Hasta donde me llegan los recuerdos
![[Img #38647]](upload/img/periodico/img_38647.jpg)
Pocas cosas hacen contacto con nosotros como las que acontecieron en nuestros años párvulos,esos en los que mirábamos el mundo con los ojos inocentes del que descubre el mundo.
Hasta donde me llegan los recuerdos mi abuela paterna fue una mujer menuda, enjuta, quejosa, de grandes ojos con los que miraba un mundo invariablemente gris. Cuando contemplo su foto me reconozco en su físico. La materna, en cambio, tenía los ojos del color de la miel y era recia, templada como una encina. Siempre quise tener su carácter.
Hasta donde me llegan los recuerdos el primer hombre que vi desnudo, sentado a la entrada de la pocilga de adobe, de espaldas al sol, los pies metidos en una palangana de porcelana, fue mi abuelo. Al descubrir sus carnes blancas eché a correr muerta de vergüenza.
Hasta donde me llegan los recuerdos a mi padre le operaron de corazón cuando yo tenía seis años. Mi abuela materna ese día montó un altar con cartones y velas en el portalón de casa. Cuando regresó, tras un tiempo de convalecencia, traía una cicatriz tan larga como su abdomen y un reloj dentro. Estar enfermo de corazón no es cosa baladí, habida cuenta de que se trata de un víscera vital tanto empírica como metafóricamente hablando. La vida de los míos y la mía propia siempre ha estado marcada por la enfermedad de mi padre.
No puedo pensar en mis recuerdos sin que me venga a la cabeza el vértigo que de pequeña sentía al subir las cuestas. Como el de una mañana de procesión en la calle de la Paloma mientras me aferraba con ahínco a la mano de mi madre. Era mirar atrás y pensar que rodaría hacia abajo. Hoy sigo sintiendo vértigo, solo que a pendientes ostensiblemente más altas.
Hasta donde me llegan los recuerdos a veces sisaba monedas de una caja de cola-cao que había dentro del mostrador de la tienda de ultramarinos que mis padres montaron tras la operación. Con ellas compraba gajos de naranja para agasajar a las chicas, también cromos. Las chicas se llevaron los gajos de naranja, dejándome el envoltorio, y a los cromos… qué desastre, perdía siempre.
Hasta donde me llegan los recuerdos, recuerdo que una tarde jugaba en la bola verde del parque cuando alguien dijo algo tan gracioso que me hice pis encima. Al llegar a casa mi madre me regañó, me puso el pijama, me castigó con ir a la cama a media tarde. Del dicho que hizo que me meara de risa no consigo, en cambio, acordarme.
Hasta donde me llegan los recuerdos mi primer amor fue un muchacho que apareció en el puente de la pradera Calahorra bajo el que un grupo de niñas pasábamos la tarde de domingo tortillero. Iba en bici, dijo que venía de Jamaica. Podía haber dicho otra isla y me lo hubiera creído igual. Nunca más le volví a ver pero nunca le olvidé. A veces pienso que jamás existió, que fue un espejismo o trampa a los ojos.
También recuerdo que siempre quise trabajar medio año -de feriante, sacando algas en el mar al final del verano, vendiendo helados…- para vivir otro medio. Ser seis meses cigarra y seis meses hormiga. A juzgar por la forma de vida que he llevado hasta ahora en el fondo no lo he debido desear demasiado. Pero nunca es tarde.
Hasta donde me llegan los recuerdos dormía con mi hermana en una cama pequeña pegada a una pared en la que con la uña dibujaba siluetas de aves y castillos y peces que me permitían imaginar un mundo enteramente propio. Hoy duermo en el lado de la cama más cerca de la ventana, pero a veces, cuando cierro los ojos, se imponen otras aves y otros peces y otros castillos. Entonces los abro, me siento, busco un folio, les doy vida, ánimo, palabras, y quien sabe si ellos un día serán recuerdos de otro.
![[Img #38647]](upload/img/periodico/img_38647.jpg)
Pocas cosas hacen contacto con nosotros como las que acontecieron en nuestros años párvulos,esos en los que mirábamos el mundo con los ojos inocentes del que descubre el mundo.
Hasta donde me llegan los recuerdos mi abuela paterna fue una mujer menuda, enjuta, quejosa, de grandes ojos con los que miraba un mundo invariablemente gris. Cuando contemplo su foto me reconozco en su físico. La materna, en cambio, tenía los ojos del color de la miel y era recia, templada como una encina. Siempre quise tener su carácter.
Hasta donde me llegan los recuerdos el primer hombre que vi desnudo, sentado a la entrada de la pocilga de adobe, de espaldas al sol, los pies metidos en una palangana de porcelana, fue mi abuelo. Al descubrir sus carnes blancas eché a correr muerta de vergüenza.
Hasta donde me llegan los recuerdos a mi padre le operaron de corazón cuando yo tenía seis años. Mi abuela materna ese día montó un altar con cartones y velas en el portalón de casa. Cuando regresó, tras un tiempo de convalecencia, traía una cicatriz tan larga como su abdomen y un reloj dentro. Estar enfermo de corazón no es cosa baladí, habida cuenta de que se trata de un víscera vital tanto empírica como metafóricamente hablando. La vida de los míos y la mía propia siempre ha estado marcada por la enfermedad de mi padre.
No puedo pensar en mis recuerdos sin que me venga a la cabeza el vértigo que de pequeña sentía al subir las cuestas. Como el de una mañana de procesión en la calle de la Paloma mientras me aferraba con ahínco a la mano de mi madre. Era mirar atrás y pensar que rodaría hacia abajo. Hoy sigo sintiendo vértigo, solo que a pendientes ostensiblemente más altas.
Hasta donde me llegan los recuerdos a veces sisaba monedas de una caja de cola-cao que había dentro del mostrador de la tienda de ultramarinos que mis padres montaron tras la operación. Con ellas compraba gajos de naranja para agasajar a las chicas, también cromos. Las chicas se llevaron los gajos de naranja, dejándome el envoltorio, y a los cromos… qué desastre, perdía siempre.
Hasta donde me llegan los recuerdos, recuerdo que una tarde jugaba en la bola verde del parque cuando alguien dijo algo tan gracioso que me hice pis encima. Al llegar a casa mi madre me regañó, me puso el pijama, me castigó con ir a la cama a media tarde. Del dicho que hizo que me meara de risa no consigo, en cambio, acordarme.
Hasta donde me llegan los recuerdos mi primer amor fue un muchacho que apareció en el puente de la pradera Calahorra bajo el que un grupo de niñas pasábamos la tarde de domingo tortillero. Iba en bici, dijo que venía de Jamaica. Podía haber dicho otra isla y me lo hubiera creído igual. Nunca más le volví a ver pero nunca le olvidé. A veces pienso que jamás existió, que fue un espejismo o trampa a los ojos.
También recuerdo que siempre quise trabajar medio año -de feriante, sacando algas en el mar al final del verano, vendiendo helados…- para vivir otro medio. Ser seis meses cigarra y seis meses hormiga. A juzgar por la forma de vida que he llevado hasta ahora en el fondo no lo he debido desear demasiado. Pero nunca es tarde.
Hasta donde me llegan los recuerdos dormía con mi hermana en una cama pequeña pegada a una pared en la que con la uña dibujaba siluetas de aves y castillos y peces que me permitían imaginar un mundo enteramente propio. Hoy duermo en el lado de la cama más cerca de la ventana, pero a veces, cuando cierro los ojos, se imponen otras aves y otros peces y otros castillos. Entonces los abro, me siento, busco un folio, les doy vida, ánimo, palabras, y quien sabe si ellos un día serán recuerdos de otro.






