Spinning
![[Img #40597]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/12_2018/5969_13403161_10207811584424985_7077192472986233517_o.jpg?34)
Estaba yo tumbado en el sofá cuando me llegó el WhatsApp de una amiga, corto, directo, sin anestesia:
- ¿Vamos a spinning?
- ¿A follar?
- A spinning.
Es esta la sintaxis que yo manejo por las redes sociales y, ciertamente, no seré el único, de ahí los infartillos que nos dan cuando nos palpamos los bolsillos y no encontramos el móvil. Accedí a la petición de pedalear en una bicicleta que no se mueve sin ninguna condición, aunque coartado por lo sucedido días atrás, cuando una muchacha me desabrochó la camisa y me preguntó: “Y tú, qué es lo que haces en el gimnasio”, que claro, con esos comentarios fuera de lugar a ver quién es el listo que se empalma luego.
Acepté, como digo, y la verdad que los primeros días bien, el monitor era un hombre de estatura media, entre 1,35 y 1,40, bastante simpático, un poco chalado y que además era vecino, pues le veía pasear al perro, o al revés, cuando iba a clase. Sin embargo, uno de esos días raros que no sabes si ir o no, que nunca terminas yendo, en esa ocasión los astros se alinearon y allí que fuimos. Empezamos a sospechar que algo no iba bien cuando ya era casi la hora de empezar y sólo estábamos en clase cinco personas, mi amiga y yo nos miramos con extrañeza. Subió a toda hostia una mujer en mayas y pegó un salto mortal en la bici, daba la sensación de que ya había subido pedaleando por las escaleras. Repetía con ímpetu y una voz firme y aflautada, que es una cualidad que la biología ha repartido a muchos dictadores, lo siguiente:
-Un, dos, un dos, un dos. Arriba. Derecha, derecha. Un, dos, un, dos.
Así se pasó los cuarenta y cinco minutos de la clase, sin importar que dos se hubieran desmayado encima de la estática y otro se hubiera vomitado encima. El ruido de la música impidió escuchar su violentísima forma de sacarse el esófago por la boca. A mí a esas alturas una autoritaria con ínfulas de extrema derecha no iba a asustarme. Hace tiempo que estaba vacunado ante esos eslóganes de ‘arriba’, ‘derecha, derecha’ y ‘los inmigrantes nos invaden’ y demás mercancía barata, lo que más me molestaba era el asiento, que como nunca doy con la medida correcta ese día quedó lo suficientemente bajo como para que cada vez que me incorporaba se me metiera la punta por el culo. Nunca me sentí más transgresor que en esos momentos. Apoyando la homosexualidad delante de la mismísima ultraderecha.
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Estaba yo tumbado en el sofá cuando me llegó el WhatsApp de una amiga, corto, directo, sin anestesia:
- ¿Vamos a spinning?
- ¿A follar?
- A spinning.
Es esta la sintaxis que yo manejo por las redes sociales y, ciertamente, no seré el único, de ahí los infartillos que nos dan cuando nos palpamos los bolsillos y no encontramos el móvil. Accedí a la petición de pedalear en una bicicleta que no se mueve sin ninguna condición, aunque coartado por lo sucedido días atrás, cuando una muchacha me desabrochó la camisa y me preguntó: “Y tú, qué es lo que haces en el gimnasio”, que claro, con esos comentarios fuera de lugar a ver quién es el listo que se empalma luego.
Acepté, como digo, y la verdad que los primeros días bien, el monitor era un hombre de estatura media, entre 1,35 y 1,40, bastante simpático, un poco chalado y que además era vecino, pues le veía pasear al perro, o al revés, cuando iba a clase. Sin embargo, uno de esos días raros que no sabes si ir o no, que nunca terminas yendo, en esa ocasión los astros se alinearon y allí que fuimos. Empezamos a sospechar que algo no iba bien cuando ya era casi la hora de empezar y sólo estábamos en clase cinco personas, mi amiga y yo nos miramos con extrañeza. Subió a toda hostia una mujer en mayas y pegó un salto mortal en la bici, daba la sensación de que ya había subido pedaleando por las escaleras. Repetía con ímpetu y una voz firme y aflautada, que es una cualidad que la biología ha repartido a muchos dictadores, lo siguiente:
-Un, dos, un dos, un dos. Arriba. Derecha, derecha. Un, dos, un, dos.
Así se pasó los cuarenta y cinco minutos de la clase, sin importar que dos se hubieran desmayado encima de la estática y otro se hubiera vomitado encima. El ruido de la música impidió escuchar su violentísima forma de sacarse el esófago por la boca. A mí a esas alturas una autoritaria con ínfulas de extrema derecha no iba a asustarme. Hace tiempo que estaba vacunado ante esos eslóganes de ‘arriba’, ‘derecha, derecha’ y ‘los inmigrantes nos invaden’ y demás mercancía barata, lo que más me molestaba era el asiento, que como nunca doy con la medida correcta ese día quedó lo suficientemente bajo como para que cada vez que me incorporaba se me metiera la punta por el culo. Nunca me sentí más transgresor que en esos momentos. Apoyando la homosexualidad delante de la mismísima ultraderecha.






