Roberto Prada Gallego
Domingo, 28 de Octubre de 2018

Pequeños grandes cambios

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Hace más o menos un año que mi vida pudo cambiar de rumbo. Debía tomar una de esas decisiones que se resuelven fríamente, en soledad, colocando en una balanza las ventajas y los inconvenientes y asumiendo sus consecuencias. Porque siempre las hay. Hasta cuando no se hace nada. Llevaba tiempo yendo a desayunar a ese bar cercano a casa, pequeño y viejo, poco frecuentado y siempre por las mismas personas. Lo atendía una mujer mayor, viuda y regordeta, que desde el primer día me servía el café y un trozo de tortilla en un pan de bocadillo que a nadie más daba. Esa deferencia me sorprendió. Se sucedían los días y las semanas, todo seguía igual; ella me hacia ese mini bocadillo y yo le acercaba el café al mostrador. Los martes, que cerraba, yo leía el periódico en el móvil y no desayunaba. Hasta que cierto día, en una calle paralela, con la barriga tronando, me topé con un letrero en el que por el mismo precio me ofrecían café y tostadas. Al entrar en el establecimiento la cosa pintaba aún mejor. Lo atendían dos chicas jóvenes idénticas, muy delgadas, muy rubias y muy simpáticas y que hasta me llevaban el café a la mesa. Salí de allí cabizbajo, como asumiendo lo que venía, no sabía si debía de despedirme por haber sido un cliente tan fiel todo ese tiempo. Cuando llegué a casa sopesé la elección y decidí ir un día más a aquel establecimiento, sería el último después de tanto tiempo. Me iría sin decir nada, como es costumbre, un poco por cobardía y otro poco por pena. También era lo mejor para mi alimentación. Las tostadas, había leído, eran ricas en fibra. Aquel día, como digo, me levanté y ya en la ducha pensé que estaría bien aquello de acudir a un bar y que la camarera no sepa de antemano lo que te apetece. Pero el café estaba como siempre lo preparaba aquella buena señora, con poca leche y sin arder, a igual temperatura que la tortilla que al contacto con el pan parecía fundirse. Regresé a casa sabiendo que volvería al día siguiente, porque la percepción de perder algo que siempre había estado ahí era suficiente para saber que no quería cambiar nada. 

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