Aidan Mcnamara
Domingo, 23 de Junio de 2019

Ma Nada Sup Remo

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Ya sé, ya lo sé. Jugar con palabras es de niños o, por lo menos, hay formas más dignas de lucirse. No se trata tampoco de llamar la atención. Pero para coser la risa (expresión que se oye en las Casas del Pueblo en Andalucía) hay que desmontar la realidad con herramientas poco ortodoxas.

 

Los instrumentos convencionales sí, también sirven para analizar la locura siempre que se empleen con tesón y honestidad. Para buscar la coña (porque si me pongo serio, lloro) en asuntos de la actualidad hay que controlar con lupa los hechos y luego marcharte muy lejos del cráter de la polémica, la  que toque, para ver el contexto. No se puede seguir una obra de teatro de un elenco variado si te limitas a escuchar los parlamentos de un solo personaje.

 

Todo el mundo sabe, quiero decir todo el mundo y ustedes, queridos lectores, lo que es el amor y lo que es la maldad. Pero todos nos sentimos impotentes cuando el Estado está a siglos de la realidad social y nos trata todavía como a niños. Hacemos bien en reclamar que se mantenga la separación de poderes en un Estado de Derecho pero no nos olvidemos que en Las Cortes hacemos las mismísimas leyes por representación democrática y que la interpretación de los jueces debe ser otro espectáculo (lamentable) pero muy distinto.

 

Y los que redactan (los autores materiales, las personas físicas, los funcionarios escribanos)  las leyes…pues me encantaría ir de copas con ellos para comparar glosarios y conceptos, por ejemplo, sedición, abuso sexual, rebelión, violación, golpe de estado etc.… y me gustaría mucho ver los correos electrónicos que se habrán intercambiado los fiscales del Estado con sus homólogos ahí en los lander alemanes o en Bruselas o en Estrasburgo y, de paso, saludar y charlar con los cuerpos y las fuerzas de seguridad de Waterloo, para poner un ejemplo banal, inútil. O sea, un sueño.

 

Ya vemos, la prensa trata de ayudarnos pero la prensa está a menudo maniatada por falta de acceso a la documentación más íntima (clasificada es eufemismo de importación yanqui) de la maquinaria Estatal. (Por eso y por desgracia, los medios son muy a menudo más informativos que explicativos.)

 

Entonces, en otro momento, leo una entrevista con Aitor Esteban en la cual contesta, entre otros temas, la siguiente pregunta:

 

Un clásico de su programa: cambiar la Ley de Secretos Oficiales. ¿Por qué España se resiste a desclasificar sus secretos?

 

"No lo entiendo, de verdad. Si se compara la ley con las del entorno, todas son de plazos. En España no es sólo que no estén desclasificados documentos del franquismo, de la Transición o incluso de siglos anteriores, sino que el Consejo de Ministros puede clasificar una documentación como secreta y el acuerdo, a su vez, es secreto. ¡No hay manera de saber lo que es secreto! Es un caos. Es una vergüenza. Es uno de mis objetivos cambiar eso. Imagínate que consigues la sentencia por la que tu abuelo fue condenado a muerte por el franquismo. Si la consigues, te la van a dar con los nombres tachados, hasta el de tu abuelo. ¿No tengo derecho a saber qué le pasó a mi abuelo?"

 

https://www.eldiario.es/norte/euskadi/partido-centrado-panorama-politico-Espana_0_892061166.html

 

La broma es magnífica y obvia, si no consciente. Si no hay manera de saber lo que es secreto!, ¿cómo se llega a saber que no hay manera de saber?

 

…Y me pregunto, a pesar de que mis amigos liberales insistan en que no le haga caso a Don Aitor, dos cosas: a) ¿Está preocupado El Supremo por su reputación más allá de las fronteras españolas? y b) si es así ¿Quién fue el jefe del Estado desde el 1 de octubre de 1936 y si aquel sería capaz de diferenciar un caso de abuso sexual de una violación grupal?

 

Y con la retranca más solemne y sin ganas de ofender, concluyo que habrá rectificado El Supremo de manera radical en cuanto a las sentencias sobre la Manada…..gracias a Puigdemont.

 

¿Cinismo? ¿Mal gusto? No sé. Pero sí sé que las palabras cuentan y si mi interpretación es atroz y llena de sorna, achaquémoslo a la indignación y la frustración experimentadas por la gente humilde… como Miguel Hernández.

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