Sol Gómez Arteaga
Sábado, 01 de Diciembre de 2018

El cuarto de estar

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Porque todo es igual y tú lo sabes

has llegado a tu casa y has cerrado la puerta…

 

 

Entro en el salón de la casa familiar.

 

Miro a mi alrededor y contemplo las pequeñas cosas que protegen mi alma de la intemperie.

 

Aquí están esas cosas, sucediéndose una detrás de otra como si yo las hubiera convocado, pero no, en realidad siempre han estado ahí, delante de mis ojos, casi desde el principio de los tiempos: las sombras que se perfilan desde bien temprano en el suelo naranja, el sofá oscuro de piel a juego con los dos sillones, el robusto, también cuidado, potos que reposa sobre la mesa camilla, la vajilla de porcelana blanca y ribetes dorados que alternan con la cristalería labrada en el mueble frontal, la mesa de comedor donde reposan laboriosos tapetes que protegen la madera de los cotidianos adornos -marcos de fotos de los que están, de los que se han ido pero siguen estando pues siempre estarán mientras la familia permanezca, ceniceros de loza y cristal-, los títulos académicos de las paredes, los retratos de bodas, el cuadro enorme de petit point representando una cacería inglesa y, por supuesto, el olor único, reconocible entre mil olores que impregna ese espacio de exposición permanente pero también de intimidad, (¿cabe un lugar más recogido e íntimo que el salón de la casa familiar un sábado como hoy a las siete treinta de la mañana?) decorado al gusto de mi madre, construido a su imagen y semejanza.

 

Cuarto de estar-útero. Centro de la casa y del mundo -todos los caminos conducen al final al cuarto de estar- que, rodeada de los objetos inmutables así pasen uno o tres o veinte años, ofrece protección temporal y estabilidad y cobijo frente al caos exterior. Donde cada objeto (huevo de avestruz, novios de tartas de bodas, caracola traída del mar Cantábrico, tele que dejó de usarse hace años, alfiletero con alfileres de puntas de colores) representa un fragmento de vida cuajado en el tiempo, pero re-vivido y vuelto a ella cuando nos detenemos a pensarlo.    

 

Espacio donde se ubicó una provisoria cama, acompañada de una mesita también provisoria, aquella primavera febril del 75 cuando la hepatitis infantil.

 

Donde se celebraron cenas de pedida, se exhibieron ajuares pre-nupciales y aún hoy se festejan cumpleaños, navidades, fiestas patronales y locales.  

 

Donde, en claudicatorio sopor tras la comida, las persianas bajas, se duerme la siesta en verano.   

 

Donde escribo, como ahora, en el silencio de la madrugada a la luz de la lámpara de mesa, pero también de una vela que es promesa -la fe mueve montañas- de inspiración.

 

Donde se reciben visitas a veces esperadas, a veces repentinas, todas ella acogidas con conversación y agrado.

 

Donde se es y se está dentro, pero también fuera, espacio siempre receptivo, siempre abierto, hospitalario, en permanente estado de revista, ajeno a la improvisación, que es medida y termómetro no solo de cohesión familiar sino también comunitaria y social.

 

El cuarto de estar, sinécdoque de la figura materna.

 

En mi caso es mi madre una mujer recia, parca en palabras, artesana de lo doméstico, empeñada en hacer hasta de la nada, en silente armonía con sus cosas, esos objetos que cual Vladimires y Estragones que esperan, se desgranan hoy en conciliábulo familiar desde bien temprano ante mis ojos.

 

Y yo, obediente, me hago cargo, los recojo.

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