El dolor
![[Img #41749]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/02_2019/6356_nary-ly-181.jpg)
“Aunque nunca obres mal, no por eso escaparás al dolor alguna vez”
Menandro de Atenas
De pronto, no sé cómo, me veo caminando por abrojos. Sus espinas me hieren. Brota el dolor. Al principio es pequeño, algo más que una molestia, y no le concedo importancia. Pienso que en cualquier momento se extinguirá. Pero no. A medida que pasa el tiempo, veo que no solo no se va sino que se agranda. Se agranda y se intensifica. Me penetra la piel, la carne, los mismos huesos. Lo noto correr por la sangre. Siento sus zarpazos, sus mordiscos, todo el veneno. Se ceba en mi espalda y en mi brazo izquierdo. Recorre todo este brazo hasta los dedos de la mano. De cuando en cuando se detiene en el hombro, o en el codo, o en el antebrazo, y allí se aferra, clava sus garras hasta dentro, sin piedad. Entonces, rompo a sudar, me falta el aire, lloro. A veces, se me nubla la vista, pero no llego a perder el sentido, o al menos no del todo. Es un dolor salvaje. Con todo, siempre acaba habiendo una tregua. Es una tregua corta, pero suficiente para ver una rosa entre los abrojos. Una rosa roja, fresca, con gotas de rocío en sus pétalos. Alargo la mano, la alcanzo, la sostengo por el tallo, entre mis dedos, con cuidado de no pincharme con las púas. Pero cuando voy a inhalar su aroma, me vuelve el dolor y se me desdibuja. Y el perfume no me llega. Otra vez me cuesta respirar. Aun así, no me rindo, y trato de recomponer la rosa, de que al menos no se desvanezca del todo. No quiero perderla, sería terrible, casi el final. Sin embargo, no es fácil. Cada vez la veo más difusa, sin perfiles. Llega un momento en que no es más que una mancha roja. Comprendo que la estoy perdiendo. Hasta que por fin sucede lo inevitable: una mueca me hace cerrar los ojos y dejo de verla. Solo veo abrojos. No sé qué hacer, me siento perdido, abandonado. Es desesperante. No obstante, me atrevo a abrir los ojos, y al abrirlos, sorprendido, distingo entre los abrojos un punto rojo, más pequeño que una mota de polvo; pero es suficiente. Me basta para reconstruir la rosa: su tallo, sus espinas, su corola, sus pétalos de sangre. Incluso su perfume, que ahora, a pesar del dolor, logro aspirarlo, y me reconforta, como un bálsamo. Aunque aún me retuerzo, mi espíritu se despega del suelo y retoma el vuelo. De momento, va al ras, medio rozando las cosas, pero confío en que no tardará en coger altura. Entonces, todo será distinto.
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“Aunque nunca obres mal, no por eso escaparás al dolor alguna vez”
Menandro de Atenas
De pronto, no sé cómo, me veo caminando por abrojos. Sus espinas me hieren. Brota el dolor. Al principio es pequeño, algo más que una molestia, y no le concedo importancia. Pienso que en cualquier momento se extinguirá. Pero no. A medida que pasa el tiempo, veo que no solo no se va sino que se agranda. Se agranda y se intensifica. Me penetra la piel, la carne, los mismos huesos. Lo noto correr por la sangre. Siento sus zarpazos, sus mordiscos, todo el veneno. Se ceba en mi espalda y en mi brazo izquierdo. Recorre todo este brazo hasta los dedos de la mano. De cuando en cuando se detiene en el hombro, o en el codo, o en el antebrazo, y allí se aferra, clava sus garras hasta dentro, sin piedad. Entonces, rompo a sudar, me falta el aire, lloro. A veces, se me nubla la vista, pero no llego a perder el sentido, o al menos no del todo. Es un dolor salvaje. Con todo, siempre acaba habiendo una tregua. Es una tregua corta, pero suficiente para ver una rosa entre los abrojos. Una rosa roja, fresca, con gotas de rocío en sus pétalos. Alargo la mano, la alcanzo, la sostengo por el tallo, entre mis dedos, con cuidado de no pincharme con las púas. Pero cuando voy a inhalar su aroma, me vuelve el dolor y se me desdibuja. Y el perfume no me llega. Otra vez me cuesta respirar. Aun así, no me rindo, y trato de recomponer la rosa, de que al menos no se desvanezca del todo. No quiero perderla, sería terrible, casi el final. Sin embargo, no es fácil. Cada vez la veo más difusa, sin perfiles. Llega un momento en que no es más que una mancha roja. Comprendo que la estoy perdiendo. Hasta que por fin sucede lo inevitable: una mueca me hace cerrar los ojos y dejo de verla. Solo veo abrojos. No sé qué hacer, me siento perdido, abandonado. Es desesperante. No obstante, me atrevo a abrir los ojos, y al abrirlos, sorprendido, distingo entre los abrojos un punto rojo, más pequeño que una mota de polvo; pero es suficiente. Me basta para reconstruir la rosa: su tallo, sus espinas, su corola, sus pétalos de sangre. Incluso su perfume, que ahora, a pesar del dolor, logro aspirarlo, y me reconforta, como un bálsamo. Aunque aún me retuerzo, mi espíritu se despega del suelo y retoma el vuelo. De momento, va al ras, medio rozando las cosas, pero confío en que no tardará en coger altura. Entonces, todo será distinto.






