Sol Gómez Arteaga
Sábado, 23 de Noviembre de 2019

Coser y votar -libremente-

 

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Hace unos días, concretamente el 17 de noviembre, se celebraba que las mujeres votaban en España por primera vez, un derecho conquistado que, aunque parece cosa del Paleolítico, es de hace dos telediarios. Ocurría en el año 33, en tiempos de la tan denostada República.

 

Las tardes de invierno como la de hoy veo a mi abuela sentada frente a la mesa camilla tejiendo a ganchillo un cuadro de perlé de algodón que, sumado a otro cuadro y a otro hasta tener un ciento, forman una colcha. Mi abuela levanta la vista de la labor, me mira por encima de sus lentes, me sonríe con sonrisa tranquila, -mi abuela tenía la sonrisa más tranquila que he visto nunca-, me dice: “Es la hora de la merienda”.

 

Como casi todas las conquistas no fue un camino de rosas sino que llevó implícito hasta su consecución muchos debates y quebraderos de cabeza. “La mujer”, argüiría el parlamentario Roberto Navoa Santos, “es todo pasión, no es espíritu crítico, ni reflexión ni ponderación”. No fue el único en oponerse al voto femenino. Pero como ocurre con la alegría en la casa de los pobres, duró bien poco, pues a la República siguió un golpe de estado militar y criminal que nos sumiría durante más de cuarenta años en la longa noite de pedra, y con ella en el oscurantismo, el silencio, la involución. Y el derecho recién conquistado se iría al traste.

 

Mi madre cuenta los hilos en la tela blanca como la leche que nos dio al parir, y con concentrada paciencia los separa, corta, une, formando delicados dibujos que, en caso de que su labor se convierta en visillo, tamizarán la luz, o si es tapete, realzaran ese cenicero olvidado, o, en caso de toalla, nos secarán la cara. Mi madre las tardes de duro invierno hace vainicas.

 

La mujer durante la dictadura pierde su capacidad jurídica, se convierte en un ser tutelado, al arbitrio de lo que decida el hombre que no es lo que ella, de poder opinar, hubiera decidido para sí en la mayoría de los casos. No puede votar, no puede divorciarse si la va mal el matrimonio, no puede disponer de una cuenta propia, por poner algunos ejemplos.

 

El mundillo que maneja mi hermana suena como unas castañuelas alegres, pero no son castañuelas, son los bolillos que mueve con soltura, mientras sueña para su hija o para sí, -soñar es tan fácil y más si una está absorta genuinamente en lo que hace- otros universos posibles.

 

La igualdad de la mujer retorna con la democracia, una democracia que vista con perspectiva historia está aún en pañales, y si no se cuida y se valora en su magnitud hasta en peligro de extinción. Nunca debiéramos haber llegado a consentir que una mujer parlamentaria diga sandeces tales como que ella pondría como asignatura obligatoria costura. Y que empodera mucho coser un botón.

 

A mí, en cambio, desde bien pequeña me fascinaban las telas, sus estampados, sus texturas, e  imaginaba en cada una de ellas las múltiples posibilidades que ofrecían. Disfruté como una enana los años en que los miércoles por la tarde acudía al Centro Cultural de Lavapiés a aprender costura.

 

A las mujeres de mi casa nos encanta eso que se ha dado en llamar ‘labores del hogar’, las hicimos siempre, las llevamos en nuestro ADN. Pero además nos gustan otras muchas cosas. Nos gusta decidir nuestro destino libremente, administrar nuestros bienes libremente, ser libres y ser dueñas de nuestro cuerpo, nos gusta que nos valoren y nos respeten, pensar -es lo más libre que tenemos- por nosotras mismas, elegir cada cuatro años a quienes creemos que representan mejor nuestros intereses , votar, votar… Porque como dijo el poeta Agustín García Calvo, “libre te quiero… Pero no mía, ni de Dios ni de nadie, ni tuya siquiera”.

 

Y estoy segura de que no somos las únicas, que somos más, que sumamos legión.

 

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