Roberto Prada Gallego
Sábado, 17 de Noviembre de 2018

Imprevistos

 

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Dudaba entre ducharme y merendar una manzana; así que cuando el agua bajaba caliente, despojado de la ropa me metí con la fruta de la mano. Era esa una situación novedosa, no porque nadie lo hubiera hecho antes, sino porque era mi primera vez. Y cuando me encontraba mordisqueándola recordé lo que me había pasado años atrás. Seguro que existen sesudos estudios que explican la relación con el agua y la melancolía, así como la del porno y la masturbación. Yo había quedado con una chica al salir de clase para tomar café. Pagué yo, no por ser hombre sino por educación. Me da asco esa gente que amaga con pagar, pero menos del tiempo necesario para que pueda el camarero coger su billete. Me costó quedar con ella porque al principio se mostró muy dispuesta. Tan dispuesta que al final quiso cancelarlo. O algo mejor aún, mucho más cobarde y que yo mismo he hecho tantas veces: buscar que el que quiera cancelar la cita sea la otra persona. Así tu conciencia queda a salvo y en tu pequeñez te regocijas de lo listo que eres. Cuando notas que te están vacilando puedes callar y vacilar tú o saltar impulsivamente. Yo, que creo de modo convencido y firme en el raciocinio, la monté el pollo. Bueno, tampoco eso, dije que no quedábamos y ya. Después de ignorar sus mensajes de WhatsApp preguntando si me había enfadado llamó al móvil. La contesté por mensaje diciendo que qué pretendía. Nada, mejor déjalo, me contestó. A esas alturas yo estaba tranquilo, la chica debía de tener un coeficiente intelectual muy bajo y no era plan de andar con enfados. Lo dejé y me puso que quedáramos mañana. Duérmete y mañana lo piensas y ya quedaremos, argumenté yo. Por favor, requirió. Y quedamos. No era fea, pero era coja. Imaginen mi cara cuando iniciamos el camino al bar y vi que se me quedaba atrás. Luego llegaron el café y los besos. Y ya no me parecía tan coja. Mis amigos estaban convencidos de que sí a pesar de no haberla visto nunca y se cachondeaban diciendo que a ver por qué quedaba con chicas estando borracho. Para salir de dudas, pues ya me estaba volviendo loco, se me ocurrió proponer que viniera a tomar una cerveza con nosotros a un bar. Pedimos y nos giramos de modo que dábamos la espalda a la camarera y a la barra esperando que la chica llegase y pudiéramos confirmar el dislate. Dos de los amigos salieron a fumar y esto les daba una ligera ventaja.

 

Acordamos que según la chica entrase por la puerta ellos levantaran el pulgar o no hicieran nada. Uno todavía aguardaba la esperanza de que empinaran el dedo que indicara que todo correcto, pero la esperanza no tardó en esfumarse cuando a los dos segundos aquella muchacha recorrió la terraza renqueante y arrastrando su pierna delgada y firme. Era demasiado y me apresuré al baño. Cuando mi cobardía me dejó salir de allí ya habían hecho las presentaciones y tenían a M. sentada con una pierna en alto. Cómo no nos habías dicho que tenía una pata de palo, me dijo en voz baja un amigo. Posé la cerveza en el mostrador y salí de allí corriendo como no había corrido nunca antes. Cuando exhausto paré ya cerca de casa y miré el móvil tenía un mensaje de ella. Tengo un esguince, imbécil. 

 

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