Fútbol y política
![[Img #40180]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/11_2018/8523_img_7711.jpg?35)
Mucho se dice, para huir de un debate difícil y estéril en tesis constructivas, que el fútbol no se debe enredar en la madeja de la política. La hipótesis va más dirigida a los futbolistas que a la disciplina en sí, porque, a poco que se rasque, de inmediato asoman los resquicios por los que se cuela la ciencia de lo posible.
Leer a Eduardo Galeano es percibir de inmediato las afinidades entre los dos espectáculos. Hacer lo propio con “La Guerra del Fútbol”, de Riszard Kapuscinski, es adentrarse en la pasión de las veleidades del balón como deflagración de la más perniciosa y mortífera de las miserias humanas.
En España, el fútbol ha sido emblema de banderías entre regiones que profundizaron en sus disensiones conflictivas de antaño, mientras el balón rueda por el césped. Si uno de los grandes equipos patrios dice que solo es un club, el otro replica que es más que un club, y se arroga el monopolio de paisaje y paisanaje de su geografía. Si uno se arropa en la bandera de la nación, el otro enarbola la de la comunidad o pretendido territorio azotado sin compasión ni descanso por la metrópoli en la construcción de su Arcadia.
El deporte en general, y el fútbol en concreto, sigue concediendo amplio campo a los meandros estratégicos de la política. Se sirve para ello de una liturgia tribal que trasciende al terreno de juego y a la virginidad supuesta de las porterías, de ahí que el falo del gol, sea la misma demostración de conquista para el goleador, que de oprobio para el goleado.
El fútbol es cosa muy sería podría decirse visto desde prismas como éstos. Pero los prismáticos con el que lo miramos admite el modo de visión lejana y, a lo mejor, por ello, más frívola.
El club que dice atesorar las más recias virtudes hispanas, el Real Madrid, se ha sumido en una crisis que presenta patologías más profundas que una racha de malos resultados, tras pasear el mito de la invencibilidad tres años consecutivos por la Europa que dice rendirse al peso de su historia.
La frivolidad de los mensajes de casi toda la prensa deportiva, y no digamos, trasladada al vocerío de estupideces en las tertulias, ha lanzado sus dardos a la diana única y preferida, el continuo recurso del entrenador. Hay que aceptar que es territorio fácilmente abonable, porque las especulaciones de varios días acerca del abanico de sustitutos, da de sí para multiplicar tiradas y audiencias en estos tiempos de penuria para los soportes tradicionales de la información. Pocas especialidades periodísticas, como ésta, dan para practicar como gran originalidad el monótono rodar de la noria.
Pero esta crisis del club merengue fija en la lontananza algunas oraciones del catecismo político, no de tanta enjundia, pero sí de similitudes con los retazos históricos de la política.
El Real Madrid ha sido un equipo que durante diez años (un periodo larguísimo en la escala de estos menesteres) se ha sometido a la tiranía de un solo jugador, un gran futbolista, por otra parte. Cristiano Ronaldo no tardó en imponer la impronta dogmática al club, de que cincuenta goles por temporada eran aval para una especie de eternidad. La razón social terminó cediendo el fondo de comercio del club más laureado del mundo, al nombre propio de su estrella. El episodio terminaba aplastando a la historia.
Los blancos han cedido el sufijo diferenciador –ismo del madridismo global y triunfador al ronaldismo (no digamos cristianismo, para no parecer irreverentes). Un club, con trayectoria propia definida y grandiosa, empequeñeció hasta convertirse en un remedo de régimen personal, personalista, trufado de dictadura.
El tirano ha muerto en la metáfora del fichaje por un rival directo en su competición preferida, y el club se ha quedado huérfano, sin brújula, sin ídolo al que adorar y ofrecer sacrificios. Giro de ciento ochenta grados de mentalidad, de la noche a la mañana. ¿Quién gestiona eso? La pizarra de los esquemas de juego era él, el triunfo era él. La plantilla se diseñaba para él.
Esa orfandad será una travesía del desierto, significado preciso de soluciones a largo plazo. Lo de ahora se puede disfrazar de lo que se quiera, de marcadores adversos o de insensibilidad del entrenador. Es algo mucho más estructural, máxime, si el que ha propiciado los cambios doctrinarios tan nocivos, se protege en la inmunidad de unos estatutos que le atornillan al principal sillón del palco. Dos personalismos tan fuertes es difícil que convivan.
La política se mira igualmente en este espejo. Los regímenes gobernantes personalistas han derivado en ideologías nominadas. Stalin y el stalinismo; Mao y el maoísmo; Franco y el franquismo. Su desaparición física derivó en congresos redentores, utilitarismos políticos con la ideología contrapuesta y el hara-kiri de una clase dirigente en su propio parlamento. Estos tres ejemplos necesitaron tiempo y paciencia para dar con la tecla alternativa a una huella tan profunda.
Y un aviso a navegantes. Que el gran rival (el eterno ha sido, es y será siempre el otro gran club de la capital) no se emborrache en superioridades coyunturales de una manita de goles. Va por el mismo camino. El Barcelona está impregnado de puro messismo.
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Mucho se dice, para huir de un debate difícil y estéril en tesis constructivas, que el fútbol no se debe enredar en la madeja de la política. La hipótesis va más dirigida a los futbolistas que a la disciplina en sí, porque, a poco que se rasque, de inmediato asoman los resquicios por los que se cuela la ciencia de lo posible.
Leer a Eduardo Galeano es percibir de inmediato las afinidades entre los dos espectáculos. Hacer lo propio con “La Guerra del Fútbol”, de Riszard Kapuscinski, es adentrarse en la pasión de las veleidades del balón como deflagración de la más perniciosa y mortífera de las miserias humanas.
En España, el fútbol ha sido emblema de banderías entre regiones que profundizaron en sus disensiones conflictivas de antaño, mientras el balón rueda por el césped. Si uno de los grandes equipos patrios dice que solo es un club, el otro replica que es más que un club, y se arroga el monopolio de paisaje y paisanaje de su geografía. Si uno se arropa en la bandera de la nación, el otro enarbola la de la comunidad o pretendido territorio azotado sin compasión ni descanso por la metrópoli en la construcción de su Arcadia.
El deporte en general, y el fútbol en concreto, sigue concediendo amplio campo a los meandros estratégicos de la política. Se sirve para ello de una liturgia tribal que trasciende al terreno de juego y a la virginidad supuesta de las porterías, de ahí que el falo del gol, sea la misma demostración de conquista para el goleador, que de oprobio para el goleado.
El fútbol es cosa muy sería podría decirse visto desde prismas como éstos. Pero los prismáticos con el que lo miramos admite el modo de visión lejana y, a lo mejor, por ello, más frívola.
El club que dice atesorar las más recias virtudes hispanas, el Real Madrid, se ha sumido en una crisis que presenta patologías más profundas que una racha de malos resultados, tras pasear el mito de la invencibilidad tres años consecutivos por la Europa que dice rendirse al peso de su historia.
La frivolidad de los mensajes de casi toda la prensa deportiva, y no digamos, trasladada al vocerío de estupideces en las tertulias, ha lanzado sus dardos a la diana única y preferida, el continuo recurso del entrenador. Hay que aceptar que es territorio fácilmente abonable, porque las especulaciones de varios días acerca del abanico de sustitutos, da de sí para multiplicar tiradas y audiencias en estos tiempos de penuria para los soportes tradicionales de la información. Pocas especialidades periodísticas, como ésta, dan para practicar como gran originalidad el monótono rodar de la noria.
Pero esta crisis del club merengue fija en la lontananza algunas oraciones del catecismo político, no de tanta enjundia, pero sí de similitudes con los retazos históricos de la política.
El Real Madrid ha sido un equipo que durante diez años (un periodo larguísimo en la escala de estos menesteres) se ha sometido a la tiranía de un solo jugador, un gran futbolista, por otra parte. Cristiano Ronaldo no tardó en imponer la impronta dogmática al club, de que cincuenta goles por temporada eran aval para una especie de eternidad. La razón social terminó cediendo el fondo de comercio del club más laureado del mundo, al nombre propio de su estrella. El episodio terminaba aplastando a la historia.
Los blancos han cedido el sufijo diferenciador –ismo del madridismo global y triunfador al ronaldismo (no digamos cristianismo, para no parecer irreverentes). Un club, con trayectoria propia definida y grandiosa, empequeñeció hasta convertirse en un remedo de régimen personal, personalista, trufado de dictadura.
El tirano ha muerto en la metáfora del fichaje por un rival directo en su competición preferida, y el club se ha quedado huérfano, sin brújula, sin ídolo al que adorar y ofrecer sacrificios. Giro de ciento ochenta grados de mentalidad, de la noche a la mañana. ¿Quién gestiona eso? La pizarra de los esquemas de juego era él, el triunfo era él. La plantilla se diseñaba para él.
Esa orfandad será una travesía del desierto, significado preciso de soluciones a largo plazo. Lo de ahora se puede disfrazar de lo que se quiera, de marcadores adversos o de insensibilidad del entrenador. Es algo mucho más estructural, máxime, si el que ha propiciado los cambios doctrinarios tan nocivos, se protege en la inmunidad de unos estatutos que le atornillan al principal sillón del palco. Dos personalismos tan fuertes es difícil que convivan.
La política se mira igualmente en este espejo. Los regímenes gobernantes personalistas han derivado en ideologías nominadas. Stalin y el stalinismo; Mao y el maoísmo; Franco y el franquismo. Su desaparición física derivó en congresos redentores, utilitarismos políticos con la ideología contrapuesta y el hara-kiri de una clase dirigente en su propio parlamento. Estos tres ejemplos necesitaron tiempo y paciencia para dar con la tecla alternativa a una huella tan profunda.
Y un aviso a navegantes. Que el gran rival (el eterno ha sido, es y será siempre el otro gran club de la capital) no se emborrache en superioridades coyunturales de una manita de goles. Va por el mismo camino. El Barcelona está impregnado de puro messismo.






