Esteban Carro Celada
Domingo, 10 de Noviembre de 2019

La Astorga de los años 20 (IV)

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(...)

 

Publicidad rimada

 

Uno de los aspectos que más llamaba la atención en La Saeta era el de la publicidad. La revista se leía como rosquillas, desaparecían en un santiamén, en la pequeña Astorga de 8.000 habitantes con su flotante población veraniega. Por uno de sus anuncios, en interior de página sabemos que lo mismo se vendían máquinas de cine ‘Pathé Baby’ que escopetas de Caza Wolf, máquinas par­lantes, Solófonos y Vincitor, pianos automáticos Emerson e Imperial, relojes de pared “Triumf” o discos Pathé. Sin embargo, en cuanto a la medida del tiempo, los relojeros astorganos de muchas generaciones han hecho verdade­ras maravillas que son el pasmo de nuestro días. Habla sobre todo en la última página, un cementerio de humo­rismo vivo. Los 20 cuarteles de otros tantos anuncios, casi todos en verso, urdidos entre todos y materializados por Ricardo Gullón. Era una manera nueva de anunciarse, entre irreverente, burlona y juvenil. Elijamos algunos. En la plaza del Seminario, número dos, habla un bazar: “Mi Bazar”. Los mozos de La Saeta le endilgaron este anuncio con el que debía estar muy conforme el propietario:

 

¿Qué lleva esa buena moza

de ese porte angelical?

Lleva un objeto de loza

y otro objeto de cristal.

Ayer tarde lo ha comprado

y lo llevó sin mirar.

-¿Y no la habrán engañado?

-No, porque es de Mi bazar

 

Desde luego el anuncio resultaba ortográficamente mal puntuado. Era un diálogo en verso.

 

Mucho más original el de la sombrerería de Inocencio Herrero:

 

Un torero que estuvo en Manila,

dos tenientes y un cura francés,

un ciclista sin nombre de pila,

cuatro duques, un conde, un marqués,

un viajante que baila sin tasa

y un gomoso que sabe silbar,

ayer tarde les vi en esta casa

sus sombreros de paja comprar.

 

Bien se ve que estos jóvenes de La Saeta leían, por aquel entonces, a Jardiel Poncela y a Ramón Gómez de la Sema. Se interesaban por el modernismo, sí, pero tam­bién por los otros ismos de los años 20.

 

El anuncio de la Peluquería de Esteban Postigo decía:

 

Si Esteban me cortó el pelo,

el oficial me afeitó,

y hoy a cualquiera camelo

porque ni un ángel del cielo

está más guapo que yo.

 

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Las camisas de Montero se anunciaban con este ro­mancillo octosilábico:

 

Las camisas de Montero

son de calidad tan buena,

que nunca me compro espejo

porque me veo en la pechera.

 

La publicidad de “Los del Buen Gusto” sonaba así:

 

Corbatas, ropa interior

de señora y caballero,

todo por poco dinero

se puede comprar aquí.

Encajes y calcetines

corsés y cien cosas

más de balde las encontrarás.

¡Venid, señores, a mí!

 

Por último reproduciremos la décima compuesta para destacar las excelencias de la confitería de los tíos de Juan y Leopoldo Panero, cofundadores los últimos de La Saeta:

 

Guardias, ¡Auxilio, favor!

que en esta confitería

no descansan noche y día,

luchando con gran valor.

¡Acudid que causa horror

ver que se mata la gente

porque quiere diligente

todos los dulces comprar,

aunque tenga que matar

al que se le ponga enfrente!

 

 

Musas y chacotas

 

De esta manera salía cada domingo La Saeta. Sus redactores comenzaron a tomar el pelo a todo el mundo, pero como eran disparatadamente adolescente se ena­moraban de todas las chicas de forma platónica. Entre ‘Clarines’, ‘Sansón Carrasco’ y ‘Juan de Mena’ compo­nen una galería de muchachas astorganas cantadas en verso, que servían como musa a los estudiantillos. Gullón decía de M.T.T. que

 

“el viento ha querido borrar

de un soplo las huellas de tu pie divino

digno de náyades, sirenas del mar”.

 

La actitud madrigalista más piropeadora fue la de ‘Cla­rines’. Emma Criado tenía:

 

“talle esbelto de airosa palmera

tez morena de altiva sultana,

ojos negros de ninfa hechicera

y guedejas de moza serrana”.

 

Anita García, en el acróstico, aparte de hacer ocultar a nelumbos y jazmines, y hacer titilar a los astros incons­cientes, era resumida en un verso: “angélica y divina es tu hermosura”.

 

Pilar Julián era una muchacha de

 

“ojos garzos de ingenua sirena,

tez morena de ninfa marina,

candideces de musa latina

y esbelteces augustas de Helena”.

 

 

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Marina Alonso Benito no se quedaba en menos de “rosa de Estambul, reina mora de querúbico perfil”. Eloí­na Seco con sus “dientes chicos” era “primorosa como un ángel de Murillo, como un mágico querube de Rafael”.

 

Eulogia Julián contaba con el rostro divino de los Tizianos y los orfebres florentinos. Rostro por supuesto, “de nácar y de rosa -es tu mágica faz escultural”. Nieves Gavela pasaba entre miles de tenorios con su figura

 

“de figulina

y tú posabas el abanico

sobre los labios y sonreías”.

 

Al fin ‘Clarines’ nos asegura de ella que era ondina en aquella tarde de romería de mayo, en El Castro, quizá.

 

El poeta comenta, en verso, con una dama:

 

“Y es que, princesa, tu inocencia ignora

que mis trovas son trovas muy banales

y muy pobre mi lira inspiradora”.

 

En el último número de La Saeta es Flora Ordás la cantada —esta vez— por “Rubí”, es decir Dámaso Cansa­do:

 

“Rubia eres como el sol

blanca eres cual la luna”.

 

Con estos versos, los redactores de La Saeta traían alborotada a la juventud femenina astorgana. Cada una de las chicas esperaba salir al número siguiente e intrigaban sobre la voluntad de los redactores.

 

La Saeta tampoco podría definirse sólo por este aspec­to. Los jóvenes y mayores, las fuerzas vivas y el pueblo llano encontraban en ella otro 'panem et circenses'. La rechifla, la intención, la caricatura de los personajes más típicos de la ciudad, así como sus manías, sus quiebros, sus saludos, sus cantos y sus amorcillos o su mismo amor al morapio. A veces eran casi sanguinarios, porque referían y hacían chacota de defectos físicos, aunque esto sucedió las menos veces.

 

Evidentemente La Saeta, cada domingo, era un refresco y cierto oreo. Florencio Flórez escribía los ‘coletazos’: catapum-chichín. —Pin, pon, tarara. Tarará, pun, pan. Ba-rabán, chin, chin. Promete que

 

“por nadie ni por ninguno

te dejaré de informar

y así quiero demostrar

que no corto la coleta”.

 

En la correspondencia de la Dirección escriben delicio­sas gansadas como ésta dirigida a L.S.: “¿Tendría usted la amabilidad de enviarnos también la medida exacta de sus orejas? Deben ser deformes”. A don Cayo Pim, de San Román, le contestan tan agresivamente como lo indica este extracto: “¿por qué no publica usted sus memorias? Sería interesante. Hágalo y publíquelas bajo el titulo: Diario de un imbécil”. De lo que personalmente ya no estoy tan seguro es de que existiera este tal Cayo Prim.

 

 

La tecla crítica

 

En la tecla segunda se meten con los señoritos provin­cianos. ‘Palmerín’ comenta en ‘Rápidas’: "Son los seño­ritos provincianos, modelo de petulancia y presunción, que creen que no hay nada fuera de su sombrero de paja, blanco y nuevo, su termo impecable, sus calcetines de seda y zapatos de charol... llevan, bajo el chapeo, serrín, y frente al bolsillo del corazón de la americana, serrín también; podrán llevar en los del chaleco, mucho dinero, pero, ay, no sólo de pan vive el hombre”. Son los aristó­cratas, molestos por la salida de La Saeta, los que comienzan a conspirar contra ella. Los cinco jóvenes de La Saeta tienen sensibilidad social. Agradecen a las seño­ritas del Ropero el gesto de que les hayan enviado una entrada gratis para el festival y comentan: “Uno de los pasados días, vi en la plaza Mayor una compañía callejera de acróbatas y malabaristas. Me llamó mucho la atención una figulina que hacía brillar las pobres lentejuelas de su traje a la luz de los acetilenos. Era una niña. Subió después a su alambre que se tendía tenso y sobre él paseó ante la expectación del público y entre el abejeo de los aplausos y los murmullos de aprobación. Recordé al punto, al mirar a los balcones, a las burguesitas que son servidas hasta en sus más fútiles caprichos con meticulo­sa exactitud. Y también pensé que esas cosas serían mejor remediarlas que aplaudirlas”.

 

 

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Así es el pensamiento crítico de los jóvenes de La Saeta.

 

En una entrevista de ‘Sansón Carrasco’ con ‘El León y el Águila’, el león le comunica, entre otras, esta chismo­rrería: “Sin ir más lejos, el martes a las once y media de la noche, vi en la travesía de Torrecillas a un grave y sesudo concejal bajarse los pantalones con no muy cató­licos fines”.

 

Juan Panero, con su humorismo, se lanzó a poner cantarcillos a los hombres probos y conspicuos de la ciudad. Julio F. Martinot, “eres buen mozo pero no te casarás”; Francisco Herrero, “chiquito y bonito”; Fernan­do Delás, médico, “no me mates con tomates, mátame con bacalao”; Pompeyo Benito y Manuel Carro, “de una de estas faldas lo menos salen dos”. Los chocolateros eran saludados con “si te dan chocolate, tómalo boba”. Miguel Seco, “La montería”; Luis López, “don Quintín no es un majalandrín” Y así otros muchos como el aceite de ricino de la “Verbena de La Paloma” que le es aplicado a Rodrigo Núñez. De número a número aparecían acertijos, tales como “¿Cuál es la cosa que tiene propiedad de estar en dos sitios a la vez? La vara de la Alcaldía -contesta­ban en otra página-, porque está al mismo tiempo en casa de Matinot y en casa de Pérez Herrero”. Relatan conversaciones de calle como la sostenida por cierto presidente de la Unión General de Trabajadores de Astorga mezclándola con la voz gansosa de “Antoña, trae el escobajo nuevo, porque éste no vale para nada” o citando la canción preferida por Triqui: “a mí que me cuenta usted”.

 

‘El Licenciado Vidrieras’, jugando al desajuste del tiempo, desempolvaba de su archivo algunos datos. Tal licenciado, era Luis Alonso Luengo, adjudicaba a Pedro Alonso Alonso -un comerciante de aquella época-, este ficha: “5 de julio de 1850: compra por cinco ochavos, una airosa zamarra que aún luce con garbo por las calles de nuestra ciudad”. Se rechifla de un ingeniero honorario que en el campo de fútbol dijo: “Oquerio, ¿por qué no vos unís?”. Recuerda que en 1901 Mastroquel, babándose de gusto, declara su amor a Antoñita Núñez; que en 1896 don Porfirio López se deja por vez primera los bigotes; su desparpajo llega a contarnos que el 21 de mayo de 1905, en el Salón del Casino, a un joven astorgano, “bailando un vals, se le cayeron los pantalones, dejando al aire sus níveos calzoncillos”.

 

Así era de rabiosa, de desenfada, de informal su crítica, que había de provocar problemas con los sesudos, pero que liberaba la carga inhibitoria de una ciudad oprimida de tácitas hipocresías.

 

En cada número aparece una sección que se titula Confíteor y que se debe a la colaboración de todos. Son cuatro o cinco pequeñas unidades de cinco o seis líneas a lo sumo, en que ven a Manolín Goy con la regadera en la mano a la puerta de su casa como un manguero munici­pal, en que dan también noticia de los bigotes que se cortan, de los alféreces de la última hornada que van a hacer obispos, de Vicente Pérez y sus rondas.

 

 

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Admiten colaboraciones extrañas. Como la del “Melan­cólico” que descubre las bellezas salvajes de la mujer: “Tu hermosura es la caraba”. La nota de la redacción aconseja al ‘melancólico’ que continúe cultivando la mu­sa modernista y que puede enviarles nuevas colaboracio­nes “en la seguridad de que irán directas a la papelera de nuestra redacción”.

 

(Continuará)

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