mismo barco con el mismo nombre también había sido parte de la flota del Frente Popular. A veces suenan campanas y no se sabe dónde.
El Almirante Cervera fue un hombre “de los de antes”, con profundos valores, digno, íntegro, noble, sencillo, familiar y sobre todo patriótico. Su leit motiv: “La Sociedad en la que cada cual cumpla con su deber será feliz”.
Mientras que el gratificante y edificante leit motiv de Pepe Rubiales ha sido: “La unidad de España me suda la poll. por delante y por detrás” “Que se metan la España en el puto culo y se le queden los huevos colgando” etc.
Hay sitios y calles de sobra para colocar una placa a una persona grosera y soez, llamada comediante, sin necesidad de denigrar a un personaje honorable de nuestra historia. ¡País!
O témpora o mores.






