Padres: Mucha asignatura pendiente
![[Img #38849]](upload/img/periodico/img_38849.jpg)
Por mucho que hayan cambiado los planes de estudio, y ahora el temido septiembre de vuelta a la realidad haya dejado de ser mes de recuperación de las asignaturas suspensas en junio, esta imagen es fiel e ingrato reflejo de cómo la educación cívica de algunos padres, lleva escrito con tinta indeleble el cate perpetuo en las normas de convivencia hacia sus hijos.
Porque no se trata de los restos de un concierto de rock, ni de las huellas de un botellón de berreas adolescentes. Son el vestigio, créanlo, de la primera sesión del guiñol Gorgorito en el Jardín de Astorga. Todos podemos imaginar qué clase de público asiste a los estacazos a la bruja de este personaje casi ya tan familiar en las fiestas Astorga como Pedro Mato o Colasa. Son, tienen que ser, niños que apenas levantan un palmo del suelo, pero a los que las desidias de ciertos padres convierten en firmes promesas del hooliganismo más destructor y productores estajanovistas de las basuras y destrozos de las juergas etílicas.
De la visión triste y molesta de esta mierda son únicos responsables esos progenitores anclados en la falsa creencia de que hoy la escuela asume la doble condición de educar y enseñar. Es una pobre mentira, que apenas se sostiene en el gaseoso argumento redentor de que bastante tienen ya con mantenerlos; que, para eso, trabajan muchas horas. Así curan el remordimiento de conciencia de sus desatenciones, con la total barra libre de comportamiento hacia el infante y el obsequio a destiempo de la consola o el móvil, con el que ingresar sin oposición en el abundante (y en crecimiento) rebaño de zombis adolescentes. Ver hoy a uno de esos chavales libro en mano, en atenta y sosegada lectura, por ejemplo, es una visión próxima a los tiempos del jurásico.
Olvidan que el colegio, por supuesto, adquiere la noble tarea de enseñar, de preparar para la vida adulta. De impartir esa herramienta que debe ser inseparable de la condición humana: la cultura, siempre entendida como mentalidad abierta a las dudas que pueden sembrar las opiniones de los otros. Un aula, cualquier aula, es un foro en el que tienen que sobrevolar nociones generales de civismo y urbanidad. Pero, en los casos particulares, esas didácticas exigen vuelos muy bajos, casi a vista de pájaro, atención exquisita y, por encima de todo, concederles a esos niños el impagable regalo de un tiempo dedicado a su formación humana. Un maestro, por muy querido que sea, podrá enseñar y aconsejar; un padre o una madre son el monopolio de la educación, aunque solo sea por la intensa cercanía de su rol.
La sociedad observa con preocupación muchas aristas de este debate. La cantera del hombre está en la escuela; pero, previa a ella, el ciclo vital del niño está en el hogar. Su órbita social, antes que ninguna otra, son sus progenitores, sus hermanos; con el tiempo llega la escuela y los compañeros que podrán convertirse en amigos para el resto de la vida. Todo esto se trastoca desde el momento en que se cuestiona el concepto de autoridad y hasta el de potestad. Primero, con la renuncia al mismo de los propios padres, que magnifican una negativa como un posible trauma insuperable, origen de todas sus posibles desventuras. A cambio, erróneamente, el sí está a flor de piel para los caprichos del guaje, al que se ve tiranizar sin freno a sus padres y, en mecanismo de cascada, a otros familiares y al núcleo mismo de la sociedad. Tiempos hubo en que una disculpa del tipo: el profesor me tiene manía no hacía más arreciar el tono de la regañina; hoy esta añagaza recibe de inmediato el espaldarazo paterno con la visita al educador, muchas veces, no precisamente, en tono pacífico, ni siquiera informativo.
Las autoridades contribuyen a lo suyo minorando la razonable discrecionalidad paterna en la educación de los vástagos, mediante en una legislación excesivamente permisiva con los jóvenes, a la par que mina la autoridad del profesor. De lo general pasemos a lo concreto, estos desperdicios del Jardín se dejaron ver toda la tarde, varias horas después del evento guiñolesco. Algo de dejadez en el ayuntamiento astorgano, tan radical luego en la protección de estos espacio contra los dueños de perros a los que no se deja pasear por temor a sus excrementos, e ignorando que la gran mayoría porta para su recogimiento las bolsas preceptivas. Hay evidente motivo de agravio.
Una nueva arista del debate aflora y esa escasa sensibilidad que se nos ha inculcado hacia lo público, obviando que éste es territorio de todos y que los miramientos de cuidado y conservación hacia esas posesiones colectivas tienen que ser más exigentes que ningún otro escenario particular. Al fin y al cabo que, cada uno en su casa, haga lo que quiera, incluso con sus desperdicios.
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Por mucho que hayan cambiado los planes de estudio, y ahora el temido septiembre de vuelta a la realidad haya dejado de ser mes de recuperación de las asignaturas suspensas en junio, esta imagen es fiel e ingrato reflejo de cómo la educación cívica de algunos padres, lleva escrito con tinta indeleble el cate perpetuo en las normas de convivencia hacia sus hijos.
Porque no se trata de los restos de un concierto de rock, ni de las huellas de un botellón de berreas adolescentes. Son el vestigio, créanlo, de la primera sesión del guiñol Gorgorito en el Jardín de Astorga. Todos podemos imaginar qué clase de público asiste a los estacazos a la bruja de este personaje casi ya tan familiar en las fiestas Astorga como Pedro Mato o Colasa. Son, tienen que ser, niños que apenas levantan un palmo del suelo, pero a los que las desidias de ciertos padres convierten en firmes promesas del hooliganismo más destructor y productores estajanovistas de las basuras y destrozos de las juergas etílicas.
De la visión triste y molesta de esta mierda son únicos responsables esos progenitores anclados en la falsa creencia de que hoy la escuela asume la doble condición de educar y enseñar. Es una pobre mentira, que apenas se sostiene en el gaseoso argumento redentor de que bastante tienen ya con mantenerlos; que, para eso, trabajan muchas horas. Así curan el remordimiento de conciencia de sus desatenciones, con la total barra libre de comportamiento hacia el infante y el obsequio a destiempo de la consola o el móvil, con el que ingresar sin oposición en el abundante (y en crecimiento) rebaño de zombis adolescentes. Ver hoy a uno de esos chavales libro en mano, en atenta y sosegada lectura, por ejemplo, es una visión próxima a los tiempos del jurásico.
Olvidan que el colegio, por supuesto, adquiere la noble tarea de enseñar, de preparar para la vida adulta. De impartir esa herramienta que debe ser inseparable de la condición humana: la cultura, siempre entendida como mentalidad abierta a las dudas que pueden sembrar las opiniones de los otros. Un aula, cualquier aula, es un foro en el que tienen que sobrevolar nociones generales de civismo y urbanidad. Pero, en los casos particulares, esas didácticas exigen vuelos muy bajos, casi a vista de pájaro, atención exquisita y, por encima de todo, concederles a esos niños el impagable regalo de un tiempo dedicado a su formación humana. Un maestro, por muy querido que sea, podrá enseñar y aconsejar; un padre o una madre son el monopolio de la educación, aunque solo sea por la intensa cercanía de su rol.
La sociedad observa con preocupación muchas aristas de este debate. La cantera del hombre está en la escuela; pero, previa a ella, el ciclo vital del niño está en el hogar. Su órbita social, antes que ninguna otra, son sus progenitores, sus hermanos; con el tiempo llega la escuela y los compañeros que podrán convertirse en amigos para el resto de la vida. Todo esto se trastoca desde el momento en que se cuestiona el concepto de autoridad y hasta el de potestad. Primero, con la renuncia al mismo de los propios padres, que magnifican una negativa como un posible trauma insuperable, origen de todas sus posibles desventuras. A cambio, erróneamente, el sí está a flor de piel para los caprichos del guaje, al que se ve tiranizar sin freno a sus padres y, en mecanismo de cascada, a otros familiares y al núcleo mismo de la sociedad. Tiempos hubo en que una disculpa del tipo: el profesor me tiene manía no hacía más arreciar el tono de la regañina; hoy esta añagaza recibe de inmediato el espaldarazo paterno con la visita al educador, muchas veces, no precisamente, en tono pacífico, ni siquiera informativo.
Las autoridades contribuyen a lo suyo minorando la razonable discrecionalidad paterna en la educación de los vástagos, mediante en una legislación excesivamente permisiva con los jóvenes, a la par que mina la autoridad del profesor. De lo general pasemos a lo concreto, estos desperdicios del Jardín se dejaron ver toda la tarde, varias horas después del evento guiñolesco. Algo de dejadez en el ayuntamiento astorgano, tan radical luego en la protección de estos espacio contra los dueños de perros a los que no se deja pasear por temor a sus excrementos, e ignorando que la gran mayoría porta para su recogimiento las bolsas preceptivas. Hay evidente motivo de agravio.
Una nueva arista del debate aflora y esa escasa sensibilidad que se nos ha inculcado hacia lo público, obviando que éste es territorio de todos y que los miramientos de cuidado y conservación hacia esas posesiones colectivas tienen que ser más exigentes que ningún otro escenario particular. Al fin y al cabo que, cada uno en su casa, haga lo que quiera, incluso con sus desperdicios.






