Aquellos y estos
![[Img #41750]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/02_2019/5031_img_3738.jpg)
La sociedad española afronta, entre incrédula y recelosa, un agrio debate sobre el estado general del país. El tono de la disputa dialéctica - y esperemos que se quede ahí -- es de manifiesta hostilidad entre las partes concernidas. Por encima de clases y otros posicionamientos, la ya vieja generación que afrontó la etapa de la Transición se hace cruces por ese retorno a las dos Españas, que se creyó enterrado para siempre con los consensos políticos y sociales que siguieron a la muerte del dictador y que consolidaron un sistema democrático a la medida de las naciones más avanzadas.
Aquella ciudadanía, casi medio siglo más vieja, demostró de forma fehaciente, las inmensas ganas de tener la fiesta en paz y hacer de esta parcela multisecular que es España el terruño de todos. Fue ejemplo seguido y admirado en todo el mundo. Se hizo del olvido el bálsamo curativo de una cruel guerra civil (¿cuál no lo es?), porque se aceptó que la permanente evocación al conflicto en sus variantes triunfalista y revanchista, no iba a cerrar jamás las heridas. Esta precisión merece espejos en los que mirarse en claves de pasado, presente y futuro. Espirales progresivas de leyes del Talión en culturas milenarias han enquistado odios perpetuos, todavía padecidos, que no parecen tener más objetivo, como solución final, que la aniquilación total del contrario. ¿Es este el destino de nuestro país? Dramática herencia dejaremos a nuestros sucesores, sin pararnos a pensar que buena parte de éstos pueden estar en la cercanía parental y afectiva de los hijos o nietos.
Bien nos fue la cohabitación aquellos años, en los que los penosos recuerdos tomaron la expresión de una didáctica de fracaso que nunca más debía repetirse. No vamos a negar tampoco una conveniencia resignada en no pocos. Pero hubo un apaciguamiento. La historia ejercía de maestra y salvaguarda de los peores mosqueos. Era el freno a la ira, incluso legítima, en multitud de actitudes personales y colectivas, que luego supieron dar un heroico ejemplo de generosidad. Mal empezaron a ir, cuando las evocaciones tornaron a la disgregación o al maniqueísmo de un infantil relato de buenos y malos sin fisuras ni matices, con el ojo puesto, cual depredador, en manipulaciones históricas, tendentes a la repetición de una dramática y dantesca jugada (o jugarreta) del destino. Todos perdimos, incluso las generaciones que no la vivimos, con la guerra civil y sus secuelas victoriosas.
Semejante lacra siempre será un fracaso, y lo único que se conseguirá perpetuando una convivencia guerracivilista, será abrir de par en par las puertas a una nueva catástrofe. El héroe de tan esperpéntica crónica nunca será quién gana el conflicto, o quién lo aviva atizando los rescoldos. El héroe será, indiscutiblemente, quien lo termine de una vez por todas, como lo intentaron con resultado incompleto, visto lo que se ve, los dirigentes de la Transición, llamada ahora despectivamente, Régimen del 78.
La irrupción de políticos que no vivieron, o si lo hicieron, fue en mantillas, las brutalidades dictatoriales del franquismo, ha hecho perder perspectiva al debate. Por supuesto, yo no viví en carne propia la atrocidad de aquel conflicto entre hermanos. Pero el sentido común, la descripción oral de los horrores en bocas de los dos bandos, me hacen aborrecer la posibilidad de una reedición para ajustar cuentas de nuevo. Me lo enseñaron aquellos dirigentes, algunos todavía vivos, con más visión de la historia que de las urnas, con una estrategia integradora que abortaba de raíz los cordones sanitarios tan de moda recurrente en esta política de niñatos sectarios, con una sensibilidad política mucho más allá de los estrechos canales de la militancia y, sobre todo, actores de método en el verdadero teatro profesional del Parlamento, donde también se zurraban de lo lindo, y no en el vocinglerío chabacano y soez de las tertulias radiofónicas o televisivas, cuando no, en la inanidad mensajera de las redes sociales, sojuzgados por la dictadura alienante de las audiencias.
Este país asoma de nuevo con peligro a la dualidad de rojos y fachas, la terminología contemporánea y más dañina de las dos Españas. Y, por si no resultara suficiente, ahí están legiones de asesores, o los mismos políticos, jugando a prestidigitadores con el doble, triple o cuádruple significado de las palabras para seguir sumiendo en permanente estado de confusión a los votantes. Un cuerpo electoral aturdido siempre es más dúctil y maleable; y, por supuesto, mucho más fácil de polarizar y radicalizar. Son trayectorias de profesionales del poder, con el solo y exclusivo fin de su uso y abuso, de su embriaguez. Así no obran los necesarios prohombres con la genuina vocación de servicio al público que siempre presta la política en óptima simbiosis con el cerebro, muy lejos de esa otra, tan actual, contagiada de testiculina. Es lo que hay. No queda otra que elegir entre los modos y maneras de aquéllos (los de antes) y los de éstos (los de ahora). Pronto habrá ocasión de decidir. Y ojalá que no, de asumir las consecuencias.
![[Img #41750]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/02_2019/5031_img_3738.jpg)
La sociedad española afronta, entre incrédula y recelosa, un agrio debate sobre el estado general del país. El tono de la disputa dialéctica - y esperemos que se quede ahí -- es de manifiesta hostilidad entre las partes concernidas. Por encima de clases y otros posicionamientos, la ya vieja generación que afrontó la etapa de la Transición se hace cruces por ese retorno a las dos Españas, que se creyó enterrado para siempre con los consensos políticos y sociales que siguieron a la muerte del dictador y que consolidaron un sistema democrático a la medida de las naciones más avanzadas.
Aquella ciudadanía, casi medio siglo más vieja, demostró de forma fehaciente, las inmensas ganas de tener la fiesta en paz y hacer de esta parcela multisecular que es España el terruño de todos. Fue ejemplo seguido y admirado en todo el mundo. Se hizo del olvido el bálsamo curativo de una cruel guerra civil (¿cuál no lo es?), porque se aceptó que la permanente evocación al conflicto en sus variantes triunfalista y revanchista, no iba a cerrar jamás las heridas. Esta precisión merece espejos en los que mirarse en claves de pasado, presente y futuro. Espirales progresivas de leyes del Talión en culturas milenarias han enquistado odios perpetuos, todavía padecidos, que no parecen tener más objetivo, como solución final, que la aniquilación total del contrario. ¿Es este el destino de nuestro país? Dramática herencia dejaremos a nuestros sucesores, sin pararnos a pensar que buena parte de éstos pueden estar en la cercanía parental y afectiva de los hijos o nietos.
Bien nos fue la cohabitación aquellos años, en los que los penosos recuerdos tomaron la expresión de una didáctica de fracaso que nunca más debía repetirse. No vamos a negar tampoco una conveniencia resignada en no pocos. Pero hubo un apaciguamiento. La historia ejercía de maestra y salvaguarda de los peores mosqueos. Era el freno a la ira, incluso legítima, en multitud de actitudes personales y colectivas, que luego supieron dar un heroico ejemplo de generosidad. Mal empezaron a ir, cuando las evocaciones tornaron a la disgregación o al maniqueísmo de un infantil relato de buenos y malos sin fisuras ni matices, con el ojo puesto, cual depredador, en manipulaciones históricas, tendentes a la repetición de una dramática y dantesca jugada (o jugarreta) del destino. Todos perdimos, incluso las generaciones que no la vivimos, con la guerra civil y sus secuelas victoriosas.
Semejante lacra siempre será un fracaso, y lo único que se conseguirá perpetuando una convivencia guerracivilista, será abrir de par en par las puertas a una nueva catástrofe. El héroe de tan esperpéntica crónica nunca será quién gana el conflicto, o quién lo aviva atizando los rescoldos. El héroe será, indiscutiblemente, quien lo termine de una vez por todas, como lo intentaron con resultado incompleto, visto lo que se ve, los dirigentes de la Transición, llamada ahora despectivamente, Régimen del 78.
La irrupción de políticos que no vivieron, o si lo hicieron, fue en mantillas, las brutalidades dictatoriales del franquismo, ha hecho perder perspectiva al debate. Por supuesto, yo no viví en carne propia la atrocidad de aquel conflicto entre hermanos. Pero el sentido común, la descripción oral de los horrores en bocas de los dos bandos, me hacen aborrecer la posibilidad de una reedición para ajustar cuentas de nuevo. Me lo enseñaron aquellos dirigentes, algunos todavía vivos, con más visión de la historia que de las urnas, con una estrategia integradora que abortaba de raíz los cordones sanitarios tan de moda recurrente en esta política de niñatos sectarios, con una sensibilidad política mucho más allá de los estrechos canales de la militancia y, sobre todo, actores de método en el verdadero teatro profesional del Parlamento, donde también se zurraban de lo lindo, y no en el vocinglerío chabacano y soez de las tertulias radiofónicas o televisivas, cuando no, en la inanidad mensajera de las redes sociales, sojuzgados por la dictadura alienante de las audiencias.
Este país asoma de nuevo con peligro a la dualidad de rojos y fachas, la terminología contemporánea y más dañina de las dos Españas. Y, por si no resultara suficiente, ahí están legiones de asesores, o los mismos políticos, jugando a prestidigitadores con el doble, triple o cuádruple significado de las palabras para seguir sumiendo en permanente estado de confusión a los votantes. Un cuerpo electoral aturdido siempre es más dúctil y maleable; y, por supuesto, mucho más fácil de polarizar y radicalizar. Son trayectorias de profesionales del poder, con el solo y exclusivo fin de su uso y abuso, de su embriaguez. Así no obran los necesarios prohombres con la genuina vocación de servicio al público que siempre presta la política en óptima simbiosis con el cerebro, muy lejos de esa otra, tan actual, contagiada de testiculina. Es lo que hay. No queda otra que elegir entre los modos y maneras de aquéllos (los de antes) y los de éstos (los de ahora). Pronto habrá ocasión de decidir. Y ojalá que no, de asumir las consecuencias.






