Mercedes Unzeta Gullón
Domingo, 19 de Agosto de 2018

Unos millones sin destino

 

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Mi amiga Lucinda está desesperada. Por fin iba a deshacerse de los cerca de tres millones de euros que le queman en sus cuentas pero parece que se le complica la misión. No, no es que sea dinero negro, qué va, es blanco y muy blanco, con todos los impuestos pagados. ¿Cuál es el problema entonces? Pues el problema es que no quiere tener ese dinero en gestiones financieras del sistema. Es decir que no quiere que su dinero genere rentabilidad a los centros financieros que invierten en armas, químicas o productos basura. Está muy concienciada en combatir la corrupción institucional y multinacional del mundo mundial.

 

¿De dónde sale su dinero? Heredado. En poco tiempo heredó de su padre, su madre y su hermana. Su padre inventó ciertas fórmulas de gres e hizo mucho dinero con la cerámica. Ella vivió fuera de casa desde muy pronto y trabajaba en su oficio de periodista. De pronto se ha visto millonaria y está desesperada.

 

¿Qué hacer con tanta pasta? Se pregunta. No le encaja en su modo de vivir la vida. No sabe gastarla al alimón, así, sin más, a golpe de capricho. No, no tiene caprichos personales. Tampoco quiere montar un negocio que le dé dividendos, que va, ni mucho menos. Lo que quiere, y es su mayor anhelo, es desembarcar ese dinero en un proyecto que sirva para ayudar a la humanidad, y a su planeta, de la deshonesta e injusta manipulación de los alimentos, la base de la vida. Quiere hacer la guerra a las multinacionales que controlan la alimentación y cultivan a base de químicos. Quiere enseñar a los pequeños agricultores a que manejen otros comportamientos con la tierra y sus productos y que estas nuevas fórmulas, más sanas para todos, se vayan extendiendo. Y al mismo tiempo hacer investigaciones sobre el tema.

 

Lucinda no es una experta. Tiene las ideas claras de lo que quiere que su dinero genere así que ha formado equipo con expertos interesados en esos temas a los que les propone que ella se encarga de comprar la infraestructura, casa y tierras, para que ellos lo llenen de contenidos. Su idea es, finalmente, legar el centro a estas personas competentes. Ella no gana nada salvo la alegría de ver que hace algo por la humanidad. 

 

Esos millones, que para la mayoría nos parece un fortunón excelente para poder disfrutar de la vida con mucha alegria (aunque para otros cuantos (por lo que vamos viendo ) sea bastante poco), es todo el capital que tiene. Y lo admirable es que no se quede con una parte y se deshaga de otra, no, es que pone toda la fortuna al servicio de un proyecto para el bien común. Y ella va por la vida como una hippy traspapelada.

 

Cuando por fin había encontrado el sitio para el proyecto, un lugar con posibilidades. No había sido fácil llegar a este punto. Qué bueno por el proyecto y por quitarse el lastre de  dos millones de euros de golpe, el valor de casa y terreno en bruto. A todos nos vino la alegría y el descanso. Alegría por el futuro, descanso por el pasado y todavía presente. Parece que dejamos atrás el empeño, la angustia y la carga de un tema absorbente. Y lo digo con conocimiento de causa porque lleva más de un mes compartiendo sus derroteros mentales, emocionales y mi casa.

 

 Ya tiene el billete de avión para volar a Mallorca (lugar para ella incuestionable para el proyecto) a avanzar en la gestión, pero…, de pronto…

 

Le llegan noticias de que hay un personaje suizo que acaba de invertir 15 millones de euros en la compra de un terreno en la isla para montar una escuela y cultivos ecológicos, y también un laboratorio. Alguien que está contactando con los expertos de la isla (con los que ella contaba) para un macro proyecto.

 

De pronto la alegría se tornó en tremendo desconsuelo. A su pionero y legendario proyecto se le cruza en el camino un gemelo pensado a lo grande, con respaldos de peso como la Universidad de Zúrich. Todo el día lo dedicamos a las lágrimas y la desolación. Ya parecía que por fin iba a plantar su dinero para que diera sanos frutos cuando aparece en escena un gran elefante que tiene todas las trazas de comerse hasta las malas hierbas. El grande siempre acaba llevándose por delante al pequeño.

 

¿Quién será este personaje? Le dicen que es un mecenas suizo y que hay detrás mucho dinero. Mi amiga, en su tribulación, se mete a bucear en internet y  a la mañana siguiente me desvela sus averiguaciones. Detrás de los laboratorios de la Universidad de Zúrich está el gigante Google. Quiere decir que Google, en su política de diversificación (nunca todas las manzanas en el mismo cesto) va a introducirse en el mundo de la alimentación ecológica. Eso quiere decir que el consumo ecológico es un futurible financieramente interesante. Que hay muy buenas posibilidades de negocio en ese campo, que se prevé grandes beneficios, que el carácter altruista de mi amiga queda diluido como un grano de arena en el desierto.

 

Ante semejante descubrimiento los que estamos alrededor de Lucinda tratamos de buscar alguna combinación posible para que no desfallezca.  Sugerimos salvar su proyecto centrándolo en alguna investigación muy concreta que sirva de referencia para el grande. Un escollo son los  colaboradores. En la isla los expertos son contados y parece lógico que estos se vayan a trabajar donde haya un buen respaldo económico.

 

En fin, mi amiga, desesperada, anuncia que si finalmente no sale su proyecto adelante le da los millones a Open Arms para el salvamento de los migrantes en el Mediterráneo y se acabó. Esa cantidad de dinero le crea desazón y angustia como si en lugar de tenerlos en su cuenta, a su disposición, fuera ella quien se los debiera al banco. Su necesidad de quitárselos de encima es imperativa para sentirse bien. Verdaderamente si puede pensar que: Dios da pañuelos al que no tiene mocos.

 

Qué complicado acaba siendo desprenderse, sin más, de unos cuantos millones de euros. Qué felicidad no tener la posibilidad de esa angustia.

 

O témpora, o mores

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