RELATO
Decisión
![[Img #46416]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/10_2019/5814_dsc_0076-2.jpg)
El viejo intuyó que ya había masticado todo su tiempo. Total, ¿qué podía quedarle? un año, un instante, dos meses, dos años a lo sumo. Uno nunca lo sabe, después de tres infartos nadie lo diría. La suerte y la buena estrella permanecían ahí de modo inexplicable, sobre su cabeza. Coronándola con una aureola protectora.
Se levantó de la cama, tomó un breve desayuno junto a su medicación, y salió a pasear por la playa como de costumbre. Las piernas de las mujeres le atraían y allí sobre la arena desplegaba sus artes de voyeur. Era un viejo verde incorregible y molesto. Un mirón de playa, que constituye lo peor que un hombre de su edad puede llegar a ser. Pero de ahí no pasaba, en el fondo conservaba una ternura y admiración por las mujeres sin parangón.
Siempre había sido muy enamoradizo y se tomó como una tragedia cada uno de sus fracasos. Un fracasado, eso fue siempre. Ateo, republicano y fracasado en amores. Un soñador que leía todo lo que caía en sus manos a pesar de no haber ido demasiado a la escuela.
El trabajo nunca le faltó. Duras labores de albañilería que le llevaron por todo el país mediante contratas de empresas tiranas. A veces no pagaban mal pero el día a día pasaba su factura. Durante un tiempo se refugió en la bebida: lo que le acarrearía sus posteriores problemas de salud.
Durante esa época de su vida disfrutó de un amor en cada puerto. Vida errante, pensiones, hoteles de tercera, casas de citas, trabajo y más trabajo del que desconectar.
Entre borracheras, y amores de paso y pago, transcurrió el tiempo sin darse apenas cuenta.
Realizando balance reconoció con los años que, a pesar de tanto devaneo fugaz, tan sólo una mujer mayor, que conoció en una ciudad de provincias, le había marcado a fuego. Y ahora se hallaba convertido en esto... un saco de huesos abierto en canal tras la operación de corazón. Dependiendo de una esposa con la que no congenió jamás y una suegra casi centenaria, gallega y mandona que le había amargado media existencia. Duro de aceptar.
Maldita vida atropellada; y todo por no quedarse solo. Cuando la soledad en compañía es lo más inaceptable del mundo y hiere tanto.
El tiempo corría en su contra y durante los paseos playeros las ideas se agolpaban en su mente pugnando por encontrar alguna salida. Siempre quiso regresar a la ciudad que le había marcado. Recorrer de nuevo sus avenidas de casas solariegas, tomar un aperitivo en la cafetería del hotel donde la conoció y espiarla a la salida de misa. En aquella época ella era profundamente religiosa, y a pesar de eso la admiró por su cultura y clase. Ella le enseñó a escoger lecturas visitando bibliotecas y librerías de viejo. Le debía tanto... comenzaría a buscarla.
Sus primeras pesquisas se centraron en las redes sociales, de las que era muy aficionado, pues en el ayuntamiento de su pueblo se apuntó a todas las clases de informática que ofertaron. Aprendió lo suficiente como para manejar su propio ordenador y las tardes de invierno cambiaron de rumbo. Pasaba horas entretenido con el ‘juguete mágico’- como su suegra lo denominaba-
Al poco tiempo obtuvo referencias. El apellido de su amada no era nada corriente, y aunque intuía que ella jamás constaría en la red, salvo por sus referencias como maestra en la página del ministerio de educación, sí encontró a su sobrino con el que no dudó en ponerse en contacto para saber de ella. A los pocos días recibió respuesta. Ella vivía y suspiró aliviado, nervioso, ilusionado; aunque pensó que quizá se había excedido en su atrevimiento. No importaba, le escribiría una carta de su puño y letra, seguramente a ella se le saltarían las lágrimas de emoción.
La respuesta tardó en llegar unos días, no demasiados, era una señal maravillosa. La letra era la misma aunque algo inclinada, más pequeña, pero la misma. Le contaba que la ciudad había cambiado mucho desde entonces, ahora sus calles doradas y amplias lo eran más aún. Sus monumentos se encontraban restaurados y las fachadas de los edificios refulgían esplendorosas. Ella, achacosa y mayor, nunca le olvidó; ya era hora de expresar lo que sentía.
El viejo no dudó. Ya no podía permitírselo. El tiempo se escurría como jabón viscoso de lado a lado del lavabo. La pirueta final había de producirse.
Estudió los horarios de los trenes. Preparó su vieja maleta de piel de becerro, de la que nadie se acordaría, y la rellenó con lo necesario para no levantar sospechas, el grueso de sus pertenencias quedarían en la casa, pues ya era tiempo de desprenderse y soltar el máximo lastre posible. Saldría de madrugada hacia la estación, cuando su mujer y su centenaria suegra durmiesen descuidadas e ignorantes de todo.
El plan que había trazado le resultaba casi perfecto y con un poco de suerte le darían por desaparecido. La playa era peligrosa y él un osado al que el oleaje ya le había dado algún buen susto tiempo atrás, el mar bajo aquellas agrestes colinas golpeaba muy bravo.
No podía creer que al fin iba a atreverse de veras a cumplir su sueño. El corazón le estallaba como si cien caballos trotasen cerca, desbocados y furiosos.
Salió entre las sombras, al alba. Con sigilo y extremada prudencia, casi recitando oraciones que aprendió de niño y que ahora, en esos instantes definitivos, la mente le devolvía como una letanía extraña, despidiéndose para siempre del paisaje que habitó.
Pasaron los días muy lentamente, diluidos en la pereza otoñal. Todo había quedado atrás. La estación ferroviaria se había olvidado ya de que un día recibió a su pasajero más devoto. Lo había arrojado lejos a través de las viejas vías. Tan lejos como viajan los que no desean regresar jamás.
Los diarios y las cadenas de televisión anunciaron la desaparición de un hombre mayor, necesitaba su medicación y quizá se hubiese desorientado en sus paseos. Solía salir a diario a caminar por la playa. Su mujer atendería todas las llamadas, pues era la única familia que le quedaba al desafortunado, a parte de una suegra incapacitada y centenaria.
Al cabo de un tiempo, cuando el suceso ya parecía irreversible, el mar escupió un cadáver irreconocible cerca de las rocas, sin documentación y sin señuelos, con el rostro y el torso devorados ya por los peces. Nadie dudó de que se trataba del viejo que había desaparecido hacía unos meses, ni siquiera el forense. La pesadilla había concluido y se celebró el sepelio sin más dilación. Todo el pueblo acudió al funeral del anciano paseante. El suceso quedó así presente para la extensa leyenda marinera de esas latitudes.
Mientras tanto en una ciudad de provincias, al otro extremo del país, dos viejecitos cogidos de la mano tomaban el aperitivo en un hotel muy céntrico. Quizás, más tarde, visitasen alguna librería o retomasen viejas conversaciones pendientes.
Era su tiempo, el tiempo que la vida les escondió en su momento y que ahora estrenaban.
![[Img #46416]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/10_2019/5814_dsc_0076-2.jpg)
El viejo intuyó que ya había masticado todo su tiempo. Total, ¿qué podía quedarle? un año, un instante, dos meses, dos años a lo sumo. Uno nunca lo sabe, después de tres infartos nadie lo diría. La suerte y la buena estrella permanecían ahí de modo inexplicable, sobre su cabeza. Coronándola con una aureola protectora.
Se levantó de la cama, tomó un breve desayuno junto a su medicación, y salió a pasear por la playa como de costumbre. Las piernas de las mujeres le atraían y allí sobre la arena desplegaba sus artes de voyeur. Era un viejo verde incorregible y molesto. Un mirón de playa, que constituye lo peor que un hombre de su edad puede llegar a ser. Pero de ahí no pasaba, en el fondo conservaba una ternura y admiración por las mujeres sin parangón.
Siempre había sido muy enamoradizo y se tomó como una tragedia cada uno de sus fracasos. Un fracasado, eso fue siempre. Ateo, republicano y fracasado en amores. Un soñador que leía todo lo que caía en sus manos a pesar de no haber ido demasiado a la escuela.
El trabajo nunca le faltó. Duras labores de albañilería que le llevaron por todo el país mediante contratas de empresas tiranas. A veces no pagaban mal pero el día a día pasaba su factura. Durante un tiempo se refugió en la bebida: lo que le acarrearía sus posteriores problemas de salud.
Durante esa época de su vida disfrutó de un amor en cada puerto. Vida errante, pensiones, hoteles de tercera, casas de citas, trabajo y más trabajo del que desconectar.
Entre borracheras, y amores de paso y pago, transcurrió el tiempo sin darse apenas cuenta.
Realizando balance reconoció con los años que, a pesar de tanto devaneo fugaz, tan sólo una mujer mayor, que conoció en una ciudad de provincias, le había marcado a fuego. Y ahora se hallaba convertido en esto... un saco de huesos abierto en canal tras la operación de corazón. Dependiendo de una esposa con la que no congenió jamás y una suegra casi centenaria, gallega y mandona que le había amargado media existencia. Duro de aceptar.
Maldita vida atropellada; y todo por no quedarse solo. Cuando la soledad en compañía es lo más inaceptable del mundo y hiere tanto.
El tiempo corría en su contra y durante los paseos playeros las ideas se agolpaban en su mente pugnando por encontrar alguna salida. Siempre quiso regresar a la ciudad que le había marcado. Recorrer de nuevo sus avenidas de casas solariegas, tomar un aperitivo en la cafetería del hotel donde la conoció y espiarla a la salida de misa. En aquella época ella era profundamente religiosa, y a pesar de eso la admiró por su cultura y clase. Ella le enseñó a escoger lecturas visitando bibliotecas y librerías de viejo. Le debía tanto... comenzaría a buscarla.
Sus primeras pesquisas se centraron en las redes sociales, de las que era muy aficionado, pues en el ayuntamiento de su pueblo se apuntó a todas las clases de informática que ofertaron. Aprendió lo suficiente como para manejar su propio ordenador y las tardes de invierno cambiaron de rumbo. Pasaba horas entretenido con el ‘juguete mágico’- como su suegra lo denominaba-
Al poco tiempo obtuvo referencias. El apellido de su amada no era nada corriente, y aunque intuía que ella jamás constaría en la red, salvo por sus referencias como maestra en la página del ministerio de educación, sí encontró a su sobrino con el que no dudó en ponerse en contacto para saber de ella. A los pocos días recibió respuesta. Ella vivía y suspiró aliviado, nervioso, ilusionado; aunque pensó que quizá se había excedido en su atrevimiento. No importaba, le escribiría una carta de su puño y letra, seguramente a ella se le saltarían las lágrimas de emoción.
La respuesta tardó en llegar unos días, no demasiados, era una señal maravillosa. La letra era la misma aunque algo inclinada, más pequeña, pero la misma. Le contaba que la ciudad había cambiado mucho desde entonces, ahora sus calles doradas y amplias lo eran más aún. Sus monumentos se encontraban restaurados y las fachadas de los edificios refulgían esplendorosas. Ella, achacosa y mayor, nunca le olvidó; ya era hora de expresar lo que sentía.
El viejo no dudó. Ya no podía permitírselo. El tiempo se escurría como jabón viscoso de lado a lado del lavabo. La pirueta final había de producirse.
Estudió los horarios de los trenes. Preparó su vieja maleta de piel de becerro, de la que nadie se acordaría, y la rellenó con lo necesario para no levantar sospechas, el grueso de sus pertenencias quedarían en la casa, pues ya era tiempo de desprenderse y soltar el máximo lastre posible. Saldría de madrugada hacia la estación, cuando su mujer y su centenaria suegra durmiesen descuidadas e ignorantes de todo.
El plan que había trazado le resultaba casi perfecto y con un poco de suerte le darían por desaparecido. La playa era peligrosa y él un osado al que el oleaje ya le había dado algún buen susto tiempo atrás, el mar bajo aquellas agrestes colinas golpeaba muy bravo.
No podía creer que al fin iba a atreverse de veras a cumplir su sueño. El corazón le estallaba como si cien caballos trotasen cerca, desbocados y furiosos.
Salió entre las sombras, al alba. Con sigilo y extremada prudencia, casi recitando oraciones que aprendió de niño y que ahora, en esos instantes definitivos, la mente le devolvía como una letanía extraña, despidiéndose para siempre del paisaje que habitó.
Pasaron los días muy lentamente, diluidos en la pereza otoñal. Todo había quedado atrás. La estación ferroviaria se había olvidado ya de que un día recibió a su pasajero más devoto. Lo había arrojado lejos a través de las viejas vías. Tan lejos como viajan los que no desean regresar jamás.
Los diarios y las cadenas de televisión anunciaron la desaparición de un hombre mayor, necesitaba su medicación y quizá se hubiese desorientado en sus paseos. Solía salir a diario a caminar por la playa. Su mujer atendería todas las llamadas, pues era la única familia que le quedaba al desafortunado, a parte de una suegra incapacitada y centenaria.
Al cabo de un tiempo, cuando el suceso ya parecía irreversible, el mar escupió un cadáver irreconocible cerca de las rocas, sin documentación y sin señuelos, con el rostro y el torso devorados ya por los peces. Nadie dudó de que se trataba del viejo que había desaparecido hacía unos meses, ni siquiera el forense. La pesadilla había concluido y se celebró el sepelio sin más dilación. Todo el pueblo acudió al funeral del anciano paseante. El suceso quedó así presente para la extensa leyenda marinera de esas latitudes.
Mientras tanto en una ciudad de provincias, al otro extremo del país, dos viejecitos cogidos de la mano tomaban el aperitivo en un hotel muy céntrico. Quizás, más tarde, visitasen alguna librería o retomasen viejas conversaciones pendientes.
Era su tiempo, el tiempo que la vida les escondió en su momento y que ahora estrenaban.






