Roberto Prada Gallego
Sábado, 13 de Octubre de 2018

España constitucional

 

 

Resulta mucho más difícil hablar de política que de una manola y eso tiene que ver con el hecho de que muchos de nuestros políticos sufran destacadas patologías exhibicionistas. Ahí está nuestro Presidente que solo se baja del avión presidencial para fotografiarse con Trump o Macron. Incluso ha llegado a hacerse fotos en la aeronave con las Rayban puestas. Si eso no es darse placer a sí mismo, a mí que me digan qué es y dónde se consigue un gozo parecido. Pero hoy no quiero hablar de las prácticas de Sánchez si no de otro fenómeno imbuido y sobredimensionado por la prensa como VOX. Una formación política que viene a salvarnos y a convertirnos en una absoluta potencia mundial. Es cierto que siempre ha sobrevolado en España una leyenda negra, no pocas veces impulsada y fomentada por los propios españoles, pero de ahí a creernos el cenit dista un trecho demasiado profundo. A mí VOX no me asusta, primero, porque si ahora asoma la cabeza es por culpa de la izquierda más cainita –son los que más contentos están con su auge, sólo hay que ver a Echenique y Monedero e Iglesias- y por una derecha mansa y estúpida, y segundo, porque es el otro extremo. Si el secretario general de Podemos dijo que iban a asaltar los cielos, el de VOX –Ortega Smith- ya manifestó en una ocasión anterior en la que desplegaron una bandera española en Gibraltar que había escapado del Peñón nadando. Aunque así fuera decirlo no es más que la confirmación de que este hombre, un titán de la naturaleza, también está afectado por el virus exhibicionista. 


Uno de los mantras recurrentes de la formación política morada era el de que antes Rajoy y Rivera y ahora Casado y Rivera son extrema derecha, en los últimos días también se ha incluido ahí a Abascal. Deduzco dos opciones, que a Pablo Iglesias todo lo que no sea él le parezca Pinochet o que Pablo Iglesias mienta de forma consciente y deliberada. Yo creo que VOX con los postulados que defiende en estos momentos y a pesar de sus fotos en los últimos años con líderes de la ultraderecha no forma parte de la extrema derecha. Y lo creo porque si lo son tenemos que mantener la coherencia y decir que Podemos es la extrema izquierda. Simplemente, para mí tanto uno como otro son dos partidos populistas. La diferencia no es baladí, sobre todo cuando en este país tenemos muy localizados ambos extremos. En Cataluña se distingue de manera diáfana la ultraderecha y la ultraizquierda. La CUP se pone ella misma la etiqueta. En el País Vasco también. Y es que guste más o menos una cosa está clara: asaltaron la democracia por procedimientos fascistas.


El bendito problema de las democracias liberales, que son como milagros, meritorias y frágiles, es el de que cada ciudadano debe de discernir lo bueno de lo malo, muchas veces lo malo de lo menos malo y entender que la naturaleza humana tiende a la barbarie y al caos y todo eso al conflicto. Qué razón tiene Ruiz Soroa cuando esta semana escribía que las democracias actuales no se fundan en el antifascismo y sí en los derechos humanos, y que bastaba ver a la mayoría de las fuerzas políticas que lucharon aquí contra Franco, que efectivamente y cómo no, eran antifascistas, pero no demócratas. En estos momentos solo queda votar por un impulso de libertad que de forma indefectible lleva a pronunciar dos monosílabos: si o no. Y yo defiendo tres noes y un sí: no a la desigualdad entre españoles, no a la mentira populista y no a un Estado que deje de proteger a una parte de ciudadanos que viven oprimidos por parte de otra, sea en el País Vasco o en Cataluña; y un sí que por poderoso no necesita ningún otro: sí a la Constitución, esa que defiende como valores superiores la libertad, la igualdad, la justicia y el pluralismo político. 

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