A propósito de lo banal
![[Img #38257]](upload/img/periodico/img_38257.jpg)
A veces, cuando me quedo solo, bien traspuesto en el sofá después de comer, bien echado en la cama por la noche, esperando a mi mujer, emergen pedazos de mi vida en la oscuridad imprecisa y neblinosa que se hace bajo mis párpados caídos casi irremisiblemente. En esos pedazos, veo muchas cosas. La mayoría son pequeñas, apenas hay alguna grande, trascendente.
Me veo de niño cortando flores en la pradera de delante de casa y llevándoselas corriendo a mi madre. Son flores silvestres, azules, como pendientes; las primeras flores de la primavera. Flores que nunca más he vuelto a ver, ni en esa pradera ni en ninguna otra parte. Me veo con mi padre detrás de los cristales de la ventana de la cocina mirando cómo cae la lluvia una tarde ya avanzada de otoño, medio invernal. Me veo a la puesta del sol en el puente del canal con los chicos mayores escuchando lo que hablan. Es una charla distendida y tranquila, agradable, como corresponde después de todo un día de trajín, de no parar. Este recuerdo me lleva a pensar en Epicuro, en el Jardín, en cómo él concebía la felicidad. Veo el rubor de aquella chica, cuyo nombre prefiero omitir, cuando, haciendo acopio de todo mi valor, de todo el valor del mundo, delante de todos, la tomé de la mano, la atraje con delicadeza, con suma delicadeza, hacia mí y, como si fuera lo más natural, le pregunté si quedábamos, si quería que esa noche quedáramos para salir. Veo la primera vez que vi a mi mujer: tan joven, tan alegre, tan guapa; fue al doblar la esquina por la que paso ahora cada día como si fuera otra esquina cualquiera, una más. Veo su último WhatsApp, el de anteayer: “Tengo ganas de verte”. Veo su gesto de apartarse el pelo de la cara, de recogerlo detrás de la oreja. Me veo paseando con un amigo una noche de verano, cálida, silenciosa, serena, la noche pasada. Él me habla y yo lo escucho; trato de ponerme en su lugar, de meter mis pies en sus zapatos. A veces él se detiene, como si temiera que no le estuviera atendiendo, o no le estuviera atendiendo lo suficiente. Pero no, yo lo atiendo, aunque a veces camine con la cabeza baja, arrastrando la mirada por el suelo. Lo atiendo y lo comprendo, o al menos creo comprenderlo.
Estas son cosas que cuando sucedieron no me parecieron importantes. Cosas bananales. Sin embargo, la memoria, sin saber muy bien por qué, las ha registrado, las ha salvado del olvido, y ahora conforman mi identidad. Sin duda, estas cosas no fueron decisivas, no marcaron el rumbo de mi vida, pero sin ellas, yo no sería el que soy, sería otro, no yo. Además, cuando vienen mal dadas y me hundo, son estas pequeñeces las que me empujan a salir a flote y a seguir braceando, aunque sea de cualquier manera. Y, en el peor de los casos, si quedara varado en la playa, serían ellas las que harían que la vida, después de todo, hubiera merecido la pena haberse vivido.
A menudo, mientras pienso estas trivialidades, parezco dormido, y si me encuentro en el sofá, no tardo en notar cómo una ligera y suave manta me cubre todo el cuerpo, por si me quedara frío. Pero si donde estoy es en la cama, lo que siento son los pasos amortiguados de mi mujer por el pasillo, por la habitación, y el roce de la ropa por su piel al desvestirse. Después, siento en mis labios sus labios, y escucho que me pregunta si duermo; lo escucho muy bajito. Tanto, que solo ella y yo lo escuchamos.
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A veces, cuando me quedo solo, bien traspuesto en el sofá después de comer, bien echado en la cama por la noche, esperando a mi mujer, emergen pedazos de mi vida en la oscuridad imprecisa y neblinosa que se hace bajo mis párpados caídos casi irremisiblemente. En esos pedazos, veo muchas cosas. La mayoría son pequeñas, apenas hay alguna grande, trascendente.
Me veo de niño cortando flores en la pradera de delante de casa y llevándoselas corriendo a mi madre. Son flores silvestres, azules, como pendientes; las primeras flores de la primavera. Flores que nunca más he vuelto a ver, ni en esa pradera ni en ninguna otra parte. Me veo con mi padre detrás de los cristales de la ventana de la cocina mirando cómo cae la lluvia una tarde ya avanzada de otoño, medio invernal. Me veo a la puesta del sol en el puente del canal con los chicos mayores escuchando lo que hablan. Es una charla distendida y tranquila, agradable, como corresponde después de todo un día de trajín, de no parar. Este recuerdo me lleva a pensar en Epicuro, en el Jardín, en cómo él concebía la felicidad. Veo el rubor de aquella chica, cuyo nombre prefiero omitir, cuando, haciendo acopio de todo mi valor, de todo el valor del mundo, delante de todos, la tomé de la mano, la atraje con delicadeza, con suma delicadeza, hacia mí y, como si fuera lo más natural, le pregunté si quedábamos, si quería que esa noche quedáramos para salir. Veo la primera vez que vi a mi mujer: tan joven, tan alegre, tan guapa; fue al doblar la esquina por la que paso ahora cada día como si fuera otra esquina cualquiera, una más. Veo su último WhatsApp, el de anteayer: “Tengo ganas de verte”. Veo su gesto de apartarse el pelo de la cara, de recogerlo detrás de la oreja. Me veo paseando con un amigo una noche de verano, cálida, silenciosa, serena, la noche pasada. Él me habla y yo lo escucho; trato de ponerme en su lugar, de meter mis pies en sus zapatos. A veces él se detiene, como si temiera que no le estuviera atendiendo, o no le estuviera atendiendo lo suficiente. Pero no, yo lo atiendo, aunque a veces camine con la cabeza baja, arrastrando la mirada por el suelo. Lo atiendo y lo comprendo, o al menos creo comprenderlo.
Estas son cosas que cuando sucedieron no me parecieron importantes. Cosas bananales. Sin embargo, la memoria, sin saber muy bien por qué, las ha registrado, las ha salvado del olvido, y ahora conforman mi identidad. Sin duda, estas cosas no fueron decisivas, no marcaron el rumbo de mi vida, pero sin ellas, yo no sería el que soy, sería otro, no yo. Además, cuando vienen mal dadas y me hundo, son estas pequeñeces las que me empujan a salir a flote y a seguir braceando, aunque sea de cualquier manera. Y, en el peor de los casos, si quedara varado en la playa, serían ellas las que harían que la vida, después de todo, hubiera merecido la pena haberse vivido.
A menudo, mientras pienso estas trivialidades, parezco dormido, y si me encuentro en el sofá, no tardo en notar cómo una ligera y suave manta me cubre todo el cuerpo, por si me quedara frío. Pero si donde estoy es en la cama, lo que siento son los pasos amortiguados de mi mujer por el pasillo, por la habitación, y el roce de la ropa por su piel al desvestirse. Después, siento en mis labios sus labios, y escucho que me pregunta si duermo; lo escucho muy bajito. Tanto, que solo ella y yo lo escuchamos.






