Ignacio Amestoy o el intelectual ejemplar
![[Img #40368]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/11_2018/2465_amestoy-jose-ignacio-150.jpg?45)
IGNACIO Amestoy, nombre que lo ha sido y es todo en el teatro español, acaba de presentar su tesis doctoral. ¡Quién lo diría! Cuando se encuentra ya en plena senectud, aunque vitalista y creadora, y el título no le sirve para nada, se ha doctorado con todos los honores. Y lo ha hecho en una universidad pública, con luz y taquígrafos, sin trampas, plagios ni papeles amañados; en un momento en que, por culpa de políticos fulleros y arribistas, el papel de la institución universitaria ha sido puesto en cuestión. De ahí la importancia extraordinaria, la admirable ejemplaridad de su gesto. He aquí a un dramaturgo ejemplar, que lleva años predicando la honradez intelectual desde los medios, cultivando un periodismo cultural de solidez hoy insólita. Añádase a ello su labor docente en la Real Escuela Superior de Arte Dramático, enseñando a actores, directores y autores hoy en la primera línea teatral; amén de su labor en los programas dramáticos de TVE, y en la gestión de festivales y teatros municipales cuando el Viejo Profesor era alcalde de Madrid (también en esto cualquiera tiempo pasado fue mejor).
Discípulo y colaborador de William Layton y de Miguel Narros, cuyos montajes en su época mejor eran auténticos poemas escénicos, ha dejado para la historia del teatro un puñado de piezas muy notables: Ederra, Dionisio, o una pasión española, Doña Elvira, imagínate Euskadi, Cierra bien la puerta… Entre sus últimas obras descuella La última cena, una lúcida reflexión sobre el problema del terrorismo en el País Vasco; tragedia del odio y la violencia protagonizada por un padre, escritor constitucionalista, y su hijo, etarra con un cáncer terminal… Una hermosa y honda tragedia, pues Amestoy es uno de los grandes valedores de la considerada forma dramática más sublime, siguiendo el ejemplo de su maestro Antonio Buero Vallejo. Por cierto, Buero, otro de los grandes espejos en cuya ejemplaridad podría mirarse tanto sectario vocero de la (des)memoria histórica como hoy abunda: doble víctima de la guerra incivil (su padre militar asesinado por los republicanos, mientras él era condenado a muerte por los franquistas), concibió su obra trágica en clave de catarsis para la malherida España de posguerra, y lejos del tan frecuente intelectual aguafiestas, enseñó mediante la anagnórisis el camino de la reconciliación a los hermanos enfrentados, la esperanza, en suma.
Y de la tragedia, de su origen a su lugar en la dramaturgia contemporánea, va la tesis doctoral de Ignacio Amestoy, defendida en un sencillo y entrañable acto académico, ante un reducido pero selecto público, en el que estaba quien fuera ministro de Cultura, César Antonio Molina, que ejemplarmente viene denunciando las imposturas políticas e intelectuales del desnortado presente que vimos. Así es que, sin ruidos, sin las alharacas propias de tanto figurón e impostor, Amestoy ha conseguido un título que no le va a servir de nada pero que, por ello mismo, cobra una significación moral e intelectual de primer orden, para honra de la universidad, del saber, del teatro… «Todo pasa: una sola cosa te será contada, y es la obra bien hecha»: sentencia impecable esta de Eugenio d’Ors que le viene como anillo al dedo al joven y ejemplar doctor por la Universidad Complutense de Madrid que es ya Ignacio Amestoy.
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IGNACIO Amestoy, nombre que lo ha sido y es todo en el teatro español, acaba de presentar su tesis doctoral. ¡Quién lo diría! Cuando se encuentra ya en plena senectud, aunque vitalista y creadora, y el título no le sirve para nada, se ha doctorado con todos los honores. Y lo ha hecho en una universidad pública, con luz y taquígrafos, sin trampas, plagios ni papeles amañados; en un momento en que, por culpa de políticos fulleros y arribistas, el papel de la institución universitaria ha sido puesto en cuestión. De ahí la importancia extraordinaria, la admirable ejemplaridad de su gesto. He aquí a un dramaturgo ejemplar, que lleva años predicando la honradez intelectual desde los medios, cultivando un periodismo cultural de solidez hoy insólita. Añádase a ello su labor docente en la Real Escuela Superior de Arte Dramático, enseñando a actores, directores y autores hoy en la primera línea teatral; amén de su labor en los programas dramáticos de TVE, y en la gestión de festivales y teatros municipales cuando el Viejo Profesor era alcalde de Madrid (también en esto cualquiera tiempo pasado fue mejor).
Discípulo y colaborador de William Layton y de Miguel Narros, cuyos montajes en su época mejor eran auténticos poemas escénicos, ha dejado para la historia del teatro un puñado de piezas muy notables: Ederra, Dionisio, o una pasión española, Doña Elvira, imagínate Euskadi, Cierra bien la puerta… Entre sus últimas obras descuella La última cena, una lúcida reflexión sobre el problema del terrorismo en el País Vasco; tragedia del odio y la violencia protagonizada por un padre, escritor constitucionalista, y su hijo, etarra con un cáncer terminal… Una hermosa y honda tragedia, pues Amestoy es uno de los grandes valedores de la considerada forma dramática más sublime, siguiendo el ejemplo de su maestro Antonio Buero Vallejo. Por cierto, Buero, otro de los grandes espejos en cuya ejemplaridad podría mirarse tanto sectario vocero de la (des)memoria histórica como hoy abunda: doble víctima de la guerra incivil (su padre militar asesinado por los republicanos, mientras él era condenado a muerte por los franquistas), concibió su obra trágica en clave de catarsis para la malherida España de posguerra, y lejos del tan frecuente intelectual aguafiestas, enseñó mediante la anagnórisis el camino de la reconciliación a los hermanos enfrentados, la esperanza, en suma.
Y de la tragedia, de su origen a su lugar en la dramaturgia contemporánea, va la tesis doctoral de Ignacio Amestoy, defendida en un sencillo y entrañable acto académico, ante un reducido pero selecto público, en el que estaba quien fuera ministro de Cultura, César Antonio Molina, que ejemplarmente viene denunciando las imposturas políticas e intelectuales del desnortado presente que vimos. Así es que, sin ruidos, sin las alharacas propias de tanto figurón e impostor, Amestoy ha conseguido un título que no le va a servir de nada pero que, por ello mismo, cobra una significación moral e intelectual de primer orden, para honra de la universidad, del saber, del teatro… «Todo pasa: una sola cosa te será contada, y es la obra bien hecha»: sentencia impecable esta de Eugenio d’Ors que le viene como anillo al dedo al joven y ejemplar doctor por la Universidad Complutense de Madrid que es ya Ignacio Amestoy.






