Jovencianos
![[Img #42881]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/04_2019/3487_pilar-207-2.jpg)
Vivimos tiempos de velocidad y vértigo donde todo parece a nuestro alcance. La satisfacción inmediata y el consumo rápido que apenas complace y da paso a una nueva necesidad afectan a todos los planos de la vida y nada parece lo suficientemente importante como para demorarlo en la memoria, en el afecto, en los gustos, en la rutina.
¡Rutina! He mencionado la palabra maldita por todo lo que contiene de repetición tediosa, de antítesis de la épica. Rutina es lentitud, es desgana, movimiento metódico, un reloj que desgrana la arena de los siglos sin que nos demos cuenta de que pasan y pesan.
Son arañas tejiendo la mortaja.
Tiene muy mala prensa la rutina a menos que se hayan sobrepasado los cincuenta, cuando comienza el giro imperceptible de las prioridades. Mientras tanto, de la rutina se huye, la rutina se combate con saña; en esa huida vivimos rodeados de lo que Josep Maria Esquirol llama dispersos y evasores. Y no solo fiscales (variedad que no está al alcance de todos los ciudadanos) sino vitales, que puede resultar aún peor.
Los dispersos abarcan todas las inquietudes, disciplinas y aficiones. No suelen completar ninguna, fieles a la maldición del refranero con su poco apretar. Cazadores de novedades, cambian de estudios, de profesión, de pareja; son los “digodiegos” de la informalidad. Viven deprisa, a puro estertor de estrés, y dejan para mañana las obligaciones de hoy no por desidia, sino porque entretanto se han entrometido el vuelo de una mosca, la oferta de algo nuevo, otros veinte proyectos apasionantes que también aplazarán. Se expresan en longitud tuit, devoran titulares y píldoras resumidas casi nunca contrastadas, esparcen bulos de forma involuntaria, no tienen tiempo ni paciencia para más. Duermen poco, viven deprisa, comen mal, detestan atarse a sentimientos profundos. Son conejos blancos aferrados a un iphone que corren desmelenados en su “que llego tarde” vital.
La rutina no existe en sus vidas. Saltan como pulgas de una actividad a otra. No se aburren; si acaso, mueren de extenuación pero no se dan cuenta. Su cadáver aún seguirá en movimiento varios días.
Otra manera de huir de la rutina es mediante la evasión, que permite estar siempre en otro sitio, retarse con mil desafíos, olvidar el máximo tiempo posible quiénes somos.
Los evasores practican deportes de riesgo, conducen sin control ni cabeza, se sumergen en vidas ajenas y prácticas heroicas a través de los videojuegos, remedos de la realidad; son amantes de los viajes exóticos, de lo que nadie haya hecho antes que ellos, de las apuestas y el “a que no te atreves”, del ruido abrumador y la música agresiva porque también necesitan huir del silencio y hasta de ellos mismos.
Huyen de la conciencia de la propia mortalidad, del paso de los años y su devastación. Por eso hoy parece existir únicamente una franja de edad que reduce todas las demás a la casi inexistencia. Podemos verlo en infancias cada vez más cortas, adolescencias cuyo acné psicológico se prolonga hasta bien cumplidos los treinta, juventud que rechaza madurar y cargarse de responsabilidades, vejez diferida hasta convertir a sus reclusos en jovencianos que morirán de decrepitud sin haberse considerado ni por un momento viejos.
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Vivimos tiempos de velocidad y vértigo donde todo parece a nuestro alcance. La satisfacción inmediata y el consumo rápido que apenas complace y da paso a una nueva necesidad afectan a todos los planos de la vida y nada parece lo suficientemente importante como para demorarlo en la memoria, en el afecto, en los gustos, en la rutina.
¡Rutina! He mencionado la palabra maldita por todo lo que contiene de repetición tediosa, de antítesis de la épica. Rutina es lentitud, es desgana, movimiento metódico, un reloj que desgrana la arena de los siglos sin que nos demos cuenta de que pasan y pesan.
Son arañas tejiendo la mortaja.
Tiene muy mala prensa la rutina a menos que se hayan sobrepasado los cincuenta, cuando comienza el giro imperceptible de las prioridades. Mientras tanto, de la rutina se huye, la rutina se combate con saña; en esa huida vivimos rodeados de lo que Josep Maria Esquirol llama dispersos y evasores. Y no solo fiscales (variedad que no está al alcance de todos los ciudadanos) sino vitales, que puede resultar aún peor.
Los dispersos abarcan todas las inquietudes, disciplinas y aficiones. No suelen completar ninguna, fieles a la maldición del refranero con su poco apretar. Cazadores de novedades, cambian de estudios, de profesión, de pareja; son los “digodiegos” de la informalidad. Viven deprisa, a puro estertor de estrés, y dejan para mañana las obligaciones de hoy no por desidia, sino porque entretanto se han entrometido el vuelo de una mosca, la oferta de algo nuevo, otros veinte proyectos apasionantes que también aplazarán. Se expresan en longitud tuit, devoran titulares y píldoras resumidas casi nunca contrastadas, esparcen bulos de forma involuntaria, no tienen tiempo ni paciencia para más. Duermen poco, viven deprisa, comen mal, detestan atarse a sentimientos profundos. Son conejos blancos aferrados a un iphone que corren desmelenados en su “que llego tarde” vital.
La rutina no existe en sus vidas. Saltan como pulgas de una actividad a otra. No se aburren; si acaso, mueren de extenuación pero no se dan cuenta. Su cadáver aún seguirá en movimiento varios días.
Otra manera de huir de la rutina es mediante la evasión, que permite estar siempre en otro sitio, retarse con mil desafíos, olvidar el máximo tiempo posible quiénes somos.
Los evasores practican deportes de riesgo, conducen sin control ni cabeza, se sumergen en vidas ajenas y prácticas heroicas a través de los videojuegos, remedos de la realidad; son amantes de los viajes exóticos, de lo que nadie haya hecho antes que ellos, de las apuestas y el “a que no te atreves”, del ruido abrumador y la música agresiva porque también necesitan huir del silencio y hasta de ellos mismos.
Huyen de la conciencia de la propia mortalidad, del paso de los años y su devastación. Por eso hoy parece existir únicamente una franja de edad que reduce todas las demás a la casi inexistencia. Podemos verlo en infancias cada vez más cortas, adolescencias cuyo acné psicológico se prolonga hasta bien cumplidos los treinta, juventud que rechaza madurar y cargarse de responsabilidades, vejez diferida hasta convertir a sus reclusos en jovencianos que morirán de decrepitud sin haberse considerado ni por un momento viejos.






