Las etiquetas problemáticas
![[Img #40496]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/11_2018/1535_381.jpg?35)
Vivimos en tiempos… el lector puede completar la frase. Y, a la vez, somos todos cazadores furtivos de la felicidad. Por desgracia, la felicidad para la mayoría es cuestión de lujo, de tiempo libre. Cuarenta horas a la semana en una fábrica de trabajo en cadena, por ejemplo ser operario de una máquina que pega etiquetas de papel a tarros de cristal llenos de anchoas, es tan duro en cuanto al aburrimiento existencial que cuando sales del tajo apenas tendrás ganas o energía para formarte una opinión sobre… (el lector puede completar esta frase también).
No tienes que amar a la clase trabajadora para ser de izquierdas, me dijo una vez una estudiante brillante que ya es catedrática de poesía moribunda del siglo trece en la Universidad de Poca Monta en Montana, EEUU. Sí, es fácil ser cruel con el adversario, pero vamos a examinar la premisa.
Claro, primero tendría que rechazar el verbo amar. (Otra cosa es la solidaridad). Y, a continuación, definir clase trabajadora. El problema - esto es de niños, obviamente- es que si alguien te trasplanta el corazón en una intervención quirúrgica de siete horas, ¿no ha trabajado? Evidentemente, ella habría querido decir con tal expresión: los que se mueren cerebralmente de manera escalonada por realizar tareas (al principio, el currante podrá consolarse con la acumulación de enseres diseñados para hacer su vida más interesante, rica y variada - ya veréis el Black Friday, la fiesta en honor a San Consumoporconsumir) que exponencialmente garantizan dejar al trabajador con una sola ilusión: el pisito de jubilación en Benidorm. Y, últimamente, la obligación moral (por amor) de ayudar con su pensión a sus hijos o nietos (mermada, gracias a los notables como Rato y otros de su corte e índole al frente de la banca y las bolsas informatizadas como casinos) que estén en el paro, o bien por la falta de ladrillos o bien por la falta de estudios pertinentes a las nuevas salidas profesionales, o gracias a los curros de moda neoliberales, como los taxis ilegales, o los servicios de reparto con condiciones laborales al nivel de Bangladesh o cualquier otro país de nuestro entorno… Bueno, el cambio climático nos incumbe a todos, ¿no?
Pero aquí falta contexto. ¿Cómo surgió la frase de mi ex compañera de facultad? Me acuerdo de que sí se produjo antes de la caída del muro de Berlín. Y ser de izquierdas entonces, como ahora, es una expresión que requiere un uso muy cuidado y matizado. Y, luego, independientemente de mis convicciones éticas, o por herencia genética (soy un culo inquieto) o por miedo hacia la semántica escurridiza de las etiquetas, a mí las clasificaciones siempre me han provocado rechazo desde la infancia –casi- gracias a mi crianza en una cultura compleja y violenta donde un militante del IRA/Sinn Fein podría ser, a la vez, un leal hincha del Manchester United. Cosas que todavía no comprendo si me atengo a los ideales de la coherencia. Y ahí está el quid: los seres humanos no lo somos, no somos coherentes, queridos hermanos míos católicos tipo BBC (etc). Nos manifestamos con un tanga en las manos a favor de los derechos de la mujer y luego editamos Interviú (sirva el anacronismo).
Pero si dejo la coherencia (y su, ejem, obtención por rigor, Presidente Mao) en posición parada, si retiro las acusaciones de ¡hipócrita!, si miro a mi alrededor, notaré que la mayoría de la gente es muy buena en cuanto a su actividad, sino en su pensamiento. Y aquí me pongo sentimental: el otro día saqué un pañuelo de algodón del bolsillo del pantalón (soy un aristócrata del reciclaje) con tanta rapidez que la tela, ya mugrienta por necesidades previas y debido a algún pacto misterioso entre la gravedad y el pegamento de moco semi-caduco, soltó unas cuantas monedas que rodaron en seguida hacia los rincones menos iluminados del suelo. Esto pasó en un bar. Tres clientes -todos desconocidos- se levantaron para ayudarme sin preguntarme si era de izquierdas o de derechas, o si se podría ser buen samaritano si se ha nacido en Osaka, y sin siquiera preocuparse por el estado higiénico de las monedas rebeldes.
Ya que me he expuesto con mi ternura hacia la humanidad, el lector curioso y exigente querrá saber por qué me espetó aquella frase hace tanto tiempo, así que iré completando la historia del contexto. Porque el contexto es todo -entender el término nacionalismo referente a las luchas políticas del siglo XlX no tiene mucho que ver con la misión del PDeCat de este siglo. En realidad, no me la dirigió únicamente a mí. La frasecita salió a raíz de una discusión entre este santo pavo que escribe y un amigo mutuo. Él me había acusado de tener gustos musicales burgueses. Yo le había contestado con una amenaza, la de obligarle a leer las obras de Solzhenitsin en las mismas condiciones que donde fueron engendradas. Él me llamó liberal burkeano, un insulto que fracasó porque a) yo no había leído las obras de Edmund Burke con la excepción de Reflexiones sobre la revolución en Francia, que me pareció un tomo más satisfactorio y estimulante que muchos libros dogmáticos firmados por revolucionarios; y b) porque el calificativo compuesto sonaba a bicho raro, cosa infinitamente menos contaminante que ser clasificado de facha, que habría sido el insulto fácil. Ella, cansada de los dos, sentenció con la lapidaria intervención. Ahora entiendo su frase. No tienes que ir al fútbol para ser un trabajador proletario auténtico, ni tampoco tienes que ser de derechas para disfrutar de Bach.
Será que soy un progre caracol que teme a la guillotina. Y sobre todo, poder cambiar de opinión me hace demócrata, supongo, porque, si somos honestos, la democracia es el sistema más chaquetero que hay - la alternancia es su mayor coherencia en un mundo incoherente.
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Vivimos en tiempos… el lector puede completar la frase. Y, a la vez, somos todos cazadores furtivos de la felicidad. Por desgracia, la felicidad para la mayoría es cuestión de lujo, de tiempo libre. Cuarenta horas a la semana en una fábrica de trabajo en cadena, por ejemplo ser operario de una máquina que pega etiquetas de papel a tarros de cristal llenos de anchoas, es tan duro en cuanto al aburrimiento existencial que cuando sales del tajo apenas tendrás ganas o energía para formarte una opinión sobre… (el lector puede completar esta frase también).
No tienes que amar a la clase trabajadora para ser de izquierdas, me dijo una vez una estudiante brillante que ya es catedrática de poesía moribunda del siglo trece en la Universidad de Poca Monta en Montana, EEUU. Sí, es fácil ser cruel con el adversario, pero vamos a examinar la premisa.
Claro, primero tendría que rechazar el verbo amar. (Otra cosa es la solidaridad). Y, a continuación, definir clase trabajadora. El problema - esto es de niños, obviamente- es que si alguien te trasplanta el corazón en una intervención quirúrgica de siete horas, ¿no ha trabajado? Evidentemente, ella habría querido decir con tal expresión: los que se mueren cerebralmente de manera escalonada por realizar tareas (al principio, el currante podrá consolarse con la acumulación de enseres diseñados para hacer su vida más interesante, rica y variada - ya veréis el Black Friday, la fiesta en honor a San Consumoporconsumir) que exponencialmente garantizan dejar al trabajador con una sola ilusión: el pisito de jubilación en Benidorm. Y, últimamente, la obligación moral (por amor) de ayudar con su pensión a sus hijos o nietos (mermada, gracias a los notables como Rato y otros de su corte e índole al frente de la banca y las bolsas informatizadas como casinos) que estén en el paro, o bien por la falta de ladrillos o bien por la falta de estudios pertinentes a las nuevas salidas profesionales, o gracias a los curros de moda neoliberales, como los taxis ilegales, o los servicios de reparto con condiciones laborales al nivel de Bangladesh o cualquier otro país de nuestro entorno… Bueno, el cambio climático nos incumbe a todos, ¿no?
Pero aquí falta contexto. ¿Cómo surgió la frase de mi ex compañera de facultad? Me acuerdo de que sí se produjo antes de la caída del muro de Berlín. Y ser de izquierdas entonces, como ahora, es una expresión que requiere un uso muy cuidado y matizado. Y, luego, independientemente de mis convicciones éticas, o por herencia genética (soy un culo inquieto) o por miedo hacia la semántica escurridiza de las etiquetas, a mí las clasificaciones siempre me han provocado rechazo desde la infancia –casi- gracias a mi crianza en una cultura compleja y violenta donde un militante del IRA/Sinn Fein podría ser, a la vez, un leal hincha del Manchester United. Cosas que todavía no comprendo si me atengo a los ideales de la coherencia. Y ahí está el quid: los seres humanos no lo somos, no somos coherentes, queridos hermanos míos católicos tipo BBC (etc). Nos manifestamos con un tanga en las manos a favor de los derechos de la mujer y luego editamos Interviú (sirva el anacronismo).
Pero si dejo la coherencia (y su, ejem, obtención por rigor, Presidente Mao) en posición parada, si retiro las acusaciones de ¡hipócrita!, si miro a mi alrededor, notaré que la mayoría de la gente es muy buena en cuanto a su actividad, sino en su pensamiento. Y aquí me pongo sentimental: el otro día saqué un pañuelo de algodón del bolsillo del pantalón (soy un aristócrata del reciclaje) con tanta rapidez que la tela, ya mugrienta por necesidades previas y debido a algún pacto misterioso entre la gravedad y el pegamento de moco semi-caduco, soltó unas cuantas monedas que rodaron en seguida hacia los rincones menos iluminados del suelo. Esto pasó en un bar. Tres clientes -todos desconocidos- se levantaron para ayudarme sin preguntarme si era de izquierdas o de derechas, o si se podría ser buen samaritano si se ha nacido en Osaka, y sin siquiera preocuparse por el estado higiénico de las monedas rebeldes.
Ya que me he expuesto con mi ternura hacia la humanidad, el lector curioso y exigente querrá saber por qué me espetó aquella frase hace tanto tiempo, así que iré completando la historia del contexto. Porque el contexto es todo -entender el término nacionalismo referente a las luchas políticas del siglo XlX no tiene mucho que ver con la misión del PDeCat de este siglo. En realidad, no me la dirigió únicamente a mí. La frasecita salió a raíz de una discusión entre este santo pavo que escribe y un amigo mutuo. Él me había acusado de tener gustos musicales burgueses. Yo le había contestado con una amenaza, la de obligarle a leer las obras de Solzhenitsin en las mismas condiciones que donde fueron engendradas. Él me llamó liberal burkeano, un insulto que fracasó porque a) yo no había leído las obras de Edmund Burke con la excepción de Reflexiones sobre la revolución en Francia, que me pareció un tomo más satisfactorio y estimulante que muchos libros dogmáticos firmados por revolucionarios; y b) porque el calificativo compuesto sonaba a bicho raro, cosa infinitamente menos contaminante que ser clasificado de facha, que habría sido el insulto fácil. Ella, cansada de los dos, sentenció con la lapidaria intervención. Ahora entiendo su frase. No tienes que ir al fútbol para ser un trabajador proletario auténtico, ni tampoco tienes que ser de derechas para disfrutar de Bach.
Será que soy un progre caracol que teme a la guillotina. Y sobre todo, poder cambiar de opinión me hace demócrata, supongo, porque, si somos honestos, la democracia es el sistema más chaquetero que hay - la alternancia es su mayor coherencia en un mundo incoherente.






