Ángel Alonso Carracedo
Sábado, 15 de Diciembre de 2018

Medio siglo

 

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Cerrojazo, a las mismas puertas, a un año. Apenas quince hojas, y el taco que se nos presumía inmenso al destaparlo, es plena grafía del raquitismo.  El que acaba, lo es de efemérides que agitaron el mundo hace medio siglo, y que, en las utopías juveniles reinantes en tiempos del Seat 600, se perfilaron como valores que no sucumbirían a la herrumbre del tiempo.

 

París - antes, ahora y siempre, París- hizo de mecha. En los hitos de la historia moderna (cincuenta años en ese idioma es prácticamente un ahora mismo), para siempre quedará un mes y un año: mayo y 1968. Y, por supuesto, ese magnífico odeón de las rebeldías llamado París. Mucha ha sido la bibliografía que ha acompañado en 2018 el medio siglo transcurrido de aquellas revueltas estudiantiles, para refrescar la memoria de unos acontecimientos que cambiaron la forma de percibir el mundo por los ciudadanos que lo ocupan. Ese resurgir literario también expresa con viveza y con la reflexión del paso del tiempo un animoso deseo de perpetuar unas pocas jornadas en las que el ser humano se sintió dirigido por su propia imaginación, encumbrada al poder por una élite universitaria, asqueada de los vicios burgueses de sus mayores, rendidos éstos a los oropeles del poder y a las bajas corazonadas del dinero y sus esnobismos.

 

Aquel 1968, consumidos los cincuenta tacos, fue una traca expansiva que propaló por el mundo su revolución de adoquines y de muros pintados con la caligrafía de las quimeras. La Imaginación al Poder; Seamos Realistas, pidamos lo imposible; No a la Revolución con corbata; Asaltar los Cielos (¿les suena?)…, condensan un movimiento transgresor y  la voluntad de apertura sin condicionantes a conjugaciones en futuro del verbo vivir.  

 

El mundo no se quedó quieto. Mayo del 68 fue un movimiento franquicia en Checoeslovaquia (hoy desgajada en la República Checa y Eslovaquia), que decoró la huida del asfixiante sovietismo con una primavera en otra urbe testimonial como Praga, y a la que la reacción ortodoxa del pensamiento totalitario contrapuso su miserable y carroñero argumento de los tanques.

 

La misma reacción, por el idéntico medio de reventar con violencia la heterodoxia, llegó a la clase estudiantil en México, en el sarcástico  paredón de una plaza llamada de las Tres Culturas. Cincuenta años después se discute la cifra oficial de fallecidos, demostración palmaria de aquel aquelarre de sangre. Los rebeldes dejaron su firma en el lema mueren las personas, nunca las ideas, y con él, la constancia de una retirada, no de una claudicación.

 

El disparo al peligro fue igualmente aquel año recurso de los corruptos con sombríos intereses que preservar. No podía ser en otro lugar. Estados Unidos, claro, tratándose de armas en manos de descerebrados. La primavera de 1968 fue negra, y más, tratándose de una víctima como Martin Luther King, líder del Movimiento por los Derechos de la gente de color, hombre que osó soñar con una convivencia pacífica entre razas, en un momento en que el mundo parecía desperezarse de muchas pesadillas de la historia. No faltó a esa cita violenta con la muerte un político de etnia y dinastía dominante, pero percibido como renovador de voluntades. Bob Kennedy, como su hermano John, recibió el impacto del proyectil en la cabeza, rotunda metáfora del asesinato de las ideas, más que del hombre.

 

¿Qué nos queda hoy, medio siglo adelante, del legado de aquel asombroso año?  Hay que colegir que nada, lamentablemente. Si acaso, pensar que es una idea latente que puede germinar cuando menos se espere. Habrá que seguir con atención a los chalecos amarillos, en una nueva cita de la ocasional rebeldía del ser humano con París. 1968 fue un año en que se recuperó esa capacidad del hombre para revolverse contra injusticias manifiestas. Joaquín Estefanía, en su libro Revoluciones (muy recomendable), analiza el devenir de este medio siglo, y la conclusión de que las luces de 1968 fueron apagadas inmediatamente por una cadena de involuciones conservadores, que degeneró en la  ofensiva desigualdad entre lo social y lo financiero al socaire de la Gran Recesión de 2008.

 

El humo de esas pajas nos intoxica con una generación perdida de jóvenes, a la que no se atisba capacidad de reacción. Casi esclavizados en las condiciones laborales y salariales, parece que buscan sanaciones de conciencia en los placebos de las nuevas tecnologías y en una civilización de la imagen diseñada para la alienación colectiva.

 

Rebuscando, sí, hay una imagen de 1968 perpetuada hasta 2018. Un atleta estadounidense con el rostro de barbilampiño adolescente, nos hizo interrumpir la sagrada cena familiar típica de aquellos hogares. Eran los Juegos Olímpicos de México. Todos le vimos saltar altura de espaldas. Creó un estilo triunfante contra todo lo establecido en su ámbito, que no es poco, y que, muy lógico, lleva su nombre: Fosbury (Richard). Fue medalla de oro. Quedó como secuela vaporosa de una ilusionante, pero efímera época de añorantes rebeldías.

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