Catedrales del alma
![[Img #38645]](upload/img/periodico/img_38645.jpg)
La bicicleta es fiel compañera en andanzas por caminos aledaños de la Maragatería, la Cepeda o la Vega, depende de a dónde me guíen las pedaladas.
Rumbos fijos que gusto de recorrer cada año como si fuera al encuentro de un amigo, al que el invierno, largo y lóbrego, ha puesto en la cuarentena de una larga ausencia.
Los años no están para gestas “heroicas”, ni para las épicas de taberna de antaño con el biciclo; pero, todavía uno se atreve con distancias respetables y orografías incómodas para las posaderas y el resuello. Claro que, a cambio, se imponen breves paradas para recuperar aire, así como humedecer labios, boca y gaznate con esos brebajes llamados isotónicos que las amables y oníricas publicidades de refrescos nos presentan como paradigmas saludables y y ungüentos milagrosos de la tonificación corporal.
Así va uno haciendo camino. Cuando toca pararse se escogen lugares llamativos por el paisaje, el silencio o la más íntima necesidad de una meditación. A veces confluyen todas esas emociones, e incluso entra en escena alguna más, algo que no estaba en el programa y que requiere de una atención más concentrada de los sentidos que la simple visión de pasada.
Guardo el precepto en entornos fluviales donde las corrientes deleitan con los uniformes gorgojeos que los árabes llaman la música del agua, tan subyugante como atrayente para esas civilizaciones que, ante la escasez del bendito elemento, lo transportan a la condición de misticismo Concederse un alto en el camino para gozar de este sencillo placer es un magnífico presente de la naturaleza, a la par que una sosegante introspección hasta lo más recóndito del pensamiento.
No quedan a la zaga en esas emociones animosas, resguardarse del calor en los soportales de una ermita o una humilde iglesia de pueblo, casi todos los días cerradas a cal y canto, y con algún lugareño investido guardián de sus llaves herrumbrosas y pesadas. No obstante, se muestran abiertas a plenitud en el horizonte a través de la majestuosidad de sus mudos campanarios centenarios, levantados en dura y resistente piedra y en tan agreste geografía. Visibles a muchos metros, puede que kilómetros, son para el ciclista obligada meta temporal de una excursión.
Allí, uno, que profesa una fe dubitativa, mientras pone pie en superficie y desentumece piernas, relaja el cuerpo en el hallazgo de una espiritualidad diferente, mucho más sincera por sus arraigos. Imagina el modesto templo por dentro, presidido por una cruz de madera, quizás carcomida; una santería restaurada a golpe de pincel y espátula al buen tuntún, inspirada más en la piedad que en la ortodoxia artística. Piensa también en objetos de liturgia carentes, a buen seguro, de signos ostentosos de riqueza, porque el óbolo, pleno de dignidad evangélica, es corto y estrecho por necesidad.
Y en los días de culto, una misa oficiada por sacerdote que no es disparatado pensar lleve ya seis Consagraciones sobre la casulla, pendiente de una feligresía seca de rezos y letanías, pero rebosante de una fe reflejada en las manos cinceladas a golpe de azada, rudas, callosas… testimonio, junto a una frente visiblemente estriada, del bien y ganado pan. Hombres y mujeres que miran al cielo, más que orando, sondeando no más que los caprichos de la meteorología en la providencial benignidad o malignidad de las cosechas. No esperan de las deidades celestiales más concesión que el buen fruto de la tierra. Para más tarde quedan las loas y jaculatorias.
La historia, la tradición, enseñan un Jesucristo nacido en la humildad de un establo, viviendo entre pobres y perseguidos, y muriendo en la condición más indignante para un ser humano de su tiempo. La religión y sus pompas lo quieren hacer vivir en catedrales e iglesias monumentales para gozo de turistas. Mi particular visión, mi introspección me hace sentir más cerca su mensaje humano en estos templos semiderruidos de pueblo. Aquellas son catedrales del cuerpo; éstas, son catedrales del alma.
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La bicicleta es fiel compañera en andanzas por caminos aledaños de la Maragatería, la Cepeda o la Vega, depende de a dónde me guíen las pedaladas.
Rumbos fijos que gusto de recorrer cada año como si fuera al encuentro de un amigo, al que el invierno, largo y lóbrego, ha puesto en la cuarentena de una larga ausencia.
Los años no están para gestas “heroicas”, ni para las épicas de taberna de antaño con el biciclo; pero, todavía uno se atreve con distancias respetables y orografías incómodas para las posaderas y el resuello. Claro que, a cambio, se imponen breves paradas para recuperar aire, así como humedecer labios, boca y gaznate con esos brebajes llamados isotónicos que las amables y oníricas publicidades de refrescos nos presentan como paradigmas saludables y y ungüentos milagrosos de la tonificación corporal.
Así va uno haciendo camino. Cuando toca pararse se escogen lugares llamativos por el paisaje, el silencio o la más íntima necesidad de una meditación. A veces confluyen todas esas emociones, e incluso entra en escena alguna más, algo que no estaba en el programa y que requiere de una atención más concentrada de los sentidos que la simple visión de pasada.
Guardo el precepto en entornos fluviales donde las corrientes deleitan con los uniformes gorgojeos que los árabes llaman la música del agua, tan subyugante como atrayente para esas civilizaciones que, ante la escasez del bendito elemento, lo transportan a la condición de misticismo Concederse un alto en el camino para gozar de este sencillo placer es un magnífico presente de la naturaleza, a la par que una sosegante introspección hasta lo más recóndito del pensamiento.
No quedan a la zaga en esas emociones animosas, resguardarse del calor en los soportales de una ermita o una humilde iglesia de pueblo, casi todos los días cerradas a cal y canto, y con algún lugareño investido guardián de sus llaves herrumbrosas y pesadas. No obstante, se muestran abiertas a plenitud en el horizonte a través de la majestuosidad de sus mudos campanarios centenarios, levantados en dura y resistente piedra y en tan agreste geografía. Visibles a muchos metros, puede que kilómetros, son para el ciclista obligada meta temporal de una excursión.
Allí, uno, que profesa una fe dubitativa, mientras pone pie en superficie y desentumece piernas, relaja el cuerpo en el hallazgo de una espiritualidad diferente, mucho más sincera por sus arraigos. Imagina el modesto templo por dentro, presidido por una cruz de madera, quizás carcomida; una santería restaurada a golpe de pincel y espátula al buen tuntún, inspirada más en la piedad que en la ortodoxia artística. Piensa también en objetos de liturgia carentes, a buen seguro, de signos ostentosos de riqueza, porque el óbolo, pleno de dignidad evangélica, es corto y estrecho por necesidad.
Y en los días de culto, una misa oficiada por sacerdote que no es disparatado pensar lleve ya seis Consagraciones sobre la casulla, pendiente de una feligresía seca de rezos y letanías, pero rebosante de una fe reflejada en las manos cinceladas a golpe de azada, rudas, callosas… testimonio, junto a una frente visiblemente estriada, del bien y ganado pan. Hombres y mujeres que miran al cielo, más que orando, sondeando no más que los caprichos de la meteorología en la providencial benignidad o malignidad de las cosechas. No esperan de las deidades celestiales más concesión que el buen fruto de la tierra. Para más tarde quedan las loas y jaculatorias.
La historia, la tradición, enseñan un Jesucristo nacido en la humildad de un establo, viviendo entre pobres y perseguidos, y muriendo en la condición más indignante para un ser humano de su tiempo. La religión y sus pompas lo quieren hacer vivir en catedrales e iglesias monumentales para gozo de turistas. Mi particular visión, mi introspección me hace sentir más cerca su mensaje humano en estos templos semiderruidos de pueblo. Aquellas son catedrales del cuerpo; éstas, son catedrales del alma.






