Ángel Alonso Carracedo
Sábado, 13 de Julio de 2019

¿Negocio?... ¡¡¡Viva el disparate!!!

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El mundo globalizado por yanquilandia es el señuelo de las reglas del imperio. Un imperio sui generis, cuya ocupación geográfica no precisa de legiones,  tercios mamelucos o lanceros, como antaño. Basta con esparcir por los territorios la semilla de las empresas multinacionales en forma de dólares como horda invasora. Negocio es el estandarte de la actualidad, como el SPQR fue hace dos milenios la huella de Roma en la cima de la historia.

 

Negocio es el ¡¡¡ábrete Sésamo!!! de la modernidad. El salvoconducto de la cueva de ladrones. La llamada es una constante de la historia. No ha habido nación dominante que no haya esquilmado las riquezas de geografías ajenas esclavizando a las poblaciones. Todo un continente, el africano, fue el patio de monipodio de una Europa que perpetuó su liderazgo arrancando a la tierra de las colonias  todas las materias primas que permitían a las metrópolis seguir fabricando sus sueños de poder a la vuelta de la esquina de una decadencia cantada.

 

No hay por qué engañarse, un imperio se asemeja en los modos y maneras miserables a los que le precedieron y sucedieron. Pero en los que se asentaron antes que éste, junto a la lacra de la explotación, floreció, en forma de contrapeso, un emporio en las artes y las ciencias. En el del otro lado del océano, la aportación que se adivina se esconde bajo una revolución tecnológica que ya ha arrasado con las humanidades y se dispone a hacerlo con el ser humano bajo la advocación de la robótica. Todo ello en el nombre sacrosanto del negocio La tenebrosidad futura de la máquina conquistando el cerebro del hombre, como ya lo hace con toda una generación el dispositivo bautizado (¿ironía? y/o ¿premonición?),  como teléfono inteligente, como esa astucia innata y sofisticada de los cazadores de voluntades.

 

Nuestra Europa, cuna de la civilización occidental, atraviesa una de sus mayores crisis de identidad en su moderna historia, la reciente etapa que la apartó de su belicosidad endémica.  El viejo continente quiere construirse como una entidad supranacional, seguramente el recurso de subsistencia e identidad que le queda ante la ofensiva de otros contrapoderes geopolíticos, incluido el de dolarilandia. Pero ella también se dota de la soga con la que ahorcarse priorizando un espacio de mercados sobre otro de ciudadanos. Eso se llama edificar la casa por el tejado. Y a los últimos resultados electorales en sus estados miembros hay que atenerse.

 

Yendo a lo pedestre, negocio, todo hay que decirlo, palabra legítima, hoy se adultera como significado justificativo de la normalización del disparate. Basta con las cuentas de la lechera, si se percibe beneficio, es nitroglicerina para la colectividad. El imperio dominante ha hecho abdicar de toda ética a la ciencia económica. La ganancia rápida y sin cortapisas es la gran quimera. ¡¡¡A por ella, pues!!!

 

Aparte de esa tecnología, todavía sin domesticar, para no ahuyentar el ingente beneficio esperado, el ejemplo palmario  viene de la mano de la concepción moderna del turismo. En su día fue sinónimo de viajar, de imbuirse de culturas ajenas que hacían a la gente más cosmopolita; de recrearse en la visión de una obra de arte, de un monumento; de gozar del sonido silencioso de la naturaleza en campo o playa. Un concepto enriquecedor  desde el minuto uno para viajeros y lugareños. Amistoso, nunca hostil. Viajar se ha intoxicado con el verbo turistear, una de las consecuencias de la masificación como negocio. Las nuevas hordas del imperio global son las avalanchas de turistas tomando las ciudades  y rompiendo el orden y la convivencia de los residentes.

 

Madrid, la ciudad donde vivo casi todo el año, empieza a padecer semejante plaga; pero todo está permitido porque se olfatea negocio: queda abierta de par en par la puerta del disparate. Era una ciudad deliciosa para el paseo, siempre, como decía Alberti, mirando hacia lo alto. Caminar ahora por sus calles es llevar los ojos posados en el suelo, no sea que te tropieces con una de las mesas de las innumerables terrazas dispuestas caóticamente en aras a un turista de trasiego incesante de cervezas.

 

Un, ¿le llamamos viajero a eso? que ha suscitado en el tiburoneo de la especulación inmobiliaria  la hucha sin fondo de los apartamentos turísticos, sembrada de vacíos legales, y que lleva camino de imposibilitar soluciones habitacionales a una juventud castigada en sueldos de miseria, prisionera del alquiler como único mecanismo de emancipación paterna. Eso, sin contar las continuas quejas de vecindarios, que han visto menoscabada su calidad de vida con esta invasión turística de mochila y mortadela, y que deja su huella en un reguero de mierda y basura que se recoge con el sufragio fiscal del contribuyente.

 

La condición de viandante se ha convertido en alto riesgo sorteando la nueva fauna de ciclistas, patinadores, patineteros y otros usuarios de artilugios rodantes, bendecidos por la corrección política de un ecologismo de última hora, que invade con total impunidad el espacio perteneciente al ecologista de siempre: el peatón. Pero es que la movilidad en las urbes ya es negocio

 

Sinceramente: oigo a esta caterva de mercadotécnicos de manual  decir aquí hay negocio…y se me hiela la sangre.

                                                                                                               

 

         

  

      

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