La Pasión según Bach
![[Img #42885]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/04_2019/8389_captura.jpg)
Se acerca la Semana Santa y, con ella, la oportunidad de revisitar las Pasiones de Johann Sebastian Bach, las dos completas: La Pasión según san Juan (1724) y La Pasión según san Mateo (1727). Aunque la primera ha ido ganando enteros en la apreciación general, es la segunda la que representa la cumbre del autor y ?a mi juicio? de la música de todos los tiempos.
En los años 70 del siglo pasado, la Pasión por antonomasia no faltaba a la cita ?por estas fechas? de los conciertos de la Orquesta Nacional de España (ONE). Desde el paraíso del Teatro Real ?nunca más apropiado este castizo término? asistíamos conmovidos al gran espectáculo sacro que ordenaba la sabia batuta de Rafael Frühbeck de Burgos, fallecido en 2014 e injustamente tratado, en mi opinión, por las autoridades musicales del país (lo destituyó de su cargo un célebre arribista que alcanzaría, al poco tiempo y mediante un extravagante matrimonio, la grandeza de España). Luis Antón era el concertino, y el órgano estaba en las manos de Montserrat Torrent. Un jovencísimo Jordi Savall, luego nuestro mayor especialista en músicas antiguas, tocaba la viola da gamba. Las partes corales estaban a cargo del Orfeón Donostiarra, dirigido por Antonio Ayestarán, y los niños de la Escolanía de Nuestra Señora del Recuerdo. Los cantantes solistas solían cambiar cada año, salvo el tenor belga Louis Devos, que era fijo en el papel del Evangelista.
Menciono este elenco excepcional, porque no existe grabación alguna ?que yo sepa? de aquellos conciertos. Posteriormente he escuchado muchas veces La Pasión según san Mateo en versiones acaso más respetuosas con el espíritu de la versión original (orquestación más reducida, instrumentación de época, etc.), como la de Richter, Leonhardt, Harnoncourt y, sobre todo, la de sir John Eliot Gardiner, pero aquella de Frühbeck permanece en mi memoria auditiva como un acontecimiento único.
No hace mucho he podido leer el ensayo biográfico que de Bach publicara Gardiner y que lleva en castellano el hermoso título de La música en el castillo del cielo (Siruela). Recomiendo su lectura, porque siendo su autor el máximo especialista ?teórico y práctico? en el gran músico, el libro está escrito con vocación de llegar a todos, y resulta, en fin, un maravilloso viaje por el alma de quien no era ningún santo en su vida cotidiana pero que hizo de la música el medio más sublime de llegar a Dios. Bach ?afirma Gardiner? “vio la esencia y la práctica de la música como algo religioso, y comprendió que cuanto mayor era la perfección con que se plasmaba su composición, tanto conceptualmente como por medio de la interpretación, más se encuentra Dios inmanente en la música”. Y recoge esta opinión significativa del compositor húngaro, György Kurtág: “Conscientemente, soy en efecto un ateo, pero no lo proclamo muy alto, porque si me fijo en Bach, no puedo ser un ateo. Entonces tengo que aceptar la manera en que él creía. Su música no deja nunca de orar”. En fin, conocida es la boutade de Cioran: “Dios, sin Bach, sería un personaje de tercera clase”.
Gardiner entiende las Pasiones de Bach como el culmen musical de la religiosidad cristiana. El luteranismo, con su concepción iconoclasta, otorgó a la música el papel que la escultura o la pintura han tenido entre los católicos. Unamuno, en cambio, reservaba a estas dos artes plásticas la expresión más acorde con el sentimiento religioso (trágico) de la vida, por encima de la música, más neutra y menos expresiva. Son muchos los que no estamos de acuerdo con el autor de El Cristo de Velázquez, y, puestos a elegir, preferimos o bien la “música callada” de la gran poesía mística, o la encendida y vibrante de los grandes oratorios y, desde luego, de La Pasión según san Mateo, en la que Gardiner ve también la mayor tragedia de la tradición cristiana: al recitativo del Evangelista en su papel de narrador de los hechos (en él está ya el distanciamiento que previó Brecht en su teatro épico), sucede la serie de maravillosas arias ? el agudo dolor del alma? y los coros, en los que se encierra la miseria y la grandeza de la humanidad, amén del protagonista, Jesús, que apenas dice unas palabras, pero que cumple el papel de víctima propiciatoria, como en una tragedia griega.
PS. Y una última recomendación. Como ya es también tradición, la televisión nos ofrece estos días las consabidas películas de romanos o péplums, entre las cuales hay verdaderas obras maestras: Ben Hur, Quo vadis?, Espartaco… Ninguna tan excepcional, sin embargo, como El Evangelio según san Mateo, de Pier Paolo Pasolini, el mejor filme religioso en la historia del cine ?ajeno a ñoñas devociones?, cuya música, como no podía ser de otra manera, corresponde a la gran Pasión de Bach.
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Se acerca la Semana Santa y, con ella, la oportunidad de revisitar las Pasiones de Johann Sebastian Bach, las dos completas: La Pasión según san Juan (1724) y La Pasión según san Mateo (1727). Aunque la primera ha ido ganando enteros en la apreciación general, es la segunda la que representa la cumbre del autor y ?a mi juicio? de la música de todos los tiempos.
En los años 70 del siglo pasado, la Pasión por antonomasia no faltaba a la cita ?por estas fechas? de los conciertos de la Orquesta Nacional de España (ONE). Desde el paraíso del Teatro Real ?nunca más apropiado este castizo término? asistíamos conmovidos al gran espectáculo sacro que ordenaba la sabia batuta de Rafael Frühbeck de Burgos, fallecido en 2014 e injustamente tratado, en mi opinión, por las autoridades musicales del país (lo destituyó de su cargo un célebre arribista que alcanzaría, al poco tiempo y mediante un extravagante matrimonio, la grandeza de España). Luis Antón era el concertino, y el órgano estaba en las manos de Montserrat Torrent. Un jovencísimo Jordi Savall, luego nuestro mayor especialista en músicas antiguas, tocaba la viola da gamba. Las partes corales estaban a cargo del Orfeón Donostiarra, dirigido por Antonio Ayestarán, y los niños de la Escolanía de Nuestra Señora del Recuerdo. Los cantantes solistas solían cambiar cada año, salvo el tenor belga Louis Devos, que era fijo en el papel del Evangelista.
Menciono este elenco excepcional, porque no existe grabación alguna ?que yo sepa? de aquellos conciertos. Posteriormente he escuchado muchas veces La Pasión según san Mateo en versiones acaso más respetuosas con el espíritu de la versión original (orquestación más reducida, instrumentación de época, etc.), como la de Richter, Leonhardt, Harnoncourt y, sobre todo, la de sir John Eliot Gardiner, pero aquella de Frühbeck permanece en mi memoria auditiva como un acontecimiento único.
No hace mucho he podido leer el ensayo biográfico que de Bach publicara Gardiner y que lleva en castellano el hermoso título de La música en el castillo del cielo (Siruela). Recomiendo su lectura, porque siendo su autor el máximo especialista ?teórico y práctico? en el gran músico, el libro está escrito con vocación de llegar a todos, y resulta, en fin, un maravilloso viaje por el alma de quien no era ningún santo en su vida cotidiana pero que hizo de la música el medio más sublime de llegar a Dios. Bach ?afirma Gardiner? “vio la esencia y la práctica de la música como algo religioso, y comprendió que cuanto mayor era la perfección con que se plasmaba su composición, tanto conceptualmente como por medio de la interpretación, más se encuentra Dios inmanente en la música”. Y recoge esta opinión significativa del compositor húngaro, György Kurtág: “Conscientemente, soy en efecto un ateo, pero no lo proclamo muy alto, porque si me fijo en Bach, no puedo ser un ateo. Entonces tengo que aceptar la manera en que él creía. Su música no deja nunca de orar”. En fin, conocida es la boutade de Cioran: “Dios, sin Bach, sería un personaje de tercera clase”.
Gardiner entiende las Pasiones de Bach como el culmen musical de la religiosidad cristiana. El luteranismo, con su concepción iconoclasta, otorgó a la música el papel que la escultura o la pintura han tenido entre los católicos. Unamuno, en cambio, reservaba a estas dos artes plásticas la expresión más acorde con el sentimiento religioso (trágico) de la vida, por encima de la música, más neutra y menos expresiva. Son muchos los que no estamos de acuerdo con el autor de El Cristo de Velázquez, y, puestos a elegir, preferimos o bien la “música callada” de la gran poesía mística, o la encendida y vibrante de los grandes oratorios y, desde luego, de La Pasión según san Mateo, en la que Gardiner ve también la mayor tragedia de la tradición cristiana: al recitativo del Evangelista en su papel de narrador de los hechos (en él está ya el distanciamiento que previó Brecht en su teatro épico), sucede la serie de maravillosas arias ? el agudo dolor del alma? y los coros, en los que se encierra la miseria y la grandeza de la humanidad, amén del protagonista, Jesús, que apenas dice unas palabras, pero que cumple el papel de víctima propiciatoria, como en una tragedia griega.
PS. Y una última recomendación. Como ya es también tradición, la televisión nos ofrece estos días las consabidas películas de romanos o péplums, entre las cuales hay verdaderas obras maestras: Ben Hur, Quo vadis?, Espartaco… Ninguna tan excepcional, sin embargo, como El Evangelio según san Mateo, de Pier Paolo Pasolini, el mejor filme religioso en la historia del cine ?ajeno a ñoñas devociones?, cuya música, como no podía ser de otra manera, corresponde a la gran Pasión de Bach.






