La corona del rey
![[Img #38552]](upload/img/periodico/img_38552.jpg)
Paseo tempano por las mañanas con mi perra por un camino que atraviesa campos de maizales, de lúpulo, de patatas y de grano. Un paseo muy agradable con la fresca mañanera de estas tierras. Suelo coincidir con Josefina, una señora algo más joven que yo, que también pasea a su perro. Solemos hablar de cosas intrascendentes mientras caminamos con paso ágil.
Hoy, tras los saludos de rigor me pregunta algo desconcertada: “Eso de Corinna…, eso que dice del Rey ¿será verdad?” Me sorprende que aborde ese tema así, de pronto, como si fuera una preocupación sedimentada en su ánimo. Yo le respondo vagamente, sin mucho interés de bucear en ese borrascoso affaire, que es muy probable que sea verdad todo lo que dice esa señora. “Pero”, insiste ella con una buena dosis de inquietud, “¿por qué dice eso del Rey? ¿Por qué le hace daño si era una ayudante que se había marchado hace tiempo? ¿Será verdad lo que dice? No sé. Y dicen que era princesa. ¿De dónde era princesa?”.
Afronto la cuestión, sin remedio, y le explico que la tal Corinna es una princesa de pega. Que lo de princesa es un título de su exmarido, que es un príncipe alemán, porque lo que ahora es Alemania, como país, hasta hace relativamente poco era una tierra en la que había muchos y pequeños principados del estilo de Mónaco (pero sin su glamor y sin tanto dinero). Le explico que en 1871 se unifican estos pequeños estados independientes (bajo el lema “la unión hace la fuerza”) para mantener a raya y defenderse de sus enemigos históricos, los francés, y crean un Imperio, el Imperio Alemán, con el Emperador Guillermo I. Un corto Imperio que duró tan sólo 47 años.
Este Imperio se lo cargó su nieto, el Kaiser Guillermo ll cuando le dio por querer aventajar en poderío al inmenso de su abuela, la Reina Victoria de Inglaterra, que ostentaba el poder absoluto de los mares y manejaba las enormes riquezas de sus extensas y numerosísimas colonias. Y como este nieto era un tipo muy bravucón y osado, y además tenía gran envidia de su familia inglesa, se le subió la adrenalina a la cabeza y decidió ser más que su abuela. Se puso a ‘sacudir las alfombras’ de Europa y la metió en la Gran Guerra. Le salió mal la jugada. A pesar de su excelente armamento el nuevo Imperio perdió la guerra, y su atrevimiento le costó, el exilio personal al Kaiser y la desaparición del Imperio que pasó a ser una República, la Republica Alemana. Como perdedora le tocó pagar grandes tributos a los vencedores, y a los numerosos príncipes del efímero Imperio les quedó poco más que el lustroso título que lucen orgullosos.
Ufff, la historia siempre me hace perder el hilo. Volvamos al tema.
Esta Corinna, utiliza el apellido rimbombante de su Ex (zu Sayn-Wittgenstein), y su título principesco, para avanzar por el proceloso camino social. Y lo consigue embaucando al Rey nuestro, ahora emérito, En realidad no sabemos quién embauca a quien, porque el emérito, a pesar de que con esa cara de no romper un plato, ha sabido aprovechar a sus anchas ese artículo de traza medieval, 56,3 de la Constitución. ¿A quién de los padres de la tan tatareada Constitución se le ocurriría semejante barbaridad? la de que: “La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad”? Los dos privilegios son espectaculares, impresionantes, pero lo de no estar sujeto a responsabilidad me tiene embobada. Que el máximo dirigente de un Estado, la persona que debe mantener las riendas de un país, tenga el derecho de ser irresponsable es algo realmente surrealista. Y que ese dirigente se tome esa prerrogativa como leitmotiv de su vida es trágico y patético a partes iguales.
Mi amiga de paseo, Josefina, que no sé si me sigue en mis reflexiones, anda a mi lado cabizbaja. Le digo que esta falsa princesa habla por despecho. Que está enfadada porque se le acabaron los suculentos negocios que hacía con el Rey y la vida de verdadera princesa. De pronto la sacaron del país y se le acabó el chollo. “Está irritada y yo creo que todo lo que dice del Rey es verdad, y lo dice para fastidiar y para sacar algún provecho, porque la quitaron de en medio deprisa y corriendo para salvar la corona”.
Josefina se para en seco, me mira sorprendida, y me suelta con firmeza: “Pero si el Rey no tiene corona”. “¿Cómo que no tiene corona?” le digo. “El Rey no tiene corona”, insiste muy segura. “Cuando su abuelo se fue de España. Cuando la guerra. Su abuelo salió de España corriendo y tiró la corona al mar, y por eso el Rey no tiene corona, y por eso en España no hay corona”, me aclara convencida.
La miro con estupor. “¿De dónde has sacado eso?”, le pregunto entre atónita y divertida. “Lo he oído de toda la vida. Mis padres nos lo contaban y en el colegio también. Lo he oído siempre. Lo sabemos ‘todos’ de siempre”. Al ver mi cara de pasmo sigue insistiendo. “Sí, sí, cuando la guerra de aquí, de España, el Rey se fue asustado, cobarde, y tiró la corona al mar. Por eso no tenemos corona. Y yo digo que se podía haber hecho otra corona de cualquier metal”. “O de papel”, apuntillo yo con la más absoluta estupefacción y con la sorna que requería tal afirmación, “en el Burger King dan muchas y de colores”.
Así se escribe la historia. El paseo se prolongó un poco más que de costumbre porque tocaba encontrar una corona a nuestro Rey.
O témpora, o mores
![[Img #38552]](upload/img/periodico/img_38552.jpg)
Paseo tempano por las mañanas con mi perra por un camino que atraviesa campos de maizales, de lúpulo, de patatas y de grano. Un paseo muy agradable con la fresca mañanera de estas tierras. Suelo coincidir con Josefina, una señora algo más joven que yo, que también pasea a su perro. Solemos hablar de cosas intrascendentes mientras caminamos con paso ágil.
Hoy, tras los saludos de rigor me pregunta algo desconcertada: “Eso de Corinna…, eso que dice del Rey ¿será verdad?” Me sorprende que aborde ese tema así, de pronto, como si fuera una preocupación sedimentada en su ánimo. Yo le respondo vagamente, sin mucho interés de bucear en ese borrascoso affaire, que es muy probable que sea verdad todo lo que dice esa señora. “Pero”, insiste ella con una buena dosis de inquietud, “¿por qué dice eso del Rey? ¿Por qué le hace daño si era una ayudante que se había marchado hace tiempo? ¿Será verdad lo que dice? No sé. Y dicen que era princesa. ¿De dónde era princesa?”.
Afronto la cuestión, sin remedio, y le explico que la tal Corinna es una princesa de pega. Que lo de princesa es un título de su exmarido, que es un príncipe alemán, porque lo que ahora es Alemania, como país, hasta hace relativamente poco era una tierra en la que había muchos y pequeños principados del estilo de Mónaco (pero sin su glamor y sin tanto dinero). Le explico que en 1871 se unifican estos pequeños estados independientes (bajo el lema “la unión hace la fuerza”) para mantener a raya y defenderse de sus enemigos históricos, los francés, y crean un Imperio, el Imperio Alemán, con el Emperador Guillermo I. Un corto Imperio que duró tan sólo 47 años.
Este Imperio se lo cargó su nieto, el Kaiser Guillermo ll cuando le dio por querer aventajar en poderío al inmenso de su abuela, la Reina Victoria de Inglaterra, que ostentaba el poder absoluto de los mares y manejaba las enormes riquezas de sus extensas y numerosísimas colonias. Y como este nieto era un tipo muy bravucón y osado, y además tenía gran envidia de su familia inglesa, se le subió la adrenalina a la cabeza y decidió ser más que su abuela. Se puso a ‘sacudir las alfombras’ de Europa y la metió en la Gran Guerra. Le salió mal la jugada. A pesar de su excelente armamento el nuevo Imperio perdió la guerra, y su atrevimiento le costó, el exilio personal al Kaiser y la desaparición del Imperio que pasó a ser una República, la Republica Alemana. Como perdedora le tocó pagar grandes tributos a los vencedores, y a los numerosos príncipes del efímero Imperio les quedó poco más que el lustroso título que lucen orgullosos.
Ufff, la historia siempre me hace perder el hilo. Volvamos al tema.
Esta Corinna, utiliza el apellido rimbombante de su Ex (zu Sayn-Wittgenstein), y su título principesco, para avanzar por el proceloso camino social. Y lo consigue embaucando al Rey nuestro, ahora emérito, En realidad no sabemos quién embauca a quien, porque el emérito, a pesar de que con esa cara de no romper un plato, ha sabido aprovechar a sus anchas ese artículo de traza medieval, 56,3 de la Constitución. ¿A quién de los padres de la tan tatareada Constitución se le ocurriría semejante barbaridad? la de que: “La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad”? Los dos privilegios son espectaculares, impresionantes, pero lo de no estar sujeto a responsabilidad me tiene embobada. Que el máximo dirigente de un Estado, la persona que debe mantener las riendas de un país, tenga el derecho de ser irresponsable es algo realmente surrealista. Y que ese dirigente se tome esa prerrogativa como leitmotiv de su vida es trágico y patético a partes iguales.
Mi amiga de paseo, Josefina, que no sé si me sigue en mis reflexiones, anda a mi lado cabizbaja. Le digo que esta falsa princesa habla por despecho. Que está enfadada porque se le acabaron los suculentos negocios que hacía con el Rey y la vida de verdadera princesa. De pronto la sacaron del país y se le acabó el chollo. “Está irritada y yo creo que todo lo que dice del Rey es verdad, y lo dice para fastidiar y para sacar algún provecho, porque la quitaron de en medio deprisa y corriendo para salvar la corona”.
Josefina se para en seco, me mira sorprendida, y me suelta con firmeza: “Pero si el Rey no tiene corona”. “¿Cómo que no tiene corona?” le digo. “El Rey no tiene corona”, insiste muy segura. “Cuando su abuelo se fue de España. Cuando la guerra. Su abuelo salió de España corriendo y tiró la corona al mar, y por eso el Rey no tiene corona, y por eso en España no hay corona”, me aclara convencida.
La miro con estupor. “¿De dónde has sacado eso?”, le pregunto entre atónita y divertida. “Lo he oído de toda la vida. Mis padres nos lo contaban y en el colegio también. Lo he oído siempre. Lo sabemos ‘todos’ de siempre”. Al ver mi cara de pasmo sigue insistiendo. “Sí, sí, cuando la guerra de aquí, de España, el Rey se fue asustado, cobarde, y tiró la corona al mar. Por eso no tenemos corona. Y yo digo que se podía haber hecho otra corona de cualquier metal”. “O de papel”, apuntillo yo con la más absoluta estupefacción y con la sorna que requería tal afirmación, “en el Burger King dan muchas y de colores”.
Así se escribe la historia. El paseo se prolongó un poco más que de costumbre porque tocaba encontrar una corona a nuestro Rey.
O témpora, o mores






