¿Y la izquierda?
![[Img #40265]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/11_2018/6488_roberto.jpg?29)
Ahora que Fernando Savater es un peligroso extremista por ir a Alsasua a defender una ciudadanía de personas libres e iguales que deben decidir de modo común cómo convivir recuerdo cuando Félix de Azua se preguntaba si “puede ser de izquierdas alguien que da mayor importancia a las identidades simbólicas que a los ciudadanos”.
Yo, de manera mucho menos clara y más enfangada, también me lo pregunto. Si esas dos personas que acabo de citar son menos izquierda que el portavoz del PSOE en el senado, el tal Ander Gil, cabe preguntarse si no estaremos llamando izquierda a algo que para nada es izquierda. La actuación del portavoz socialista fue denigrante. Sus palabras más duras no fueron para el carnicero de Mondragón –que no sé si se habrá reinsertado, sus diecisiete asesinados seguro que no- sino para ‘las derechas’. Un desnudo de estas características en cualquier partido político que respetase a sus votantes hubiera supuesto su cese en el siguiente tuit. Pero sería esperar demasiado de este PSOE, envuelto en el período de lo inmediato y de lo fútil, de los fuegos artificiales y de las gilipolleces oportunistas.
No quiero con esto decir que el acto organizado por Ciudadanos no fuera ventajista, electoralista y cualesquiera adjetivos que deseen. Pero era una acción necesaria. Contra el fuego agua, no keroseno. Sí, cierto. Pero es que defender la constitución en cualquier rincón de España es agua. La gente decente de izquierdas no puede mirar con adoración bobina a los nacionalistas, no pueden no distinguir en ellos su insolidaridad, su carlismo más rancio que supone, en realidad, un obstáculo para el progreso.
No se me ocurre un acto más progresista que el de Alsasua: defender la libertad y la igualdad en un territorio oprimido. Antes eso era la izquierda, o lo que se identificaba con ella: preocuparse por las injusticias de personas concretas. La igualdad como bandera, la de oportunidades, no la de la plurinacionalidad. Importante el mérito, por supuesto, pero con las mismas oportunidades, ya sean gitanos o payos, hombres o mujeres, blancos o negros. La izquierda que apoyaba a los trabajadores, a los que hacían cuentas para llegar a final de mes de manera justa pero tranquila. Que velaba por los derechos sociales respetando las libertades individuales, creyendo en el Estado –laico- como un ente capaz de redistribuir la riqueza. Y ahora, ¿qué tenemos? Pues unos dirigentes pijos con exceso de ideología, bon vivants preocupados por el toro de Tordesillas, la manera de matar a los cerdos, ecologistas, veganos, anticatólicos y que nada tienen que ver con esa izquierda ilustrada que propugnaba la razón, la universalidad y la justicia social.
Si sus preocupaciones están en entregar competencias a las distintas comunidades autónomas dónde queda la redistribución que debería ser el eje sobre el que pivota el pensamiento progresista. Si identificamos a la izquierda con el desdoblamiento de género más que con la defensa de los derechos de los ciudadanos, si la identificamos más con un odio a los católicos en pos de otras religiones que con la laicidad, si no defiende sobre todas las cosas los derechos humanos –y qué duda cabe en que las fragatas que primero suspendieron su fabricación y luego aprobaron no son para contaminar el cielo-, yo me pregunto, por qué llamamos a eso izquierda. O, mejor dicho, qué cojones es la izquierda.
![[Img #40265]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/11_2018/6488_roberto.jpg?29)
Ahora que Fernando Savater es un peligroso extremista por ir a Alsasua a defender una ciudadanía de personas libres e iguales que deben decidir de modo común cómo convivir recuerdo cuando Félix de Azua se preguntaba si “puede ser de izquierdas alguien que da mayor importancia a las identidades simbólicas que a los ciudadanos”.
Yo, de manera mucho menos clara y más enfangada, también me lo pregunto. Si esas dos personas que acabo de citar son menos izquierda que el portavoz del PSOE en el senado, el tal Ander Gil, cabe preguntarse si no estaremos llamando izquierda a algo que para nada es izquierda. La actuación del portavoz socialista fue denigrante. Sus palabras más duras no fueron para el carnicero de Mondragón –que no sé si se habrá reinsertado, sus diecisiete asesinados seguro que no- sino para ‘las derechas’. Un desnudo de estas características en cualquier partido político que respetase a sus votantes hubiera supuesto su cese en el siguiente tuit. Pero sería esperar demasiado de este PSOE, envuelto en el período de lo inmediato y de lo fútil, de los fuegos artificiales y de las gilipolleces oportunistas.
No quiero con esto decir que el acto organizado por Ciudadanos no fuera ventajista, electoralista y cualesquiera adjetivos que deseen. Pero era una acción necesaria. Contra el fuego agua, no keroseno. Sí, cierto. Pero es que defender la constitución en cualquier rincón de España es agua. La gente decente de izquierdas no puede mirar con adoración bobina a los nacionalistas, no pueden no distinguir en ellos su insolidaridad, su carlismo más rancio que supone, en realidad, un obstáculo para el progreso.
No se me ocurre un acto más progresista que el de Alsasua: defender la libertad y la igualdad en un territorio oprimido. Antes eso era la izquierda, o lo que se identificaba con ella: preocuparse por las injusticias de personas concretas. La igualdad como bandera, la de oportunidades, no la de la plurinacionalidad. Importante el mérito, por supuesto, pero con las mismas oportunidades, ya sean gitanos o payos, hombres o mujeres, blancos o negros. La izquierda que apoyaba a los trabajadores, a los que hacían cuentas para llegar a final de mes de manera justa pero tranquila. Que velaba por los derechos sociales respetando las libertades individuales, creyendo en el Estado –laico- como un ente capaz de redistribuir la riqueza. Y ahora, ¿qué tenemos? Pues unos dirigentes pijos con exceso de ideología, bon vivants preocupados por el toro de Tordesillas, la manera de matar a los cerdos, ecologistas, veganos, anticatólicos y que nada tienen que ver con esa izquierda ilustrada que propugnaba la razón, la universalidad y la justicia social.
Si sus preocupaciones están en entregar competencias a las distintas comunidades autónomas dónde queda la redistribución que debería ser el eje sobre el que pivota el pensamiento progresista. Si identificamos a la izquierda con el desdoblamiento de género más que con la defensa de los derechos de los ciudadanos, si la identificamos más con un odio a los católicos en pos de otras religiones que con la laicidad, si no defiende sobre todas las cosas los derechos humanos –y qué duda cabe en que las fragatas que primero suspendieron su fabricación y luego aprobaron no son para contaminar el cielo-, yo me pregunto, por qué llamamos a eso izquierda. O, mejor dicho, qué cojones es la izquierda.






