Pizarras calientes
![[Img #44479]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/07_2019/4318_escanear0036.jpg)
Hubo una vez, en un país muy lejano, un tiempo en que las salas de profesores eran punto de reunión, relación y apoyo entre los miembros de un claustro de gran movilidad e itinerancia, casi siempre a la greña con una administración tantas veces madrastra. En ellas se trababan amistades, grupos de teatro, clubes de lectura, de excursionistas, de debate. El mundo digital aún no había perpetrado su golpe de estado, por lo que el lugar desde el que el ordenador impone hoy dictadura autista lo ocupaba la familiar mesa camilla de las confidencias y los intercambios pedagógicos, de los relatos al amor de la lumbre y los consejos intergeneracionales. Si el borboteo de la máquina de café industrial añadía música a la letra docente, en las cantinas los productos eran naturales y baratos. Su apariencia de sala de estar, a salvo del guirigay adolescente, nada tenía que ver con las actuales “salas de profesorado” (más bien “de procesado”), donde languidecen, de cara a la pared, sombras absortas ante el ruedo de una pantalla en que lidiar con ítacas, sénecas, esferas y otros miuras, donde completar actas, informes, programaciones y adaptaciones, criaturas del Averno burocrático que adelantan in vita lo que nos absorberá in morte al finalizar el curso del que se sale, si se sale, con la moral profesional para el arrastre, sin orejas y sin rabo.
No, antaño no había (y esto empieza a parecerse a un planto del cualquiera-tiempo-pasado-fue-mejor) multi-informes multi-individualizados de los alumnos, pero sabías todo de cada uno; te sentabas a su lado en la biblioteca para repasar la sintaxis o los jerigóngoros barrocos, en un aula vacía para escuchar sus confidencias, en una esquina del patio para enjugar con tu pañuelo de experiencia sus problemas con el amor, con la comida, con los padres, con los compañeros burlones, con ese profesor que se jactaba del mucho suspender, con la carga insoportable de la adolescencia…
Recientes estudios de especialistas en salud laboral e importantes compañías de recursos humanos inciden en la importancia que desempeña el clima laboral en la productividad: algunas de las consecuencias directas que se pueden extraer de un ambiente de trabajo favorable son una mayor productividad, disminución de bajas médicas, mayor empatía y, por tanto, cooperación y trabajo en equipo, etc.
Por el contrario, un clima de trabajo negativo tiene como resultado un malestar generalizado que influye en la toma de decisiones, en la atención al cliente, en la calidad del servicio y, en definitiva, en un menor rendimiento.
¿Habrá alguna consejería o dirección territorial que haya considerado estos parámetros? Mucho me temo que no es este uno de los problemas que les quita el sopor funcionarial a los más altos responsables en Educación. Si es que alguno lo hace.
Sin embargo, ir contento al trabajo o agobiado de antemano no causan los mismos efectos, y más si estamos hablando de un receptor humano que percibirá claramente si su interlocutor se siente a gusto, relajado, intimidado, tenso; si se vuelca en la clase que va a impartir o solo anhela con todas sus células que llegue la hora de fugarse del Alcatraz del aula. Si se siente apoyado por padres y equipos directivos o espiado, amonestado y sobre todo juzgado por el número de aprobados y no por el empeño, rigor, profesionalidad y justicia que se hayan invertido para llegar a cada uno de ellos. Pero los vientos aúllan y huracanean en dirección contraria y hay que enlucir las estadísticas para que no asome sus orejas lobunas la amenaza impronunciable del fracaso escolar.
De un tiempo a esta parte todo parece centrarse en la burocracia, las TICS, las aulas virtuales, pizarras digitales, tabletas y móviles que administran el oxígeno o el soma con que nuestros adolescentes se ‘conectan’ con lo más lejano mientras se mantienen cada vez más ajenos a lo próximo, en detrimento del tan necesario contacto humano. A pesar de las loas al ‘aprendizaje cooperativo’, la ‘inclusión’, la ‘conciencia de grupo’ y otros etecés, lo único que vale son los números y los neones del escaparate, no lo que palpita debajo. La cantidad en lugar de la calidad; la apariencia con sus plurilingüismos de pacotilla, sus vendehumos de neologismos que bautizan una y otra vez los mismos perros cada vez más escuálidos, o la filfa de la gamificación, no la música callada que ahonda y deja huella. Todo sea por la popularidad del aprobado –a quién importa de qué manera- frente al criterio profesional de quien se desoja sopesando no solo a dónde se ha llegado, sino el trayecto mismo. Malo y muy malo es que se aplique ese criterio a la política, pero ¡a la enseñanza!
No, de ninguna manera. El fin –el aprobado- no lo es todo. Es una cáscara vacía si no se entrega acompañado de un aprendizaje previo, de curiosidad y aprecio por el conocimiento, de una educación para la convivencia y el respeto ante todas las opciones, de la adquisición de estrategias y valores con que afrontar el mundo para el que se les está formando. Y en la palabra ‘mundo’ cabe íntegro el mundo, no solo aquellas instrucciones pragmáticas que nos convierten en monos amaestrados para desarrollar una labor más o menos ‘útil’ y por ello remunerada (aunque sea en miseria 2.0), sino la pátina cultural que se ha ido decantando a través de los siglos, con sus descubrimientos y sus tragedias, y que es necesario transmitir como el más valioso de los legados. En eso consiste ser profesor.
Ser profesor no es ser un mártir ni una pieza prescindible y privilegiada de la que todos desconfían. Ser profesor es bajar a tierra y mancharse del mismo barro que sus alumnos, que tienen nombre, apellidos, ortodoncia, granos en la cara, ojos garzos, pelos azules, la mágica capacidad para no ver más allá del día siguiente, la sensibilidad a flor de piercing y acaso una prometedora carrera como delincuentes ortográficos o grafiteros de pro; que acumulan errores, apoyo o la amarga soledad de los números primos frente a un entorno que los manipula con el reclamo de lo fácil pero sin educarlos en el mérito del esfuerzo. No son solo TDH o TDA, disléxicos, dislálicos, disgráficos o discutidores diplomados; son ellos mismos, cada uno en su cadaunez, no síndromos y síntomos inamovibles. Porque clasificar no es entender, sentir a una con el clasificado. De eso quienes saben mucho son los entomólogos, y más aún los bichos crucificados sobre un corcho.
Cuanto más reduzcamos a las personas a meros expedientes y datos, más las convertiremos en individuos, tal y como los ciudadanos hemos pasado a ser contribuyentes y los clientes consumidores sacrificados en el altar del timo. Las palabras tienen su matiz, pero las personas tenemos las infinitas combinaciones del arco iris para identificarnos; y para conocer, enseñar, evaluar y sentenciar es preciso disponer de tiempo, de un número de alumnos sobrellevable, el trato cercano, la burocracia mínima, la humanidad máxima. La flexibilidad de la palabra y el latido por encima de la pétrea testarudez de las estadísticas. El contacto y la complicidad de los padres, con los que se debería ir en busca del mismo grial: formar e instruir en el amor por el conocimiento y en el respeto por mérito obtenido mediante el esfuerzo. Y, desde luego, rizando el imposible: contar, ante cualquier conflicto, con el respaldo de la inspección. Esa quimera.
Quizás todo sea, al cabo, tan fácil como avanzar afirmando los pies sobre los aciertos del pasado, como elegir el retorno a lo sencillo. A los pueblos, a los alimentos sin ultraprocesar, a las viejas salas de profesores.
![[Img #44479]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/07_2019/4318_escanear0036.jpg)
Hubo una vez, en un país muy lejano, un tiempo en que las salas de profesores eran punto de reunión, relación y apoyo entre los miembros de un claustro de gran movilidad e itinerancia, casi siempre a la greña con una administración tantas veces madrastra. En ellas se trababan amistades, grupos de teatro, clubes de lectura, de excursionistas, de debate. El mundo digital aún no había perpetrado su golpe de estado, por lo que el lugar desde el que el ordenador impone hoy dictadura autista lo ocupaba la familiar mesa camilla de las confidencias y los intercambios pedagógicos, de los relatos al amor de la lumbre y los consejos intergeneracionales. Si el borboteo de la máquina de café industrial añadía música a la letra docente, en las cantinas los productos eran naturales y baratos. Su apariencia de sala de estar, a salvo del guirigay adolescente, nada tenía que ver con las actuales “salas de profesorado” (más bien “de procesado”), donde languidecen, de cara a la pared, sombras absortas ante el ruedo de una pantalla en que lidiar con ítacas, sénecas, esferas y otros miuras, donde completar actas, informes, programaciones y adaptaciones, criaturas del Averno burocrático que adelantan in vita lo que nos absorberá in morte al finalizar el curso del que se sale, si se sale, con la moral profesional para el arrastre, sin orejas y sin rabo.
No, antaño no había (y esto empieza a parecerse a un planto del cualquiera-tiempo-pasado-fue-mejor) multi-informes multi-individualizados de los alumnos, pero sabías todo de cada uno; te sentabas a su lado en la biblioteca para repasar la sintaxis o los jerigóngoros barrocos, en un aula vacía para escuchar sus confidencias, en una esquina del patio para enjugar con tu pañuelo de experiencia sus problemas con el amor, con la comida, con los padres, con los compañeros burlones, con ese profesor que se jactaba del mucho suspender, con la carga insoportable de la adolescencia…
Recientes estudios de especialistas en salud laboral e importantes compañías de recursos humanos inciden en la importancia que desempeña el clima laboral en la productividad: algunas de las consecuencias directas que se pueden extraer de un ambiente de trabajo favorable son una mayor productividad, disminución de bajas médicas, mayor empatía y, por tanto, cooperación y trabajo en equipo, etc.
Por el contrario, un clima de trabajo negativo tiene como resultado un malestar generalizado que influye en la toma de decisiones, en la atención al cliente, en la calidad del servicio y, en definitiva, en un menor rendimiento.
¿Habrá alguna consejería o dirección territorial que haya considerado estos parámetros? Mucho me temo que no es este uno de los problemas que les quita el sopor funcionarial a los más altos responsables en Educación. Si es que alguno lo hace.
Sin embargo, ir contento al trabajo o agobiado de antemano no causan los mismos efectos, y más si estamos hablando de un receptor humano que percibirá claramente si su interlocutor se siente a gusto, relajado, intimidado, tenso; si se vuelca en la clase que va a impartir o solo anhela con todas sus células que llegue la hora de fugarse del Alcatraz del aula. Si se siente apoyado por padres y equipos directivos o espiado, amonestado y sobre todo juzgado por el número de aprobados y no por el empeño, rigor, profesionalidad y justicia que se hayan invertido para llegar a cada uno de ellos. Pero los vientos aúllan y huracanean en dirección contraria y hay que enlucir las estadísticas para que no asome sus orejas lobunas la amenaza impronunciable del fracaso escolar.
De un tiempo a esta parte todo parece centrarse en la burocracia, las TICS, las aulas virtuales, pizarras digitales, tabletas y móviles que administran el oxígeno o el soma con que nuestros adolescentes se ‘conectan’ con lo más lejano mientras se mantienen cada vez más ajenos a lo próximo, en detrimento del tan necesario contacto humano. A pesar de las loas al ‘aprendizaje cooperativo’, la ‘inclusión’, la ‘conciencia de grupo’ y otros etecés, lo único que vale son los números y los neones del escaparate, no lo que palpita debajo. La cantidad en lugar de la calidad; la apariencia con sus plurilingüismos de pacotilla, sus vendehumos de neologismos que bautizan una y otra vez los mismos perros cada vez más escuálidos, o la filfa de la gamificación, no la música callada que ahonda y deja huella. Todo sea por la popularidad del aprobado –a quién importa de qué manera- frente al criterio profesional de quien se desoja sopesando no solo a dónde se ha llegado, sino el trayecto mismo. Malo y muy malo es que se aplique ese criterio a la política, pero ¡a la enseñanza!
No, de ninguna manera. El fin –el aprobado- no lo es todo. Es una cáscara vacía si no se entrega acompañado de un aprendizaje previo, de curiosidad y aprecio por el conocimiento, de una educación para la convivencia y el respeto ante todas las opciones, de la adquisición de estrategias y valores con que afrontar el mundo para el que se les está formando. Y en la palabra ‘mundo’ cabe íntegro el mundo, no solo aquellas instrucciones pragmáticas que nos convierten en monos amaestrados para desarrollar una labor más o menos ‘útil’ y por ello remunerada (aunque sea en miseria 2.0), sino la pátina cultural que se ha ido decantando a través de los siglos, con sus descubrimientos y sus tragedias, y que es necesario transmitir como el más valioso de los legados. En eso consiste ser profesor.
Ser profesor no es ser un mártir ni una pieza prescindible y privilegiada de la que todos desconfían. Ser profesor es bajar a tierra y mancharse del mismo barro que sus alumnos, que tienen nombre, apellidos, ortodoncia, granos en la cara, ojos garzos, pelos azules, la mágica capacidad para no ver más allá del día siguiente, la sensibilidad a flor de piercing y acaso una prometedora carrera como delincuentes ortográficos o grafiteros de pro; que acumulan errores, apoyo o la amarga soledad de los números primos frente a un entorno que los manipula con el reclamo de lo fácil pero sin educarlos en el mérito del esfuerzo. No son solo TDH o TDA, disléxicos, dislálicos, disgráficos o discutidores diplomados; son ellos mismos, cada uno en su cadaunez, no síndromos y síntomos inamovibles. Porque clasificar no es entender, sentir a una con el clasificado. De eso quienes saben mucho son los entomólogos, y más aún los bichos crucificados sobre un corcho.
Cuanto más reduzcamos a las personas a meros expedientes y datos, más las convertiremos en individuos, tal y como los ciudadanos hemos pasado a ser contribuyentes y los clientes consumidores sacrificados en el altar del timo. Las palabras tienen su matiz, pero las personas tenemos las infinitas combinaciones del arco iris para identificarnos; y para conocer, enseñar, evaluar y sentenciar es preciso disponer de tiempo, de un número de alumnos sobrellevable, el trato cercano, la burocracia mínima, la humanidad máxima. La flexibilidad de la palabra y el latido por encima de la pétrea testarudez de las estadísticas. El contacto y la complicidad de los padres, con los que se debería ir en busca del mismo grial: formar e instruir en el amor por el conocimiento y en el respeto por mérito obtenido mediante el esfuerzo. Y, desde luego, rizando el imposible: contar, ante cualquier conflicto, con el respaldo de la inspección. Esa quimera.
Quizás todo sea, al cabo, tan fácil como avanzar afirmando los pies sobre los aciertos del pasado, como elegir el retorno a lo sencillo. A los pueblos, a los alimentos sin ultraprocesar, a las viejas salas de profesores.






