Mercedes Unzeta Gullón
Sábado, 17 de Noviembre de 2018

Y llegó san Martín

 

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Por estas fechas comienza a oírse agudos y desesperados chillidos en clave de pánico ante una muerte inminente. Son los pobres cerdos que se atormentan ante la visión del cuchillo y el presentimiento de que les ha llegado su hora. Esos irritados alaridos reclaman exasperadamente su derecho a la vida.

 

San Martín ha llegado, exactamente el 11 de noviembre, muy a pesar de todo el colectivo porcino. Para ellos está marcado, San Martín es final de trayecto.

 

El ciclo de estos infelices animales va determinado por simple cuestión de intereses económicos. Estas fechas de frío son buenas para el mejor aprovechamiento de todas y cada una de las partes de este desdichado animal cuyo nombre acarrea todas las cargas negativas que puede adjudicarse a un ser humano a pesar de ser un animal tremendamente generoso con la humanidad. Orejas, morro, carrillos, patas, manos, pelo, piel… por no hablar de sus carnes y los órganos interiores, hasta las tripas son utilizadas para embutir los chorizos. Todas las partes de su rechoncho cuerpo son aprovechables y apreciables. El cerdo es un animal que da todo lo que tiene sin desperdicio. Y, sin embargo, su nombre, en sus distintas variantes, tiene una connotación tremendamente negativa. Cerdo, cochino, puerco, chancho…, nombres que se emplean para lanzarlos como el insulto más despectivo, más ordinario y más frecuente entre los humanoides que comen con deleite su carne cerdoide.  Una gran contradicción.

 

A los cerdos les pasa como a los grandes artistas, que son valorados después de muertos. Que su cotización le viene dada tras su muerte. Cuando están vivos son humillados, insultados, despreciados…, ah, pero sin embargo, una vez descuartizados son cotizados al alza, alabados, apreciados, requeridos y saboreados. Injusticias de esta vida.

 

Bueno, pues este año por estas fechas ha salido un nuevo Santo Justiciero: San Martin de Villarejo y, emulando al otro San Martín, ha empezado a descabezar a su piara (con perdón) particular compuesta por seres parlantes con cabeza intrigante y ambición insaciable, es decir, hablamos de políticos, empresarios y gente VIP, a los que el gran comisario Villarejo ha ido sustentando y manteniendo  en su chiquero exclusivo hasta que ha decidido que ya era hora de que les llegara a todos su San Martín, como a los infelices cerdos (los de los chorizos, bueno, eso no aclara mucho; los que se revuelcan en el fango, bueno, tampoco aclara; en fin me refiero en este caso a los cerdos de cuatro patas que finalmente nos comemos en un plato).

 

San Martín de Villarejo es un santo mucho más refinado que el otro santo. No utiliza el cuchillo ni tiene que lidiar con borbotones de sangre. No se mancha las manos. Su arma: una simple grabadora. Su estrategia: conseguir la autoinmolación. Su interés: desde luego, como con el otro santo, también económico. S.M.Villarejo es un hombre muy completo, además de ser un conductor de ganado y director de matadero, hace gala de manejar, como experto en arte de pesca, la gran verdad filosófica de que: por su boca muere el pez. Y parece que ha utilizado un buen saco de cebos y ha conseguido un buen y variado pescado.

 

Así, y con estas premisas, S.M.Villarejo está “llevando a su fin” a los que fueron grandes y hablaron confiados. La pseudo princesa Corina, el honorable -con derecho constitucional a  ser irresponsable- Rey emérito, la sobresaliente Cospedal  y su querido y opaco marido, el ínclito y sempiterno Felipe González…, poco a poco van apareciendo, enganchados al anzuelo de sus palabras, aquellos que fueron y que son, que contaron y que cuentan, que se sentían seguros y ya no lo están. Hoy más que nunca esa famosa frase muy ajustada al mundo porcino, desde luego, pero aplicable a  muchos y diferentes ámbitos, de que: “A cada cerdo le llega su San Martín” empieza a hacer temblar a otro tipo de seres no tan rurales como los cerdos de las cochiqueras.

 

Entre estas dos categorías de seres se da una importante diferencia en su trayectoria. A los cerdos de cuatro patas se les menosprecia vivos  pero muertos se les festeja con fervor. Sin embargo, a los ya erguidos sobre sus dos piernas,  los VIP, diríamos, se les adula y agasaja cuando están en lo más vivo de la cresta de su ola, pero cuando se les despoja de sus vestiduras son repudiados en su desnudez. Los unos mueren sin merecerlo y los otros han jugado todas las papeletas para que les llegue su San Martín.

 

No parece que se vayan a salvar muchos erguidos de las palabras apresadas en la grabadora del gran comisario San Martin de Villarejo.

 

Cosas veredes, amigo Sancho, que farán fablar las piedras (¿fue el Quijote a Sancho Panza? ¿fue Alfonso VI al Cid Campeador?, en este momento da igual quien dijera esta frase gloriosa que encaja tan bien en lo que está sucediendo por San Martin).

 

O témpora, o mores

 

 

 

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