Sol Gómez Arteaga
Sábado, 13 de Octubre de 2018

En clave de humor

 

 

 

Uno escribe de lo que es, de lo que le toca, de lo que hace contacto con él, pero también -aunque no lo sepa ni sea consciente de ello-, de lo que no es, de lo que carece, de esa eterna desconocida que es su sombra. Yo que al mirarme en el espejo me reconozco bastante trascendente y sosaina, con una percepción más bien trágica de la vida, hoy me quiero adentrar en los vericuetos de esa especia o ingrediente del que ando algo mermada que es el humor o disposición jovial, alegre, positiva, cómica del ánimo.  


Muchas cosas en la vida, en especial las más importantes o esenciales, escapan de nuestro control, por eso enfrentarlas con humor o, mejor dicho, con buen humor, parece ser la mejor y más inteligente forma de hacerlo. Pase lo que pase que nos pille bienhumorados. ¿Quién no ha asistido a un largo velorio en el que de pronto alguien suelta un chascarrillo seguido de una explosión incontenible de risa? Y es que en situaciones de tragedia máxima, de extremo dolor, nos aferramos al humor como válvula de escape para que eso terrible que acontece se nos haga más llevadero. Yo que trabajé muchos años en un servicio de urgencias puedo constatar que los chistes en torno a accidentados y fallecidos eran bastante recurrentes, y no por falta de respeto hacia los afectados, sino como mecanismo de defensa o forma de afrontamiento del propio miedo ante situaciones que se nos hacían insoportables. 


En el fondo todo es cuestión de actitud y el humor o predisposición a ver la botella medio llena también lo es. Reírse de uno mismo, bromear acerca de nuestras taras o defectos, quitarle hierro a nuestros fracasos, no tomarnos demasiado en serio, vernos a nosotros mismos como los personajes de un comic que leemos a cierta distancia con un gesto de ironía o sorna, tal vez sea la clave para ser más felices. En este punto me viene a la cabeza una cena de fin de curso de escritura creativa a la que asistí allá por el año dos mil. Era cuando empezaba a usarse ese objeto hoy imprescindible e imperdible llamado móvil y el profe (profe genial y visionario, por cierto) hizo su aparición conversando sin cesar por uno de esos artefactos pegado a la oreja mientras una veintena de alumnos le mirábamos y nos mirábamos sorprendidos. Cuando por fin colgó nos desveló que al otro lado no había nada ni nadie y que el aparato en cuestión era de pega. Curiosamente hoy un gesto así, como si lo acontecido hace dieciocho años fuera una escena del futurible Bradbury, no nos extraña lo más mínimo. 


El humor es personal, intransferible, propio, de manera que hay tantos humores como personas hay, tantos humores como en botica, porque para gustos… humores. Así hablamos de un humor flemático, caustico, difícil de pillar, como ese chiste del inglés que al llegar a la aduana australiana y ser preguntado si tiene antecedentes penales responde si siguen haciendo falta;  un humor jocoso, dicharachero, popular que, espontáneo, sale de dentro para fuera como ese “arroja, hijo, con toda confianza” que, condescendiente, le dijo un tabernero de mi pueblo hace años a un joven y beodo cliente ofreciéndole el desahogo de la lumbre; un humor absurdo o surrealista que nadie entiende; un humor en colores, negro -aquí siempre hay un fiambre-, blanco, amarillo, verde picante…; un humor geográfico, que da cuenta de expresiones, dichos, atribuibles a determinados países y regiones; un humor corporativo o por profesiones, un humor animal, humor de perros, de gatos…, pero sea como sea, es éste un ingrediente esencial que como el pan o la sal no puede faltar en nuestra vida y hasta en nuestra muerte como ese epitafio que decía: “Ríanse, hombre, ríanse hasta de sus huesos”.


Y ahora voy a seguir ensayando muecas frente al espejo, -la de la nariz arrugada me sale genial-, porque me he apuntado a un taller de risoterapia y quiero llevar los deberes hechos.

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