Tomás Valle Villalibre
Domingo, 19 de Agosto de 2018

El apartamento de Julián

                    

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Mi amigo Julián es un tipo singular, da clases de física, pertenece a un grupo de payasos que va por los hospitales a animar a niños y mayores, va a manifestaciones republicanas pero es creyente, se puede enrollar con cualquier transeúnte como si lo conociera de toda la vida e incluso invitarle a unas tapas y sin embargo no ve con buenos ojos la entrada masiva de migrantes, hoy puede ser vegano y mañana se puede comer un chuletón. Hace unos meses se mudó al apartamento de un cuarto piso del número 36 de  una céntrica calle, en un barrio bastante conocido de Madrid. Un edificio viejo cuyas  paredes tiemblan cada vez que el metro pasa junto a sus viejos cimientos y en el que las cucarachas se pasean alegremente por cualquier parte, en cualquier momento. En él aún conserva ese improvisado ambiente de campamento a punto de ser levantado. Pero se ha acostumbrado y nada de ello le molesta. 

 

En el mismo piso vive un personaje cuya soledad muestra su condición de soltero empedernido, carente de amistades. Una chica que de tantas idas y venidas ha terminado siendo su amiga y un hombre alto y flaco que es músico y que constantemente puja por el estuche en el que porta su saxofón. En los pisos inferiores no tenía muy claro quien vivía aunque sabía que una señora del tercero  tenía una oficina justo debajo de su apartamento, pero  hasta hace poco no supo a qué se dedicaba. También una joven, hermosa y sexy, aunque algo extraña que vive en el segundo A.

 

Según mi amigo Julián al principio todo le pareció normal, aunque fue cuestión de días cuando comprendió que la normalidad no era la palabra apropiada para el edificio en el que vive.

 

El hombre alto y flaco tiene por costumbre ensayar en casa y al parecer es algo que necesita mucho, porque prácticamente todos los días a las ocho el sonido del saxofón entra en el apartamento de Julián dando la sensación de tener al músico sentado frente a él. 

 

Las idas y venidas de hombres al piso de abajo, junto con los ruidos y gemidos, pronto le hicieron entender a qué se dedicaba la señora que parecía tener una oficina.

 

La chica que vive en su mismo piso y de la que se ha hecho amigo, por lo visto hace trabajos de ordenador en casa y el hombre soltero que vive solo, durante la semana no emite ni un solo ruido, pero tiene fiesta todos los sábados. Debe ser un crack, porque los gemidos se transforman en gritos y dado que por alguna razón precaria o de presupuesto, las paredes son como de papel y las puertas no ajustan bien, es como tener una pareja de extraños en la cama de mi amigo mientras un saxofonista toca sentado en una de las desvencijadas sillas. 

 

Yo lo he podido comprobar y lo cierto es que entre los ruidos de arriba, los de abajo y si le da por ensayar al del saxo, en el apartamento de mi amigo es difícil aguantar mucho tiempo. Pero lo importante es que él lo lleva bien.

 

De la joven, hermosa y sexy, todavía no sabe a qué se dedica, aunque dice que está muchos días fuera de casa y  que el pisar con sus enormes tacones, es una  melodía difícil de olvidar.

 

Por si fuera poco, mi amigo Julián ha descubierto que en el primero hay una vecina muy chismosa que abre imperceptiblemente la cortinilla de su gigantesca mirilla, asomándose furtivamente cada vez que oye a alguien subir por la escalera, para obtener rápidamente la información necesaria y poder despellejar a sus víctimas. 

 

Además le ha dado por poner papelitos pegados con cello: el vecino del segundo B ha tirado la colilla por la escalera…las chicas del tercero, sé a lo que os dedicáis…etc. 


Un día Julián escuchó cómo alguien subía las escaleras a sus espaldas y al girarse vio atónito a la vecina del primero, que sin cortarse un pelo le preguntó a qué se dedicaba, si tenía novia, de donde era… y además le reprendió por dejarse en el buzón unas revistas con chicas faltas de ropa. Todavía no ha salido hoy del asombro. ¿Tendrá llaves de los buzones?

 

Pero mi amigo ya se ha acostumbrado a vivir en este edificio que se parece, salvando las distancias, al 13, Rúa el Percebe de los tebeos. Se está haciendo amigo de la vecina referente inexorable del cotilleo e incluso se atreve a pedirle canciones al del saxo o tomar café en la oficina de abajo y aunque de vez en cuando se siente desorientado y no sabe muy bien a qué atender se siente cómodo y feliz.

 

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