Viernes negro...muy negro
![[Img #40598]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/12_2018/7701_img_4601.jpg?35)
Los imperios lo son por su irrefrenable instinto de expansión y conquista. En la antigüedad sometían a otros pueblos manu militari. Podían ser legiones, hordas o tercios, pero siempre llevaban el sello de la belicosidad muy por delante del de una civilización o una cultura exportable, los factores que, a posteriori, afianzaban su posición de dominio.
Con el imperio actual, el poderío militar se sugiere con continuas demostraciones de su potencial destructor y con alguna escaramuza para avisar a navegantes de lo que pueden ser capaces; no hace falta que el soldado, el acorazado o el caza invadan el suelo, mar o cielo del supuesto enemigo. Basta, simplemente, que en estos tiempos de globalización, la inmediatez de los medios de comunicación y redes sociales, transmitan a velocidad de vértigo un modo de vida para que éste colonice con un aura engañosamente pacífica.
Recuerdo, hace años, un acto festivo en una organización social fuertemente identificada con la izquierda, que celebraba la marcha de los militares estadounidenses de la base aérea de Torrejón de Ardoz (Madrid). Verdad es que había en aquellas conciencias un honrado gozo por aquella partida que tenía mucho de alivio emancipador. A nadie le gusta ver en suelo patrio un uniforme castrense ajeno al de su propia nación con cierta voluntad de permanencia. Ya sabemos por la historia como las gasta este proceder. Pero, en aquel festival pretendida y justificadamente liberador jugué, consciente, el papel de aguafiestas en un amplio corro con dirigentes de la organización. “Cierto – dije - se van los F-16, pero nos dejan la hamburguesa y la Coca-Cola, tan asentadas que ya forman parte de nuestra cotidianeidad”. Se miraron unos a otros y, con el silencio, me dieron a entender que no estaban para ese tipo de polémicas transversales.
Unas décadas después, a la hamburguesa y a la Coca Cola, han seguido, sin necesidad de desembarcar marines, ni bombardear los F-16, la asunción aborregada de sus tradiciones y costumbres que, para nada, están enraizadas en las nuestras. ¿Es o no una colonización? Posiblemente, mucho peor, porque cala como lluvia fina en las conciencias, aunque más pacífica, obvio, que las de aquellas legiones que siempre fueron adversario visible.
Este mes de noviembre es el banderazo de salida de una fiebre consumista que circula por las venas del imperio como la sangre que bombea su propio corazón. La magna demostración del aquelarre la pronunciamos aquí, por supuesto, en inglés, idioma imperial y de modernidad, bautismo contra todos los pecados originales de lenguas nativas que son la certificación de la barbarie y de lo antediluviano. Por cierto, la manipulación torticera de un habla, demostrado ha quedado, se cuela por las rendijas de nuestra cultura con los mismos o parecidos efectos de una conquista territorial.
Nos lo presentan como Black Friday, o sea, viernes negro, y a fe que es negro, muy negro. El incesante bombardeo en estos días de ofertas sin límites, de comprar por comprar, solo por el prurito de que es más barato, apartando como argumento molesto la verdadera necesidad, nos pone ante el espejo de una ciudadanía hipnotizada, con el encefalograma de las pulsiones del pensamiento y la razón totalmente planos.
Más Irritante es el papel cómplice de las televisiones y otros medios haciendo el seguimiento quintocolumnista de estas aberrantes prácticas comerciales, abriendo noticiarios con masas de consumidores en frenética búsqueda de la ganga, cuando no han aderezado su idiocia con una larga espera nocturna al raso de una cruenta helada de finales del otoño, “hazaña” que estos comunicadores nos dan a entender como heroicidad sin comillas.
No es éste un testimonio contra las ofertas. A todos nos gusta aprovecharlas, y hasta presumir de su logro ante los amigos, para identificarnos como compradores astutos. El negativo de esta fotografía de la nueva colonización resulta de cómo por esta vía se desarma y se deja inerme a una ciudadanía en su capacidad de respuesta ante las injusticias. Tiempo hubo de movilizaciones por un país mejor, por una sociedad con cerebro, y no solo con instinto, en el planteamiento de sus demandas a los poderes públicos. Perplejidad causa ver a tanto joven rehén de esa masa amorfa de consumistas, conquistado por el poder de ese nuevo agente imperial que son las multinacionales, pero sin respuesta ni redaños para rebelarse ante la precariedad de sus trabajos y salarios, ante la prohibición impuesta a su emancipación.
De aquí, a la primavera, asignada en su llegada a lo que determine El Corte Inglés, surcaremos por todo un planeta de rebajas, ofertas, además del Año Nuevo chino, que la segunda potencia no está para desperdiciar intendencias abiertas. Antes, el imperio nos ha obsequiado con las golosinas de Halloween y empieza a enseñar la patita del Día de Acción de Gracias, que veremos cuánto tarda en calar aquí y desplazar a nuestro pavo navideño. El suma y sigue: Papa Noel o Santa Claus (que anden con ojo Melchor, Gaspar y Baltasar), símbolo victimario del imperio, trastocado en su vestimenta verde por el rojo corporativo de la Coca Cola, una de sus más rancias dinastías.
![[Img #40598]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/12_2018/7701_img_4601.jpg?35)
Los imperios lo son por su irrefrenable instinto de expansión y conquista. En la antigüedad sometían a otros pueblos manu militari. Podían ser legiones, hordas o tercios, pero siempre llevaban el sello de la belicosidad muy por delante del de una civilización o una cultura exportable, los factores que, a posteriori, afianzaban su posición de dominio.
Con el imperio actual, el poderío militar se sugiere con continuas demostraciones de su potencial destructor y con alguna escaramuza para avisar a navegantes de lo que pueden ser capaces; no hace falta que el soldado, el acorazado o el caza invadan el suelo, mar o cielo del supuesto enemigo. Basta, simplemente, que en estos tiempos de globalización, la inmediatez de los medios de comunicación y redes sociales, transmitan a velocidad de vértigo un modo de vida para que éste colonice con un aura engañosamente pacífica.
Recuerdo, hace años, un acto festivo en una organización social fuertemente identificada con la izquierda, que celebraba la marcha de los militares estadounidenses de la base aérea de Torrejón de Ardoz (Madrid). Verdad es que había en aquellas conciencias un honrado gozo por aquella partida que tenía mucho de alivio emancipador. A nadie le gusta ver en suelo patrio un uniforme castrense ajeno al de su propia nación con cierta voluntad de permanencia. Ya sabemos por la historia como las gasta este proceder. Pero, en aquel festival pretendida y justificadamente liberador jugué, consciente, el papel de aguafiestas en un amplio corro con dirigentes de la organización. “Cierto – dije - se van los F-16, pero nos dejan la hamburguesa y la Coca-Cola, tan asentadas que ya forman parte de nuestra cotidianeidad”. Se miraron unos a otros y, con el silencio, me dieron a entender que no estaban para ese tipo de polémicas transversales.
Unas décadas después, a la hamburguesa y a la Coca Cola, han seguido, sin necesidad de desembarcar marines, ni bombardear los F-16, la asunción aborregada de sus tradiciones y costumbres que, para nada, están enraizadas en las nuestras. ¿Es o no una colonización? Posiblemente, mucho peor, porque cala como lluvia fina en las conciencias, aunque más pacífica, obvio, que las de aquellas legiones que siempre fueron adversario visible.
Este mes de noviembre es el banderazo de salida de una fiebre consumista que circula por las venas del imperio como la sangre que bombea su propio corazón. La magna demostración del aquelarre la pronunciamos aquí, por supuesto, en inglés, idioma imperial y de modernidad, bautismo contra todos los pecados originales de lenguas nativas que son la certificación de la barbarie y de lo antediluviano. Por cierto, la manipulación torticera de un habla, demostrado ha quedado, se cuela por las rendijas de nuestra cultura con los mismos o parecidos efectos de una conquista territorial.
Nos lo presentan como Black Friday, o sea, viernes negro, y a fe que es negro, muy negro. El incesante bombardeo en estos días de ofertas sin límites, de comprar por comprar, solo por el prurito de que es más barato, apartando como argumento molesto la verdadera necesidad, nos pone ante el espejo de una ciudadanía hipnotizada, con el encefalograma de las pulsiones del pensamiento y la razón totalmente planos.
Más Irritante es el papel cómplice de las televisiones y otros medios haciendo el seguimiento quintocolumnista de estas aberrantes prácticas comerciales, abriendo noticiarios con masas de consumidores en frenética búsqueda de la ganga, cuando no han aderezado su idiocia con una larga espera nocturna al raso de una cruenta helada de finales del otoño, “hazaña” que estos comunicadores nos dan a entender como heroicidad sin comillas.
No es éste un testimonio contra las ofertas. A todos nos gusta aprovecharlas, y hasta presumir de su logro ante los amigos, para identificarnos como compradores astutos. El negativo de esta fotografía de la nueva colonización resulta de cómo por esta vía se desarma y se deja inerme a una ciudadanía en su capacidad de respuesta ante las injusticias. Tiempo hubo de movilizaciones por un país mejor, por una sociedad con cerebro, y no solo con instinto, en el planteamiento de sus demandas a los poderes públicos. Perplejidad causa ver a tanto joven rehén de esa masa amorfa de consumistas, conquistado por el poder de ese nuevo agente imperial que son las multinacionales, pero sin respuesta ni redaños para rebelarse ante la precariedad de sus trabajos y salarios, ante la prohibición impuesta a su emancipación.
De aquí, a la primavera, asignada en su llegada a lo que determine El Corte Inglés, surcaremos por todo un planeta de rebajas, ofertas, además del Año Nuevo chino, que la segunda potencia no está para desperdiciar intendencias abiertas. Antes, el imperio nos ha obsequiado con las golosinas de Halloween y empieza a enseñar la patita del Día de Acción de Gracias, que veremos cuánto tarda en calar aquí y desplazar a nuestro pavo navideño. El suma y sigue: Papa Noel o Santa Claus (que anden con ojo Melchor, Gaspar y Baltasar), símbolo victimario del imperio, trastocado en su vestimenta verde por el rojo corporativo de la Coca Cola, una de sus más rancias dinastías.






