De la Guerra Civil y sus reflejos artísticos
![[Img #40492]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/11_2018/1542_9788488020451.jpg?19)
Se interesa Max Alonso por mi idea (expresada hace días en este medio) de que la Obertura dramática, de Evaristo F. Blanco, supone a la música lo que el Guernica, de Picasso, a la pintura respecto de la Guerra Civil y su reflejo en el arte. Al propósito recuerdo el interés que, en cierta ocasión, me manifestó una estudiante norteamericana por saber qué novelas representaban mejor, en mi opinión, la tragedia del 36. La verdad es que no supe qué decirle entonces (sí le dije se olvidara de la romanticona Por quién doblan las campanas, de su compatriota Hemingway), y creo que le improvisé una lista a base del Réquiem por un campesino español, de Sender, La forja de un rebelde, de Barea, los Campos de Aub, Madrid, de corte a checa, de Foxá, La fiel infantería, de García Serrano, y San Camilo 1936, de Cela; tres por cada trinchera, para no parecer partidista. Luego lo pensé mejor y la verdad es que ninguna de ellas me convencía lo bastante. Ninguna supera, por ejemplo, a La velada en Benicarló, de Azaña, la más profunda reflexión que se ha hecho sobre los motivos que llevaron al conflicto. Pero esta no es novela, sino una suerte de diálogo dramático que ha sido llevado con éxito a la escena por José Luis Gómez. Pudiera completarse con Guerra y vicisitudes de los españoles, del olvidado pero ejemplar Julián Zugazagoitia, unas memorias admirables por su ecuanimidad que nada tienen que ver con los planteamientos embusteros y autojustificativos propios del género.
En poesía tampoco la elección es fácil. Hay mucho poema panfletario de uno y otro signo, ya se sabe, las plumas rendidas a las pistolas, de Antonio Machado a su hermano Manuel, de Alberti a Ridruejo: nada digno de recordación. Se dice que, durante el breve periodo de tiempo en que García Lorca estuvo escondido en casa de Luis Rosales, ambos concibieron el proyecto de un gran poema sobre los muertos de la guerra. Sin duda, esa colaboración entre un poeta republicano y otro falangista hubiera sido fascinante, pero no pudo ser por el fanatismo cainita de los de siempre. Así es que, a falta de ese poema imposible, me quedo con España, aparta de mí ese cáliz, de César Vallejo, un genial y estremecedor poemario escrito sin banderías ni acritudes, tan solo desde el dolor y el sentimiento trágico, a años luz del que pergeñó el siempre airado y sectario Neruda.
En cuanto al teatro, la elección es para mí clara: El tragaluz, de Antonio Buero Vallejo, nuestro Dostoyevski de posguerra. Condenado a muerte, jamás abjuró de sus principios, pero lo hizo siempre desde la catarsis trágica, sabiendo que el desenlace impone la solución de Antígona y no la de Creón: el derecho sagrado que tienen los muertos a ser enterrados con dignidad. Y si de cine hablamos, una película desmitificadora de dogmas e ideologías es muy de agradecer respecto de esas hagiografías bonitas y bondadosas de lápices y mariposas, con la ingenua tesis de qué buenos eran los hunos y qué malos los hotros. Me estoy refiriendo, claro, a La vaquilla, de Luis G. Berlanga.
Pienso qué interesante ciclo de conferencias ?le doy la idea a mi colega de columna Max? podría programarse con especialistas que hablasen de estas grandes creaciones artísticas de nuestra guerra, debidas a personalidades que la vivieron de cerca o de muy cerca y que sufrieron sus consecuencias, a diferencia de tanto sabihondo escribidor actual que solo escribe de oídas y desde los prejuicios maniqueos de la Corrección política: Picasso, Vallejo, Fernández Blanco, Azaña, Zugazagoitia, Buero, Berlanga…
De los siete nominados solamente Berlanga estaba próximo al bando franquista, como lo demostró con su alistamiento posterior en la División Azul. Los otros seis eran intelectuales de la izquierda, a los que no faltó, sin embargo, la grandeza moral para reconocer errores y tender puentes con el adversario; esa grandeza de que carecen hoy algunos de sus nietos, empeñados en el imposible histórico de ganar guerras que se perdieron.
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Se interesa Max Alonso por mi idea (expresada hace días en este medio) de que la Obertura dramática, de Evaristo F. Blanco, supone a la música lo que el Guernica, de Picasso, a la pintura respecto de la Guerra Civil y su reflejo en el arte. Al propósito recuerdo el interés que, en cierta ocasión, me manifestó una estudiante norteamericana por saber qué novelas representaban mejor, en mi opinión, la tragedia del 36. La verdad es que no supe qué decirle entonces (sí le dije se olvidara de la romanticona Por quién doblan las campanas, de su compatriota Hemingway), y creo que le improvisé una lista a base del Réquiem por un campesino español, de Sender, La forja de un rebelde, de Barea, los Campos de Aub, Madrid, de corte a checa, de Foxá, La fiel infantería, de García Serrano, y San Camilo 1936, de Cela; tres por cada trinchera, para no parecer partidista. Luego lo pensé mejor y la verdad es que ninguna de ellas me convencía lo bastante. Ninguna supera, por ejemplo, a La velada en Benicarló, de Azaña, la más profunda reflexión que se ha hecho sobre los motivos que llevaron al conflicto. Pero esta no es novela, sino una suerte de diálogo dramático que ha sido llevado con éxito a la escena por José Luis Gómez. Pudiera completarse con Guerra y vicisitudes de los españoles, del olvidado pero ejemplar Julián Zugazagoitia, unas memorias admirables por su ecuanimidad que nada tienen que ver con los planteamientos embusteros y autojustificativos propios del género.
En poesía tampoco la elección es fácil. Hay mucho poema panfletario de uno y otro signo, ya se sabe, las plumas rendidas a las pistolas, de Antonio Machado a su hermano Manuel, de Alberti a Ridruejo: nada digno de recordación. Se dice que, durante el breve periodo de tiempo en que García Lorca estuvo escondido en casa de Luis Rosales, ambos concibieron el proyecto de un gran poema sobre los muertos de la guerra. Sin duda, esa colaboración entre un poeta republicano y otro falangista hubiera sido fascinante, pero no pudo ser por el fanatismo cainita de los de siempre. Así es que, a falta de ese poema imposible, me quedo con España, aparta de mí ese cáliz, de César Vallejo, un genial y estremecedor poemario escrito sin banderías ni acritudes, tan solo desde el dolor y el sentimiento trágico, a años luz del que pergeñó el siempre airado y sectario Neruda.
En cuanto al teatro, la elección es para mí clara: El tragaluz, de Antonio Buero Vallejo, nuestro Dostoyevski de posguerra. Condenado a muerte, jamás abjuró de sus principios, pero lo hizo siempre desde la catarsis trágica, sabiendo que el desenlace impone la solución de Antígona y no la de Creón: el derecho sagrado que tienen los muertos a ser enterrados con dignidad. Y si de cine hablamos, una película desmitificadora de dogmas e ideologías es muy de agradecer respecto de esas hagiografías bonitas y bondadosas de lápices y mariposas, con la ingenua tesis de qué buenos eran los hunos y qué malos los hotros. Me estoy refiriendo, claro, a La vaquilla, de Luis G. Berlanga.
Pienso qué interesante ciclo de conferencias ?le doy la idea a mi colega de columna Max? podría programarse con especialistas que hablasen de estas grandes creaciones artísticas de nuestra guerra, debidas a personalidades que la vivieron de cerca o de muy cerca y que sufrieron sus consecuencias, a diferencia de tanto sabihondo escribidor actual que solo escribe de oídas y desde los prejuicios maniqueos de la Corrección política: Picasso, Vallejo, Fernández Blanco, Azaña, Zugazagoitia, Buero, Berlanga…
De los siete nominados solamente Berlanga estaba próximo al bando franquista, como lo demostró con su alistamiento posterior en la División Azul. Los otros seis eran intelectuales de la izquierda, a los que no faltó, sin embargo, la grandeza moral para reconocer errores y tender puentes con el adversario; esa grandeza de que carecen hoy algunos de sus nietos, empeñados en el imposible histórico de ganar guerras que se perdieron.






