Javier Huerta
Sábado, 29 de Junio de 2019

Caciques

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Pronto se cumplirán los cien años del estreno de Los caciques, una de las comedias más felices de don Carlos Arniches. Pertenece al ciclo de las por él llamadas tragedias grotescas (junto a La señorita de Trevélez o Es mi hombre), en las cuales la risa escapa de la comicidad frívola y acomodaticia para ponerse al servicio de la sátira y la crítica a veces no poco ácidas de la sociedad. Poco atendida por los directores de escena, tuve la suerte de ver, en los años 70, la formidable versión que de la obra hizo el gran José Luis Alonso en el Teatro María Guerrero, con una luminosa escenografía de Mingote y un reparto sensacional al frente del cual figuraba el no menos grande José Bódalo. Hace dos temporadas Ernesto Caballero la recuperó para el Centro Dramático Nacional (la dirección corrió a cargo del veterano Ángel Fernández Montesinos), y se pudo comprobar que la pieza no había perdido actualidad en cuanto a su denuncia de la corrupción política, una de las peores lacras de la España democrática.

           

 

Cuando su estreno, esa lacra iba ligada, desde los tiempos de la Restauración, al caciquismo, degeneración del sistema político contra la que habían disparado, antes que Arniches, escritores como Pérez Galdós, Benavente, Azorín y Baroja, entre otros. El Diccionario de la Real Academia define al cacique como aquella «persona que valiéndose de su influencia o riqueza interviene arbitraria o abusivamente en la política y administración de una comunidad». No todos saben, sin embargo, que la palabra es de origen amerindio, pues el cacique era como se llamaba al “jefe de algunas tribus de indígenas, en América Central o del Sur”, según el propio Diccionario académico. Y es, en fin, un préstamo de nuestra lengua a otras europeas, que la deben considerar intraducible.

 

 

La novedad de Arniches, respecto de los precedentes señalados, es que supo sacarle toda la punta tragicómica al asunto del caciquismo: a la burla del bipartidismo de entonces (el partido miista y el partido otrista), agrega la de la práctica caciquil de algunos alcaldes, como el protagonista, que responde al ridículo nombre de don Acisclo Arrambla Pael, y que representa la mentalidad caciquil de muchos políticos de entonces y de ahora, cuyo retrato tendría los siguientes rasgos. El cacique es, en primer lugar, persona acaudalada y, por tanto, prepotente en grado sumo y por demás autoritario. En segundo lugar, el cacique quiere tenerlo todo bajo control, y para ello establece lo que hoy se llaman redes clientelares, que suponen el voto cautivo de ciertos ciudadanos, para él nada más que súbditos despreciables. Y, en tercer lugar, el cacique aborrece la educación y la cultura, pues sabe ?y en esto no se equivoca? que ambas son las únicas armas que hacen libres a las personas: cuanto más ignorantes más resignadas y manipulables, según lo viera Cervantes en su entremés de La elección de los alcaldes de Daganzo, actualísimo también a pesar de sus cuatrocientos años de existencia.

 

 

El pensamiento reformista ?que no revolucionario? de Arniches lo lleva en Los caciques a proclamar, por boca de uno de sus personajes menos esperpénticos, una conclusión moral o moraleja, con la que nuestro comediógrafo quería despertar la dormida conciencia de los espectadores de entonces: “¡Ah, y que conste que los españoles no podremos gritar con alegría ‘¡Viva España!’ hasta que hayamos matado para siempre el caciquismo!”.

 

 

Mucho ha mejorado la sociedad española durante los cien años que nos separan del estreno de Los caciques, y, en particular, durante los últimos cuarenta de democracia. Pero no es menos cierto que algunos detestables hábitos siguen arraigados por desgracia entre nosotros, como esos vestigios del caciquismo prepotente, autoritario e inculto, tan genialmente puesto en solfa por Arniches.

 

 

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