Las mártires de Somiedo
![[Img #44170]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/06_2019/6922_foto-3.jpg)
Qué difícil es desbrozar las historias de la Historia. Hoy 13 de junio se publica en el periódico digital religiónenlibertad el reconocimiento del Papa, del martirio por su fe, a las tres enfermeras de la Cruz Roja de Astorga.
Estas tres enfermeras Pilar Gullón (hermana de mi madre), Octavia Iglesias (prima de mi madre) y Olga Monteserín (amiga de mi madre) enterradas en la Catedral de Astorga, fueron muertas en Somiedo al poco de comenzar la guerra civil, en octubre del 36. Estaban allí como enfermeras en un destacamento militar destinado a mantener firme ‘y limpia’ la frontera con la ‘todavía’ republicana Asturias.
Astorga era un punto estratégico para la organización de la contienda desde el lado de los llamados militares nacionales. Tenían en resistencia la comarca leonesa de la Laciana con la oposición desafiante de los mineros de ambos lados de las montañas asturleonesas.
Las mujeres astorganas, en un estado de exaltación delirante como era el que se vivía en esos momentos del inicio de la guerra, se organizaron muy pronto para apoyar y colaborar con rifas, donaciones, costureo… a las tropas que trataban de avanzar y someter la zona ‘más rebelde’, las tierras de los mineros. A las jóvenes, principalmente de familias acomodadas, enfermeras de cursillos acelerados, siempre entusiastas con la idea de ayudar, se les presentaba de pronto la oportunidad de ser útiles y, sobre todo, de servir a una causa grande como suponían que era la que esgrimían los militares sublevados. Se necesitaban tres enfermeras para un puesto militar en Somiedo. Impetuosas y generosas, estas jóvenes mujeres se animaron en seguida a presentar sus servicios. Eran muchas las que querían ir, desde luego ajenas al peligro y al horror que supone una guerra que sólo sabían de oídas, pero las órdenes eran las órdenes y tan sólo había lugar para tres. Ante tal arrebato no quedó más remedio que echarlo a suertes y mediante una rifa se eligió quienes subirían al destacamento recién instalado en las montañas leonesas para auxiliar a los posibles heridos que surgieran. La decepción para las que se quedaron fue tan grande que acordaron que se harían turnos para que todas pudieran dar rienda suelta y satisfacer su espíritu caritativo.
Mi madre contaba que por esos azares del destino la suerte fue a parar a ella y a su hermana Pilín junto con la alegre Olga. Las dos hermanas era algo que su madre Pilar Yturriaga, viuda de Manuel Gullón, no iba a permitir. Pilar era mayor que Maca (mi madre) así que se convino que primero iría la mayor y en el relevo iría Maca. El lugar de Maca lo sustituyó la prima de ellas, Octavia. Olga era la más risueña, la más jovial, la más joven (23 años). Pilar dicen que era la más guapa, la más elegante, quizás un poco estirada (25 años). Octavia (41 años) era la más seria, también era la mayor y con temperamento un poco monjil. Eso comentan quienes las conocieron.
Allí se fueron las tres astorganas orgullosas y felices con sus flamantes uniformes de enfermeras un día de agosto del 36. El destacamento militar al que fueron asignadas estaba en lo alto de las montañas en donde no había un frente abierto sino que era un puesto militar de vigilancia. La función militar era la de sostener la línea fronteriza de los, ‘rebeldes’, insometidos asturianos por lo que cotidianamente se encontraban con pequeñas escaramuzas y enfrentamientos aislados.
Ellas estaban felices sintiéndose imprescindibles, valiosas y útiles por primera vez en su vida, así que cuando las solícitas enfermeras que se habían quedado en Astorga haciendo rifas para recaudar dinero para ‘la causa’ reclamaron los puestos, el relevo, las tres enfermeras se resistieron a bajar de las montañas.
Y llegó octubre. Doña Pilar Yturriaga muy preocupada por los fríos de la montaña manda ropa de abrigo a través del capitán Nonides que baja de vez en cuando a Astorga y sube a Somiedo cargado de cosas y cartas. Cartas de protestas reivindicativas de las primas y amigas, a las que les parecía mucho más interesante estar arriba que abajo. Carta de la madre de Octavia, muy nerviosa por el tiempo que ya llevaba su única hija libre (su otra hija estaba ‘consagrada a Dios’, es decir, era religiosa) en lugar tan peligroso y la conmina a que baje que su prima Maca está deseando sustituirla.
Estas últimas cartas nunca llegaron a su destino. Están escritas un martes 27 de octubre del 36. Al día siguiente los ‘rebeldes’ asturianos enfurecidos por el persistente cerco de la ciudad de Oviedo que no lograban romper habían decidido dar un escarmiento a estos ‘nacionales intrusos’ y cambiaron de rumbo su objetivo y sorprendieron en la nocturnidad al destacamento vigilante de las montañas de Somiedo y arrasaron con todos.
Sobre las muertes de las enfermeras se ha hecho mucha leyenda, mucha leyenda interesada, que a base de repetir y repetir, como las mentiras de los políticos, llegan a parecer una gran realidad histórica, pero ese es otro cantar.
Hoy las tres jóvenes de Astorga, las enfermeras de la Cruz Roja, las mártires de Somiedo van camino de ser Santas. El Papa les ha abierto las puertas a su santidad.
Mi madre nunca se recuperó del todo de aquel insólito e inesperado avatar y nos inculcó toda la vida su amor y su devoción por su queridísima hermana mayor. Hoy estaría henchida de orgullo y me alegro enormemente por ella.
O témpora o mores
![[Img #44170]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/06_2019/6922_foto-3.jpg)
Qué difícil es desbrozar las historias de la Historia. Hoy 13 de junio se publica en el periódico digital religiónenlibertad el reconocimiento del Papa, del martirio por su fe, a las tres enfermeras de la Cruz Roja de Astorga.
Estas tres enfermeras Pilar Gullón (hermana de mi madre), Octavia Iglesias (prima de mi madre) y Olga Monteserín (amiga de mi madre) enterradas en la Catedral de Astorga, fueron muertas en Somiedo al poco de comenzar la guerra civil, en octubre del 36. Estaban allí como enfermeras en un destacamento militar destinado a mantener firme ‘y limpia’ la frontera con la ‘todavía’ republicana Asturias.
Astorga era un punto estratégico para la organización de la contienda desde el lado de los llamados militares nacionales. Tenían en resistencia la comarca leonesa de la Laciana con la oposición desafiante de los mineros de ambos lados de las montañas asturleonesas.
Las mujeres astorganas, en un estado de exaltación delirante como era el que se vivía en esos momentos del inicio de la guerra, se organizaron muy pronto para apoyar y colaborar con rifas, donaciones, costureo… a las tropas que trataban de avanzar y someter la zona ‘más rebelde’, las tierras de los mineros. A las jóvenes, principalmente de familias acomodadas, enfermeras de cursillos acelerados, siempre entusiastas con la idea de ayudar, se les presentaba de pronto la oportunidad de ser útiles y, sobre todo, de servir a una causa grande como suponían que era la que esgrimían los militares sublevados. Se necesitaban tres enfermeras para un puesto militar en Somiedo. Impetuosas y generosas, estas jóvenes mujeres se animaron en seguida a presentar sus servicios. Eran muchas las que querían ir, desde luego ajenas al peligro y al horror que supone una guerra que sólo sabían de oídas, pero las órdenes eran las órdenes y tan sólo había lugar para tres. Ante tal arrebato no quedó más remedio que echarlo a suertes y mediante una rifa se eligió quienes subirían al destacamento recién instalado en las montañas leonesas para auxiliar a los posibles heridos que surgieran. La decepción para las que se quedaron fue tan grande que acordaron que se harían turnos para que todas pudieran dar rienda suelta y satisfacer su espíritu caritativo.
Mi madre contaba que por esos azares del destino la suerte fue a parar a ella y a su hermana Pilín junto con la alegre Olga. Las dos hermanas era algo que su madre Pilar Yturriaga, viuda de Manuel Gullón, no iba a permitir. Pilar era mayor que Maca (mi madre) así que se convino que primero iría la mayor y en el relevo iría Maca. El lugar de Maca lo sustituyó la prima de ellas, Octavia. Olga era la más risueña, la más jovial, la más joven (23 años). Pilar dicen que era la más guapa, la más elegante, quizás un poco estirada (25 años). Octavia (41 años) era la más seria, también era la mayor y con temperamento un poco monjil. Eso comentan quienes las conocieron.
Allí se fueron las tres astorganas orgullosas y felices con sus flamantes uniformes de enfermeras un día de agosto del 36. El destacamento militar al que fueron asignadas estaba en lo alto de las montañas en donde no había un frente abierto sino que era un puesto militar de vigilancia. La función militar era la de sostener la línea fronteriza de los, ‘rebeldes’, insometidos asturianos por lo que cotidianamente se encontraban con pequeñas escaramuzas y enfrentamientos aislados.
Ellas estaban felices sintiéndose imprescindibles, valiosas y útiles por primera vez en su vida, así que cuando las solícitas enfermeras que se habían quedado en Astorga haciendo rifas para recaudar dinero para ‘la causa’ reclamaron los puestos, el relevo, las tres enfermeras se resistieron a bajar de las montañas.
Y llegó octubre. Doña Pilar Yturriaga muy preocupada por los fríos de la montaña manda ropa de abrigo a través del capitán Nonides que baja de vez en cuando a Astorga y sube a Somiedo cargado de cosas y cartas. Cartas de protestas reivindicativas de las primas y amigas, a las que les parecía mucho más interesante estar arriba que abajo. Carta de la madre de Octavia, muy nerviosa por el tiempo que ya llevaba su única hija libre (su otra hija estaba ‘consagrada a Dios’, es decir, era religiosa) en lugar tan peligroso y la conmina a que baje que su prima Maca está deseando sustituirla.
Estas últimas cartas nunca llegaron a su destino. Están escritas un martes 27 de octubre del 36. Al día siguiente los ‘rebeldes’ asturianos enfurecidos por el persistente cerco de la ciudad de Oviedo que no lograban romper habían decidido dar un escarmiento a estos ‘nacionales intrusos’ y cambiaron de rumbo su objetivo y sorprendieron en la nocturnidad al destacamento vigilante de las montañas de Somiedo y arrasaron con todos.
Sobre las muertes de las enfermeras se ha hecho mucha leyenda, mucha leyenda interesada, que a base de repetir y repetir, como las mentiras de los políticos, llegan a parecer una gran realidad histórica, pero ese es otro cantar.
Hoy las tres jóvenes de Astorga, las enfermeras de la Cruz Roja, las mártires de Somiedo van camino de ser Santas. El Papa les ha abierto las puertas a su santidad.
Mi madre nunca se recuperó del todo de aquel insólito e inesperado avatar y nos inculcó toda la vida su amor y su devoción por su queridísima hermana mayor. Hoy estaría henchida de orgullo y me alegro enormemente por ella.
O témpora o mores






