Las cosas no suelen ser lo que parecen
![[Img #42882]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/04_2019/7018_19221.jpg)
Una cosa es lo que exhibimos y otra muy diferente lo que no enseñamos. Es muy fácil, y muy efectivo, disfrazar nuestra imagen para presentar lo que queremos que los otros vean y crean de nosotros. Elaborar una reputación a medida no es nada difícil y mucho menos hoy en día con los medios digitales y con la ingenua credulidad de la gente que se queda sólo con lo que ve y lo que oye, sin poner en cuestión lo que ve o lo que oye.
Estamos en la era del exhibicionismo pero lo que se exhibe es tan flus flus, tan banal, tan desestructurador mental, que deja a nuestro cerebro patinando en la superficie de la trivialidad, y de ahí a llegar a la idiotez hay un paso muy pequeño. Habría que estudiar el qué y el porqué de tanta futilidad, qué hay detrás de todo ello.
Pero centrándome en el enunciado de que las cosas no son lo que parecen tenemos algunos ejemplos (aunque hay sacos llenos) que se van revelando.
Estas semanas la hija de la Duquesa de Alba, Eugenia Martínez de Irujo, en un arranque de sinceridad y desinhibición, quizás producido por el momento de felicidad suma que dice que está viviendo al haber encontrado al hombre de su vida, y desde luego, también porque su madre ya no está para oírla, arrancó con un comentario sobre el ínclito Jesús Aguirre, el jesuita no jesuita, marido de su madre, por lo tanto, gran Duque de Alba sin ser Duque de Alba (sólo consorte).
El cura Jesús Aguirre tenía tal convincente, elegante e inteligente capacidad oratoria que dejaba boquiabierta y entusiasmada a la elite cultural de la época (finales de los 60) que acudía con el máximo interés a escuchar sus homilías a la iglesia de la Ciudad Universitaria de Madrid.
El inteligente cura observó entonces que desde el púlpito se metía con mucha facilidad a las cabezas pensantes, y más consideradas del momento nacional, en su bolsillo, y que podía manejar, con su ingenio verbal, la magia de la seducción (espiritual y personal) a su antojo. Esta reflexión le llevó a deducir que el púlpito de los domingos era un ámbito demasiado reducido para exhibir la fuerza de su palabra y su extensa cultura adquirida en Alemania junto a su compañero de estudios, el futuro Papa Ratzinger.
Necesitaba un campo más abierto. Así que ni corto ni perezoso colgó los hábitos y se echó a los brazos de los ambientes intelectuales (para mantener el intelecto en activo y lucir su amplia sabiduría) y a los cómodos sillones de la aristocracia (para mejorar su estatus social y lucir su palabrería). Muy pronto se le consideró el rey de los salones y de las damas, embobadas ante sus frases ingeniosas, su cultura, su agilidad mental, su locuacidad y su cinismo.
El exjesuita, hijo natural de padre desconocido, tenía verdadera ambición de llegar a lo más alto socialmente (como desagravio a su infortunada cuna) e intelectualmente para ser uno de los primeros ilustrados. Era un hombre tan inteligente que su resentimiento social lo transformó en ambición por ponerse a la sociedad a sus pies, y lo consiguió.
Ganó las dos batallas a lo grande. Consiguió ser el XVIII Duque de Alba (naturalmente consorte pero esa coletilla la eliminó de su pensamiento desde el primer momento, llegando a considerarse legítimo heredero de la Gran Familia Alba). Y consiguió también dos sillones uno en la Real Academia Española y otro en la Academia de San Fernando.
No le costó mucho seducir a la Duquesa viuda Cayetana. Tenía sus armas bien dispuestas. A los pocos meses de conocerla consiguió llevarla al altar y con ello subir el último escalón de su proyecto vital.
La Duquesa parecía feliz, él encantado, y todos tan contentos (bueno, no todos. No los más cercanos a la Duquesa). El Gran Intelectual entra a formar parte de la Gran Familia en una unión tremendamente provechosa para ambos. Se afirmaba que el ilustre Aguirre había puesto en orden el caos patrimonial de los Alba y había salvado a la Casa Ducal de grandes pérdidas por su mala gestión. Qué suerte había tenido la Duquesa.
Ahora, Eugenia Martinez de Irujo ha soltado, así, a bocajarro, que Jesús Aguirre era un ser malo, humanamente malo y perverso. Dos de sus hermanos la han secundado apostillando que era un manipulador, que les hizo la vida imposible y que tampoco hizo gran cosa en la administración ducal, más bien todo lo contrario, alguno dice que fue desastrosa. También dicen los allegados que era violento.
Esta actualidad me ha llevado a recordar cuando estuve en Sevilla en año 1991, para realizar unos reportajes para Vogue con miras a los fastos del 92. Tuve, por trabajo, que conocer y codearme con la alta aristocracia Sevillana, una aristocracia, por cierto, tremenda y sorprendentemente encerrada en sí misma. El caso es que aquella aristocracia hablaba con toda naturalidad (no como un chisme) de un hecho totalmente dado por sabido y cierto. Se asombraron de que yo no lo supiera y me sorprendiera. Según afirmaban, el Duque consorte, el ex cura Jesús Aguirre, se relacionaba en la intimidad con el hijo mayor de la Duquesa. Decían, incluso, que había sido el motivo de su casamiento, para estar más cerca. Parece que esto era sabido y notorio por todos. Desde luego a Jesús Aguirre, sus amigos de antes del ducado, le reconocían como homosexual. Eran tiempos brumosos para esa tendencia.
Otra anécdota me contó un amigo personal de la Duquesa. Cuando Cayetana se iba a su palacio de Sevilla, que lo hacía con mucha frecuencia y cada vez más a medida que avanzaban los años en su matrimonio, Jesús Aguirre se quedaba en el Palacio madrileño (de Liria) y aprovechaba para dar vía libre a sus excesos. Organizaba grandes y desmadradas fiestas con sus amigos. Consciente la Duquesa de estos continuos desvaríos daba orden al servicio de que, cuando ella estuviese fuera, al señor Duque (como Aguirre obligaba a que le llamaran) no le sacaran las vajillas buenas, ni las cuberterías, ni las cristalerías. Es decir, le recortaba toda la puesta en escena de boato que es lo que más le gustaba al señor Duque lucir con sus amigos. Finalmente, el señor gran Duque Aguirre, murió en su gran cama del gran Palacio de Liria, rodeado de grandeza pero completamente solo. La Duquesa, en Sevilla, estaba a lo suyo, a los toros.
A lo que voy. El sacerdote, teólogo, escritor, editor, académico, director general de música y XVIII Duque de Alba, tan ensalzado, considerado y admirado como gran hombre, tenía en realidad una cara oscura muy oscura, que quizás vaya desvelándose.
Es una muestra de lo que podemos encontrar si rascamos la apariencia de tantos y tantos, quizás de casi todos los mortales.
Por ejemplo, Pablo Casado luce un Master de Harvard, que en realidad es un curso de dos días en las afueras de Madrid. También luce otro Master al que ni asistió ni se le esperó. La carrera de derecho la hizo ‘a la carrera’, de cinco duros años la saldó prácticamente en dos y trabajando al alimón como diputado autonómico, algo prácticamente imposible para cualquier mortal. Pero es que Pablo Casado está por encima de la mortalidad, su sonrisa permanente le protege de todo mal. Ahhh pero si le quitáramos esa sonrisa ¿qué encontraríamos además de esos vacíos académicos? Un misterio a desvelar.
O témpora, o mores
![[Img #42882]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/04_2019/7018_19221.jpg)
Una cosa es lo que exhibimos y otra muy diferente lo que no enseñamos. Es muy fácil, y muy efectivo, disfrazar nuestra imagen para presentar lo que queremos que los otros vean y crean de nosotros. Elaborar una reputación a medida no es nada difícil y mucho menos hoy en día con los medios digitales y con la ingenua credulidad de la gente que se queda sólo con lo que ve y lo que oye, sin poner en cuestión lo que ve o lo que oye.
Estamos en la era del exhibicionismo pero lo que se exhibe es tan flus flus, tan banal, tan desestructurador mental, que deja a nuestro cerebro patinando en la superficie de la trivialidad, y de ahí a llegar a la idiotez hay un paso muy pequeño. Habría que estudiar el qué y el porqué de tanta futilidad, qué hay detrás de todo ello.
Pero centrándome en el enunciado de que las cosas no son lo que parecen tenemos algunos ejemplos (aunque hay sacos llenos) que se van revelando.
Estas semanas la hija de la Duquesa de Alba, Eugenia Martínez de Irujo, en un arranque de sinceridad y desinhibición, quizás producido por el momento de felicidad suma que dice que está viviendo al haber encontrado al hombre de su vida, y desde luego, también porque su madre ya no está para oírla, arrancó con un comentario sobre el ínclito Jesús Aguirre, el jesuita no jesuita, marido de su madre, por lo tanto, gran Duque de Alba sin ser Duque de Alba (sólo consorte).
El cura Jesús Aguirre tenía tal convincente, elegante e inteligente capacidad oratoria que dejaba boquiabierta y entusiasmada a la elite cultural de la época (finales de los 60) que acudía con el máximo interés a escuchar sus homilías a la iglesia de la Ciudad Universitaria de Madrid.
El inteligente cura observó entonces que desde el púlpito se metía con mucha facilidad a las cabezas pensantes, y más consideradas del momento nacional, en su bolsillo, y que podía manejar, con su ingenio verbal, la magia de la seducción (espiritual y personal) a su antojo. Esta reflexión le llevó a deducir que el púlpito de los domingos era un ámbito demasiado reducido para exhibir la fuerza de su palabra y su extensa cultura adquirida en Alemania junto a su compañero de estudios, el futuro Papa Ratzinger.
Necesitaba un campo más abierto. Así que ni corto ni perezoso colgó los hábitos y se echó a los brazos de los ambientes intelectuales (para mantener el intelecto en activo y lucir su amplia sabiduría) y a los cómodos sillones de la aristocracia (para mejorar su estatus social y lucir su palabrería). Muy pronto se le consideró el rey de los salones y de las damas, embobadas ante sus frases ingeniosas, su cultura, su agilidad mental, su locuacidad y su cinismo.
El exjesuita, hijo natural de padre desconocido, tenía verdadera ambición de llegar a lo más alto socialmente (como desagravio a su infortunada cuna) e intelectualmente para ser uno de los primeros ilustrados. Era un hombre tan inteligente que su resentimiento social lo transformó en ambición por ponerse a la sociedad a sus pies, y lo consiguió.
Ganó las dos batallas a lo grande. Consiguió ser el XVIII Duque de Alba (naturalmente consorte pero esa coletilla la eliminó de su pensamiento desde el primer momento, llegando a considerarse legítimo heredero de la Gran Familia Alba). Y consiguió también dos sillones uno en la Real Academia Española y otro en la Academia de San Fernando.
No le costó mucho seducir a la Duquesa viuda Cayetana. Tenía sus armas bien dispuestas. A los pocos meses de conocerla consiguió llevarla al altar y con ello subir el último escalón de su proyecto vital.
La Duquesa parecía feliz, él encantado, y todos tan contentos (bueno, no todos. No los más cercanos a la Duquesa). El Gran Intelectual entra a formar parte de la Gran Familia en una unión tremendamente provechosa para ambos. Se afirmaba que el ilustre Aguirre había puesto en orden el caos patrimonial de los Alba y había salvado a la Casa Ducal de grandes pérdidas por su mala gestión. Qué suerte había tenido la Duquesa.
Ahora, Eugenia Martinez de Irujo ha soltado, así, a bocajarro, que Jesús Aguirre era un ser malo, humanamente malo y perverso. Dos de sus hermanos la han secundado apostillando que era un manipulador, que les hizo la vida imposible y que tampoco hizo gran cosa en la administración ducal, más bien todo lo contrario, alguno dice que fue desastrosa. También dicen los allegados que era violento.
Esta actualidad me ha llevado a recordar cuando estuve en Sevilla en año 1991, para realizar unos reportajes para Vogue con miras a los fastos del 92. Tuve, por trabajo, que conocer y codearme con la alta aristocracia Sevillana, una aristocracia, por cierto, tremenda y sorprendentemente encerrada en sí misma. El caso es que aquella aristocracia hablaba con toda naturalidad (no como un chisme) de un hecho totalmente dado por sabido y cierto. Se asombraron de que yo no lo supiera y me sorprendiera. Según afirmaban, el Duque consorte, el ex cura Jesús Aguirre, se relacionaba en la intimidad con el hijo mayor de la Duquesa. Decían, incluso, que había sido el motivo de su casamiento, para estar más cerca. Parece que esto era sabido y notorio por todos. Desde luego a Jesús Aguirre, sus amigos de antes del ducado, le reconocían como homosexual. Eran tiempos brumosos para esa tendencia.
Otra anécdota me contó un amigo personal de la Duquesa. Cuando Cayetana se iba a su palacio de Sevilla, que lo hacía con mucha frecuencia y cada vez más a medida que avanzaban los años en su matrimonio, Jesús Aguirre se quedaba en el Palacio madrileño (de Liria) y aprovechaba para dar vía libre a sus excesos. Organizaba grandes y desmadradas fiestas con sus amigos. Consciente la Duquesa de estos continuos desvaríos daba orden al servicio de que, cuando ella estuviese fuera, al señor Duque (como Aguirre obligaba a que le llamaran) no le sacaran las vajillas buenas, ni las cuberterías, ni las cristalerías. Es decir, le recortaba toda la puesta en escena de boato que es lo que más le gustaba al señor Duque lucir con sus amigos. Finalmente, el señor gran Duque Aguirre, murió en su gran cama del gran Palacio de Liria, rodeado de grandeza pero completamente solo. La Duquesa, en Sevilla, estaba a lo suyo, a los toros.
A lo que voy. El sacerdote, teólogo, escritor, editor, académico, director general de música y XVIII Duque de Alba, tan ensalzado, considerado y admirado como gran hombre, tenía en realidad una cara oscura muy oscura, que quizás vaya desvelándose.
Es una muestra de lo que podemos encontrar si rascamos la apariencia de tantos y tantos, quizás de casi todos los mortales.
Por ejemplo, Pablo Casado luce un Master de Harvard, que en realidad es un curso de dos días en las afueras de Madrid. También luce otro Master al que ni asistió ni se le esperó. La carrera de derecho la hizo ‘a la carrera’, de cinco duros años la saldó prácticamente en dos y trabajando al alimón como diputado autonómico, algo prácticamente imposible para cualquier mortal. Pero es que Pablo Casado está por encima de la mortalidad, su sonrisa permanente le protege de todo mal. Ahhh pero si le quitáramos esa sonrisa ¿qué encontraríamos además de esos vacíos académicos? Un misterio a desvelar.
O témpora, o mores






