Mercedes Unzeta Gullón
Sábado, 06 de Abril de 2019

El patio del colegio de los políticos

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En el patio del colegio todo vale porque todo queda escondido entre el juego y la verdadera intención.

 

La política actual es un auténtico patio de colegio donde las zancadillas, los empujones, el envalentonamiento del más chulo y más fuerte, el desprecio como arma del despreciable, el robo de cuadernos para aprovecharse del trabajo ajeno, el hacer trampas para expulsar del juego al contrincante, el inventar bulos para arrinconar al que tengo manía, el aprovechar la fisura ajena para aplicarle una cuña de petulante menosprecio, el utilizar indignos chivatazos para desestabilizar al contrario. “Que este me ha escupido, señorita”. “No, yo no he sido”. “A ver ¿Quién ha sido?” Todos callados miran para otro lado. Y el agredido se queda limpiándose el escupitajo del ojo como buenamente puede.

 

El que no parece el más estudioso, pero tiene una cara lo suficiente bonita para que le vayan pasando de curso sin abrir los libros, decide echar mano de la Historia para hacerse el sabio y, claro, su memoria no encuentra las historias de la Historia porque nunca estuvieron en ella. Pero, no importa, tiene el suficiente desparpajo para echar mano de su inventiva y se le ocurre decir en alto lo primero que se le viene a la cabeza, que suele ser una gran boutade.

 

Los otros no dejan de repetir al primero de la clase que quieren sentarse en su pupitre. Ansían apoderarse de ese pupitre que envidian. Naturalmente el primero no quiere perder su puesto y se resiste como gato panza arriba. En realidad está en la cúspide pero anda un poco perdido, no veo claro si porque el puesto le viene grande o porque se ha despistado con tanto envite que le ataca por todos los bandos. Sea lo que fuere su hilo de voz va siendo más débil y menos convincente. Parece como si le hubiera agarrado un temblor ante la lucha de los otros por el puesto que él tiene, y ansía seguir teniendo, y eso, en lugar de envalentonarle y hacerle enseñar lentamente los dientes y realizar contundentes y convincentes rugidos, da la impresión de que le ha provocado cierto atolondramiento.

 

Los cabecillas de las distintas bandas andan como locos para descabezarse unos a otros.

 

“Yo no ajunto a Pablo.” “A qué Pablo.” “Al de la coleta, porque no me gusta su pelo y además es muy mandón y muy gritón y siempre habla como enfadado, con el ceño fruncido, y nos dice que hagamos unas cosas y él hace otras. Bueno, en realidad eso lo hacen todos, pero este tiene un gesto de profesor aleccionador poco convincente.

 

Tampoco me ajunto con el otro Pablo porque aunque siempre está de buen humor y sonríe mucho con su cara del bueno de la película, no me gusta nada lo que dice que nos va mandar hacer y no hacer cuando sea el primero, me da mucho miedo que llegue a sentarse en la silla grande porque parece que está asesorado por su abuela, aunque en realidad sus temas parece que se los susurra a gritos su padre putativo, el ínclito Josemari que aguanta valientemente su acerada mirada a quien le rete. Y también uno de su ‘pandi’ dice cosas muy surrealistas, un encaje de bolillos sobre los “abortos nacidos y no nacidos” “tumores como abortos” y recuerda los “abortos nacidos” de los picapiedra que según dice les cortaban la cabeza a los niños/abortos ya nacidos. Ufff qué lío. “Un aborto que ha nacido”. No sé cómo es eso. Un galimatías.

 

El Albert tampoco me gusta, aparece como si fuera el  primero de la clase cuando no lo es, va de niño bueno y no acabo de saber si es malo o bueno, si quiere una cosa o la contraria; hoy quiere jugar con Pablo y mañana prefiere con Pedro; un inconstante, poco de fiar con tanto baile. A Pedro… es que no le entiendo, yo le ajuntaba antes pero ahora no sé si me engaña, balbucea cosas, dice y no dice, hace y no hace, parece que puede y no puede, como si al ser el primero de la clase se le haya diluido el aliento y la eficacia en somníferos vapores; eso sí, su sosiego, su ausencia de estridencias, tanto al hablar como al actuar, es relajante, y eso es de mucho agradecer, aunque el mensaje sea muelle.

 

Y por último, esta nueva pandilla que ha aparecido con garbo, que han venido del lejano Sur con barba y a caballo, como señoreando en su cortijo. A estos no me atrevo a acercarme. Me parecen salidos de la película de El bueno el feo y el malo; los observo desde lejos en este variopinto patio colegial y me da la impresión de que vienen a participar en un concurso de ‘personajes’ para ver quien se supera en la variedad más exótica; me da la risa. En fin, frente a este insólito cuadro constato con pavor que me he quedado sin amigos con los que jugar en el patio del colegio”.

 

Ante los protagonistas de este panorama escolar, imbuidos todos de poca inocencia y mucha mezquindad, y disfrazados de grandes pensadores sobre bien común, con lucida corbata, zapatos abrillantados, cartera ‘porta-importantes documentos’, aires ejecutivos y sonrisas cándidas, y una más que importante cantidad de billetes mensuales en su cuenta, no puedo dejar de esbozar una cansada sonrisa sostenida en un inmenso sentimiento de desconsuelo.

 

¿Con quién, y a qué, voy a jugar ahora?  

 

La opción más sensata, y visto lo visto más apetecible, será sentarme en un rincón de la vida esperando que ésta pase de largo sin involucrarme en sus enredos. Llegar a evadirme de la realidad con alguno de los múltiples libros que tengo en lista de espera para ser engullidos plácidamente. Seguro que ganaré en sosiego, en felicidad y en mucha más satisfacción para el espíritu.

 

O témpora o mores.

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