Aidan Mcnamara
Sábado, 01 de Septiembre de 2018

La tristeza necesaria

 

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Para Miguel García Bañales


Hay tristezas necesarias, ineludibles. No pintamos nada… pero ¡qué libertad saberlo!


Llevamos tan solo cinco mil años en lo que llamo el mundo interesante. Los tatarabuelos de Homero y otros artesanos de petroglifos son curiosos, pero la chicha de la humanidad empieza con la historia narrada y, de ésa, sólo me interesa la que entienda al ser humano como conciencia autónoma con dignidad plena. Pongamos el Evangelio como punto de partida. O los diálogos con Sócrates. Contra toda moda, para mí las leyendas, las sagas y los mitos son demasiado impersonales -tratan de arquetipos y de héroes-: yo prefiero a los seres humanos con personalidades complejas e individuales... Ya sabemos, nos gusta clasificar, pero una tormenta de lazos no vale ni un 'selfie'.


La tristeza necesaria es que llegamos a la estación, bajamos del tren eterno, tomamos un café, nos reproducimos, y luego nos marchamos. Si tenemos suerte, el bar de la estación tendrá luz y agua caliente, buena comida y un guardia de seguridad que nos dejará en paz si nos portamos cívicamente. En el bar de la estación encontraremos periódicos, quizá uno de la comarca y otro con un enfoque un poco más cosmopolita. Mi metáfora será cansina, pero desde el punto de vista de la historia del planeta con su diversidad regional y su riqueza artística y cultural, lo que uno pueda ver y aprender en unos ochenta años será poco más de lo que dure una película, al lado de lo que ha acumulado el homo sapiens a lo largo de su existencia. Y hay que pagar el café. 


La tristeza necesaria significa que no lo podemos abarcar todo, siempre tendremos una visión parcial y limitada, y sabemos que el personaje de Dios es el consuelo más grande que hemos inventado para darnos sensación de sentido (un significado) y continuidad. Pero el café está buenísimo.


Ya es un lujo incluso poder escribir estas frases. Otros toman drogas o compran muchos bolsos relucientes hechos en Milán (o Singapur), o se enfadan cuando su equipo pierde. Si el dorso de la existencia es esa tristeza necesaria, esa frustración que los existencialistas llaman lo absurdo, entonces el anverso es la risa.


Ya sé que la alegría es un lujo también. Y, a pesar de todo, el bar de la estación que nos ha tocado visitar está mejor que nunca. Incluso tiene wifi y servicios sin barreras arquitectónicas. Si os molesta la televisión u os aburre el segundo capítulo de El Valle de los Caídos: José Antonio y los Curas Pederastas (mis abogados me dicen que ponga que es una obra de ficción), os recomiendo Los Ángeles que Llevamos Dentro de Steven Pinker, el académico mejor peinado de Harvard. No os digo nada más sobre este tomo de optimismo ilustrado: la (Inter)red es ya la caña de pescar… más el pez. Y si Pinker no convence, siempre tendremos a Eduardo Mendoza. 


Que las hojas de otoño traigan lecturas enriquecedoras.

 

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