Sol Gómez Arteaga
Sábado, 01 de Septiembre de 2018

Consideraciones en torno al 30 de agosto. Día Internacional de las desapariciones forzosas

 

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No es que me guste especialmente cotillear, cotillear porque sí, pero confieso que quienes escribimos tenemos un punto de curiosidad algo morboso que a veces nos hace poner oído atento a determinadas conversaciones.

 

Como la que yo escuché el pasado veintidós de agosto en un bar de Asturias entre dos parejas que calculo que tendrían unos sesenta y cinco años, mientras en la tele anunciaban la exhumación de Franco. 

 

Al salir la noticia del Decreto Ley para llevar a cabo dicha exhumación, una de las dos mujeres dijo a sus contertulios que ella ya había nacido después de la guerra y que no entendía, esa fue la palabra que empleó, a qué venían con esto ahora. La tele cambió de noticia y la mujer de tema, pero de pronto la oigo exclamar referido a otro orden de cosas: ¡Cómo voy a olvidar eso que aconteció a mi padre! 

 

Yo que soy parca en palabras -¡Qué le vamos a hacer!- y más de rumiar para adentro, me quedé pensativa, cavilando. 

 

Lo saco hoy a relucir porque es demasiado recurrente, casi sospechoso, en temas de Memoria Histórica argüir que ha pasado demasiado tiempo, -cosa que por otro lado es verdad, ha pasado demasiado tiempo para los que murieron sin ver reparada la memoria de los suyos-. Pero todo esto entraña un error grave de apreciación que quiero poner de relieve, y es que hay personas en este país que se acuerdan todos y cada uno de los días de su vida de los suyos, -suyos que muchas veces ni llegaron a conocer-, pero pese a eso o tal vez por ello, aún hoy,  después de más de ochenta años de su asesinato en los que llovió y encampó muchas veces, los siguen llorando como el primer día. 


  
Mi padre, que tenía veintiún meses cuando matan al suyo, es una de esas personas, quien le conoce sabe que es verdad lo que digo.  Y como él, muchas más.

 

A quienes les tocó directamente el asesinato o la desaparición forzosa de un familiar les duele, y quieren que se haga justicia, y quieren que se sepa la verdad, y quieren tener un lugar donde llevar unas flores que no les van a devolver el agravio, la orfandad vitalicia de afecto, el vacío dejado por una ausencia que nada ni nadie van a llenar jamás, pero que ayudan a esa digestión del dolor, a su, digamos, gestión interna. 

 

Y quieren, también quieren, claro está, que los restos del dictador no estén enterrados con honores en un espacio imposible de encajar dentro de un Estado que se denomina social y democrático de derecho, junto a sus víctimas, algunas de ellas robadas de sus tumbas para servir a tan megalómano y perverso proyecto.

 

La mujer del bar, es lógico, no olvida cosas que afectaron a su padre, es su historia, su memoria personal, son sus vivencias, y los hijos, nietos y biznietos de los represaliados del franquismo, siguiendo esa misma lógica de la mujer, una lógica basada en la razón humana, tampoco nos olvidamos. Ni queremos olvidarnos. 

 

Memoria es muchas cosas, es política, claro, y la política ya se sabe que a veces mueve y manipula a su antojo, y es identidad, -conocer de dónde venimos, cuáles son nuestras raíces-, pero es también una cuestión de piel, de empatía, de humanidad, de respeto, de ponerse en el lugar de otro, de hacerse cargo de su dolor, de entender, de querer entender.

 

¿Tan difícil es entenderlo? 

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