Esteban Carro Celada
Domingo, 17 de Noviembre de 2019

La Astorga de los Años 20 (V)

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(...)

 

Calderilla de noticias

 

En el mismo número en que aparece un acróstico a Anita García, hecho por Alonso Luengo, dan la noticia del nuevo alcalde, que era precisamente el padre de Anita:

 

Don Antonio García del Otero. Pudiera parecer que habían sido atrapados, porque Anita y Luis ya eran novios. Pues bien, lo primero que comentan después de su toma de posesión es esto: “Por fin Antoñete se ha posesionado de la Alcaldía”. Piden al nuevo alcalde que renueve el antediluviano carro de la basura que, cuando llega a los altos del cementerio, ya ha dejado en el camino toda la basura. Es el mismo Luengo quien le escribe esto al alcalde: “Hace algunos días, al pasar el antedicho carrito basurero por la Plaza Mayor, vimos a un grave señor que, sentado en uno de los bancos de las panaderas allí establecidas, daba desaforadas voces a su conductor llamándole la atención por la exorbitante cantidad de basura que a diestra y siniestra iba arrojando”.

 

También comunica al alcalde que debe preocuparse de las huma­redas que provocan los vecinos de San Andrés porque suben hasta el jardín. Posiblemente es que “tan cortos de vista, toman por chorizos a curar, a las personas que por la muralla transitan a primeras horas del anochecer”. “Antes de ayer, una pollita de quince abriles, muy peri­puesta y donairosa, caminaba por la muralla en dirección al Jardín; pocos metros le faltaban para llegar al dintel de éste, cuando una de las fatídicas chimeneas lanzó sobre ella una nube de humo. Al disiparse éste pudimos obser­var que la antes nívea y nacarina muchacha se había tornado más negra que el carbón”.

 

Todo lo que sucedía en Astorga caía bajo la lente de estos muchachos. Un día hacen un sensacional despliegue informativo en los titula­res: “Conato de batalla”. Destacan enviado especial y colocan ocho subtítulos. Información sensacionalista: “Catástrofe que pudo ser.— El furor de unos ingenieros. Voces y escándalo.— ¿Los protagonistas heridos? Ca­cheos.— El auto se escapa.— Valga usted guardia que se hacen migas.— Otros excesos”. Frente a este irónico y rocambolesco aparato informativo sólo había sucedido que en las “Ventas de Fuentencalada, varios adoradores de Baco habían entrado en colisión con unos pollos automovilistas, a torta viene y a torta va”. Pero ¿para qué se quiere el humor y el tener 17 años?

 

Los socios de la Bolsa de Trabajadores astorganos quedan también caracterizados con cantares del más jo­vial Juan Panero. Su presidente calvo se cortó el pelo a serrucho, y el segundo de abordo con cuerpo seductor de fandango de candil se apoya en un bastón; el secretario es pollo con espolones, casi gallo. El vicepresidente se dedica a ir de montería. A los vocales les aconsejan: “vaiga uste-al cabaré”. Nos enteramos por el ‘Licenciado Vidrieras’ de que las colgaduras del Ayuntamiento debie­ron comprarse en el 1800, que los instrumentos de la Banda Municipal de Música se arreglaron en el 1803, que un exconcejal acaba de decir en el Casino: ‘Plin y Túpete’, en vez de ‘Prin y Topete’, que se han ido a las manos dos directores de periódico con Pompeyo, y que un chocola­tero, que caminaba para concejal ha ordenado a su sastre que suspenda la confección de la correspondiente levita.

 

Juan Peñero asegura que es triste eso de enamorarse, porque a la mayoría de los hombres les enamora no la mujer sino el parné de la pollita. Dice que a las mujeres no se les ve el rostro sino “las pinturas y postizos y que no es más que un escaparate para lucir trajes y joyas”. Se duele de que el contagio haya cundido entre los hombres “indignos del nombre de tales, pues más parecen entes ridículos y repugnantes, esclavos del nudo de la corbata y de la raya del pantalón”. Juan Panero se encocora y ex­clama: “Ni afeminados merece que se les llame”. Leopol­do Panero, muy sesudamente, da razón de por qué “los paseantes que diariamente concurrimos al jardín, circula­mos solamente por una de sus avenidas”.

 

 

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Incidente en redacción

 

Un hombre en estado de merecer entró un día en la redacción, "quiero que le dediquen un verso a mi prometi­da M. E". Le cobraron 25 pesetas. Al día siguiente apareció el ‘Conde Lucanor’, Alonso Luengo, con estos versos: “Yo te adoro morenita encantadora”. A ver, La Saeta tenía que vivir; también los versos de encargo tenían gracia. Han pedido la colaboración a un escritor mayor que ellos. José Cabezas pertenece a la redacción de ‘El Faro Astorgano’. Les presenta una crítica de sus primeros números. Solamente elijo los versillos de enca­bezamiento:

 

“Mis jóvenes amigos

que en vuestros mozos años,

por sendas periodísticas,

encamináis los pasos;

seguid, seguid la senda

sin miedo ni reparo,

a leznas de la crítica

y coces de las asnos”.

 

 

Otro de sus aciertos consiste en explotar, con inten­ción, el veraneo posible de los personajes y personajillos, según sus apellidos, sus aficiones, sus preferencias o sus manías. Por eso dicen que el veraneo mejor para el director de La Saeta es Fuentencalada, es decir, las Ventas por donde corre el vino. El autor de estas diabluras era Juan Panero.

 

En la correspondencia del 12 de Julio se cartean con ‘Pimpinela’: “Caray, señorita, no nos dedica­mos a extender recetas de cocina. Sin embargo afirma­mos que con esos ingredientes ha de estar usted monísi­ma”. Estos días debió ocurrir algo gordo en la redacción. El diablillo que era Juan Panero atrajo las iras de un indi­viduo de corteses maneras. ‘Sansón Carrasco’, alias Ri­cardo Gullón, lo cuenta así, en una visión agitada de la leonera de la redacción de La Saeta: “pronto se cansó de la cortesía y sacando un vozarrón de ochenta a caballo se encaramó con Juan de Mena (Juan Panero) y cogiéndole por las solapas en forma no muy cariñosa intentó zaran­dearlo; pero no sabía el buen prójimo con quienes trata­ba. Apenas había iniciado el susodicho movimiento ofen­sivo, cuando Critilo (Leopoldo Panero), armado de Coscorita (un tragabolas) le cayó encima, Palmerín (Dámaso Cansado) pescó Machaquito (un taco de golf) y Clarines (Alonso Luengo) y un servidor (Ricardo Gullón) sendas estacas, una de las cuales fue rota en la espalda del pollo visitante”. Bien podrán atestiguarlo sus espaldas que salieron a la vinagreta. ¿Por qué nos dirá esto este melón?”

 

El hecho puede que sea fantástico. Sencillamente, ne­cesitaban original de imprenta a la hora del cierre. Y como el ingenio se derrochaba por arrobas, vale ahí.

 

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El club mental de las gollerías

 

Hay un artículo de Leopoldo Panero en que este pierde la calma, quizá por no haber conseguido su sombrero de paja a la medida, metiéndose con quien escribe a la redacción un artículo firmado por ‘Un estudiante de dere­cho’. Las palabras más graves de ‘Critilo’ suenan así: “¡Qué articulo más brutal, qué salvaje, qué hotentote y luego es un tan honroso seudónimo. Lamento que el bochorno en que se envolvería él y dejaría envuelta a su respetable familia, me impida dar su nombre a la publi­cidad”.

 

Ricardo Gullón buscaba nuevas formas expresivas. Se alía con el pintoresquismo dialectal de Astorga, como fruto de haber leído el libro de Santiago Alonso Garrote. Finge una conversación “radiosorprendida, entre la Curra y la Volona, reyerta que termina en “ca de Menio” que tiene un vino “sopirior”. El comienzo de esta conver­sación es así: “—Lambriona, zarrapastrosa.— Muerta de hambre, pelmántica, tiñosa.— Rebúllante, lambecaras.— Mafarlana, cuánto tiempo ha qui no comes.— Media hora dimpués que tú acabaste de hacerlo, entoavía estaba yo llamiendo el plato”.

 

Otro género que se le daba bien a Ricardo Gullón era la entrevista cómica —con la farola de la plaza, con los toreros— o bien la seria, como aquella realizada con la artista Carmen Diez, la que representó, como vedette en Astorga, algunas obras de teatro. No le iba peor en el cuento anovelado y aun le tiraban los géneros dramáticos, como el contraste de los dos exáme­nes entre un alumno ‘limpio’ y otro empollado, que tendrá que pagar por el sobresaliente unas cañas de cerveza. Es ya estampa sainetera.

 

El humor de Juan Panero se amplifica con sus chistes, con sus pasatiem­pos, con sus cantaremos, y hasta en las divagaciones, como la de la creación en Astorga de un gran club en que, por tres perras chicas al mes, sus socios tendrían derecho a butacones para rascarse los callos, excepto los viernes de Cuaresma que serán de abstinencia callicida; sus de­rechos se extenderían a un campo de fútbol con tribunas y gradas para hombres, porque las mujeres habrán de estar de pie, para guardar la línea y los jugadores tendrán un palacio de cristal para vestirse y desnudarse, tendrán derecho a un campo de tenis para combatir las diversio­nes con las mujeres y en él habrá un casero que guardará las raquetas y pelotas, una pista para correr los niños con los aros, mientras toca la música del jardín, una alameda de chopos y pinos, muy frondosa para las parejas de tórtolos que ahora llevan las caras pegadas a la hora del paseo en el Jardín, y un premio de 10.000 pesetas al vencedor de unas regatas de balandros en el río Jerga.

 

En la sección de ‘Curiosidades’ continúan riéndose de todo bicho viviente incluyéndose ellos mismos. Por eso exco­gitan que el veraneo de nuestro compañero Leopoldo Panero será en Cabezón de la Sal, alusión al tamaño de su cabeza.

 

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Monteserín y otros pormenores

 

La velocidad de los coches, al atravesar por la Plaza Mayor, es objeto de otra de sus repulsas editoriales. Ponen por testigo al pintor Monteserín, quien asegura que un ‘Citroen’ hubo de pillar a una señora que cruzaba desde los soportales de Gavela, y que una bicicleta atro­pelló a un señor “que tuvo la suficiente prudencia para no cruzarle la cara de un sopapo”. Y se preguntan: “¿Ha de estar obligado el peatón que, por su pobreza, no haya po­dido adquirir un H.P; a atarse al cuello una campanilla, a adquirir una bocina, o a decir con voz potente: eh, cuida­do, que aquí voy yo?”.

 

Ricardo Gullón continúa ofrecién­donos estampas dialectológicas como la de aquel señor de Zacos que asistió a la opera de Madrid y luego se lo cuenta, a su estilo, a los patanes de su pueblo, como la versión gauchesca de ‘Fausto’, de Atanasio el pollo. Dos alusiones hay a Juan Panero en un solo número: “nota.— El amigo Juan de Mena —Juan Panero— no publica nada hoy porque se ha quedado en casa poniendo unas medias suelas a los zapatos”. La otra alusión está relacionada con sus flirteos amorosos y con su buen lápiz de dibu­jante:

 

“Humorada.— Uno de los compañeros de Redac­ción, que es gran dibujante, ha tenido la humorada de copiar en rápidos rasgos del natural, un precioso encaje de una enagua de señorita (podía ser señora)”. El 2 de agosto, el editorial aplaude a la Agrupación Lírica por la representación que va a acometer, en favor de las Siervas de María, del Hospital de las Cinco Llagas.

 

Sabemos que acaba de llegar el agua al W.C. de la redacción de La Sae­ta y que ha llegado a ablandarse el corazón del casero de La Saeta, porque no le han pagado aún los cinco duros de renta del local. Panero, Leopoldo— hilvana una crónica aristocrática en que critica las tertulies que trituran con su crítica al bello sexo. Se encorajinan, —son sus pala­bras—, con “el desvergonzado y grosero piropo, con el irrespetuoso y canallesco cuchicheo, palabras malsonan­tes, términos obscenos y además grotescos” del aristó­crata del dinero y del aristócrata de la inteligencia, unidos por el vínculo de la ociosidad”. En esta critica paneriana un bisturí noventayochista, de espoleta retornada.

 

(Continuará)

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