A propósito de lo que veo cuando cierro los ojos
![[Img #40070]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/10_2018/6469_barcelona-segundo-y-tercer-dia-157.jpg?23)
“Dame tu mano y paseemos” (Antonio Machado)
Si me preguntaras qué veo cuando cierro los ojos, te diría que veo mi tierra, mi casa, las montañas azules allá a lo lejos, en el horizonte. Veo la calle, los coches y la gente caminando por la acera. Veo todo lo mío. Al otro lado de la carretera, debajo de la muralla, veo el parque. La fuente está cegada, y seco el reguero que tan caudaloso vino en verano. Se levanta aire, caen las hojas de los árboles y los senderos blancos se van borrando. Algunos chopos tienen las hojas completamente amarillas, como si se hubieran vuelto de oro; parecen lámparas encendidas. Pero pronto esas hojas también caerán en los senderos o en la taza de la fuente. Entonces, el viento jugará con ellas: las alzará de la tierra, las volteará y luego las dejará caer. Cuando lleguen las lluvias, se mancharán de barro, ya no brillarán. Finalmente, la bota del paseante melancólico las aplastará en el fango y ese será su final. Ese paseante soñador soy yo, que no va solo, va contigo, hablándote. Te veo apretada contra mi cuerpo y riendo. También veo que yo me río. El sol ya roza las crestas de las montañas y nosotros vamos solos por el parque caminando a ciegas por un sendero que ya no existe. Tú te dejas llevar, aún confías en mí. Las sombras se alargan y se confunden unas con otras. Ya no distingo la tuya. Las nubes se están acumulando en el cielo, apenas quedan trozos de azul al descubierto. Una bandada de tordos pasa volando: se va, quién sabe adónde. El viento vuelve a soplar y caen las primeras gotas de lluvia. Corremos. Te agarras a mi mano, yo tiro, te llevo casi en volandas. Por fin ganamos el alero de una casa solitaria. Estás exhausta, tienes las mejillas coloradas, gotas de lluvia se descuelgan de tu pelo; pero te ríes. Nos reímos los dos, como dos bobos. Después, nos quedamos muy serios mirando cómo llueve. Mirando qué solo y callado se ha quedado el parque, que parece que se hubiera dormido, o muerto. Qué triste. La noche ha acabado echándose encima. Cuando deja de llover, salimos de debajo del alero y subimos hacia la ciudad. La luz de las farolas se refleja en el asfalto, que la lluvia ha convertido en un espejo. Los tejados gotean. Pasa raudo un coche. Mientras tanto, nosotros cruzamos la plaza a solas y en silencio. Y eso es lo que yo veo: cómo vuelvo otra vez a casa contigo. Lo veo desde aquí, desde la distancia, y solo cuando cierro los ojos. Lo veo con una tristeza infinita.
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“Dame tu mano y paseemos” (Antonio Machado)
Si me preguntaras qué veo cuando cierro los ojos, te diría que veo mi tierra, mi casa, las montañas azules allá a lo lejos, en el horizonte. Veo la calle, los coches y la gente caminando por la acera. Veo todo lo mío. Al otro lado de la carretera, debajo de la muralla, veo el parque. La fuente está cegada, y seco el reguero que tan caudaloso vino en verano. Se levanta aire, caen las hojas de los árboles y los senderos blancos se van borrando. Algunos chopos tienen las hojas completamente amarillas, como si se hubieran vuelto de oro; parecen lámparas encendidas. Pero pronto esas hojas también caerán en los senderos o en la taza de la fuente. Entonces, el viento jugará con ellas: las alzará de la tierra, las volteará y luego las dejará caer. Cuando lleguen las lluvias, se mancharán de barro, ya no brillarán. Finalmente, la bota del paseante melancólico las aplastará en el fango y ese será su final. Ese paseante soñador soy yo, que no va solo, va contigo, hablándote. Te veo apretada contra mi cuerpo y riendo. También veo que yo me río. El sol ya roza las crestas de las montañas y nosotros vamos solos por el parque caminando a ciegas por un sendero que ya no existe. Tú te dejas llevar, aún confías en mí. Las sombras se alargan y se confunden unas con otras. Ya no distingo la tuya. Las nubes se están acumulando en el cielo, apenas quedan trozos de azul al descubierto. Una bandada de tordos pasa volando: se va, quién sabe adónde. El viento vuelve a soplar y caen las primeras gotas de lluvia. Corremos. Te agarras a mi mano, yo tiro, te llevo casi en volandas. Por fin ganamos el alero de una casa solitaria. Estás exhausta, tienes las mejillas coloradas, gotas de lluvia se descuelgan de tu pelo; pero te ríes. Nos reímos los dos, como dos bobos. Después, nos quedamos muy serios mirando cómo llueve. Mirando qué solo y callado se ha quedado el parque, que parece que se hubiera dormido, o muerto. Qué triste. La noche ha acabado echándose encima. Cuando deja de llover, salimos de debajo del alero y subimos hacia la ciudad. La luz de las farolas se refleja en el asfalto, que la lluvia ha convertido en un espejo. Los tejados gotean. Pasa raudo un coche. Mientras tanto, nosotros cruzamos la plaza a solas y en silencio. Y eso es lo que yo veo: cómo vuelvo otra vez a casa contigo. Lo veo desde aquí, desde la distancia, y solo cuando cierro los ojos. Lo veo con una tristeza infinita.






