Noviembre
![[Img #47185]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/11_2019/8366_j-manuel-genarin-2.jpg)
“Era una hermosa mañana de noviembre. Durante la noche había nevado un poco, pero la fresca capa que cubría el suelo no superaba los tres dedos de espesor” (Umberto Eco. El nombre de la rosa)
Noviembre. Es el undécimo mes, el penúltimo de nuestro calendario, el gregoriano. Pero el noveno del primitivo calendario lunar romano, cuando este solo tenía diez meses y el año empezaba en marzo, y todavía no existía el mes de enero ni el mes de febrero. Por eso, su nombre, que se mantuvo incluso cuando el año pasó a tener doce meses, viene de la palabra november, de novem, nueve en latín.
Este es un mes discreto, apenas destaca en el calendario. Carece del relumbrón de la Navidad que posee su vecino diciembre. Tampoco tiene la luz y el colorido de mayo, ni su batir de alas, su revuelo. En él no hay reyes Magos como en enero; ni están San Valentín y los carnavales del corto febrero. Con él no llega la primavera como llega con marzo. Y las lluvias son de abril, no suyas, pese a que en su nombre, además de la palabra novem, también está la palabra imber, que significa lluvia. Por supuesto, nada comparable a las vacaciones de junio, y menos aún al sol y a la playa de julio, de agosto. Nada como el fin del verano de septiembre. Como el otoño de octubre. Tan solo, al principio, el Día de Todos los Santos y el día de la Conmemoración de los Fieles Difuntos, dos fiestas tristes, que parece que proyectan sobre todo él la sombra de la languidez, de la monotonía.
Noviembre, sin duda, es un mes impreciso, difuso, indefinible. Un mes gris, en blanco y negro, sin color. Un mes sin identidad: no se le conoce por nada, con nada se le asocia. Es el mes del silencio, de los susurros, de los secretos, de la espera. El mes de matar el tiempo. Un mes que nadie ansía su llegada, que no se siente cuando se va. Y una vez ido, nadie lo recuerda. En cambio, cuántas cosas se recuerdan mientras se está en él. Cosas que pasaron en la primavera, en el verano. Sobre todo en el verano: en aquella verbena, entre las sombras, bajo la luna llena. Cosas que duelen. El mes de la melancolía. Donde “los ojos no ven: sueñan”.
Con todo, si uno repara un poco, no es un mes tan insustancial, ni tan insulso. Ni mucho menos. Para empezar, muchas cosas importantes han ocurrido en noviembre, como la caída del muro de Berlín y la firma del armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial. Además, el 14 de noviembre es el Día Mundial de la Diabetes y el 22 se celebra el Día Internacional de la Música. El 28 de noviembre de 1821 se independizó Panamá. Y cuántos poetas, aunque resulte increíble, han escrito su nombre en sus poemas. Cesar Vallejo tiene un poema, tristísimo, con el título Dobla el dos de noviembre. García Lorca escribió otro, no menos triste, que titula Noviembre de 1919. El poeta colombiano Julio Flórez le pregunta a la luna: “¿Sabes lo que mi espíritu ambiciona en esta noche de noviembre, fría, en que el cierzo las tumbas desmorona?” Y Machado, desde Baeza, con el recuerdo de Leonor, aún vivo, aleteando por sus venas, dice en Caminos que las moles de los montes descansan “en esta tibia tarde de noviembre, tarde piadosa, cárdena y violeta”. Más todavía, Cecilia se atrevía a cantar eso tan agridulce de que “Quién cada nueve de noviembre / Como siempre sin tarjeta / Le mandaba un ramito de violetas”. Cómo cuesta, cuando se ha escuchado Un ramito de violetas, olvidar ese nueve de noviembre.
Por eso, no solo mayo, también noviembre puede ser un buen mes para el amor. Pero para otro amor. No un amor fugaz ni epidérmico, adolescente, sino un amor duradero, de entraña. Un amor lento. Un amor que se va haciendo poco a poco, palabra a palabra, en el paseo tranquilo, tarde tras tarde. Se va haciendo de miradas, de sonrisas, de cortos silencios. De roces casuales. Es el amor de delante de un té o un café, humeante, en una cafetería, mientras corre la lluvia por los cristales de la ventana. El amor de apuntar el número de teléfono en una servilleta de papel. De acompañar a casa, de compartir el paraguas, de volver a quedar, de despedirse. De esperar la llamada. De volver a llamar. De decir que no, cuando es que sí. Un amor tardío, de los que ya no se esperan. Un amor para recordar en mayo, o en junio, o el resto del verano, acaso toda la vida, siempre. Otra oportunidad, una más, es lo que puede ser noviembre: volver a empezar.
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“Era una hermosa mañana de noviembre. Durante la noche había nevado un poco, pero la fresca capa que cubría el suelo no superaba los tres dedos de espesor” (Umberto Eco. El nombre de la rosa)
Noviembre. Es el undécimo mes, el penúltimo de nuestro calendario, el gregoriano. Pero el noveno del primitivo calendario lunar romano, cuando este solo tenía diez meses y el año empezaba en marzo, y todavía no existía el mes de enero ni el mes de febrero. Por eso, su nombre, que se mantuvo incluso cuando el año pasó a tener doce meses, viene de la palabra november, de novem, nueve en latín.
Este es un mes discreto, apenas destaca en el calendario. Carece del relumbrón de la Navidad que posee su vecino diciembre. Tampoco tiene la luz y el colorido de mayo, ni su batir de alas, su revuelo. En él no hay reyes Magos como en enero; ni están San Valentín y los carnavales del corto febrero. Con él no llega la primavera como llega con marzo. Y las lluvias son de abril, no suyas, pese a que en su nombre, además de la palabra novem, también está la palabra imber, que significa lluvia. Por supuesto, nada comparable a las vacaciones de junio, y menos aún al sol y a la playa de julio, de agosto. Nada como el fin del verano de septiembre. Como el otoño de octubre. Tan solo, al principio, el Día de Todos los Santos y el día de la Conmemoración de los Fieles Difuntos, dos fiestas tristes, que parece que proyectan sobre todo él la sombra de la languidez, de la monotonía.
Noviembre, sin duda, es un mes impreciso, difuso, indefinible. Un mes gris, en blanco y negro, sin color. Un mes sin identidad: no se le conoce por nada, con nada se le asocia. Es el mes del silencio, de los susurros, de los secretos, de la espera. El mes de matar el tiempo. Un mes que nadie ansía su llegada, que no se siente cuando se va. Y una vez ido, nadie lo recuerda. En cambio, cuántas cosas se recuerdan mientras se está en él. Cosas que pasaron en la primavera, en el verano. Sobre todo en el verano: en aquella verbena, entre las sombras, bajo la luna llena. Cosas que duelen. El mes de la melancolía. Donde “los ojos no ven: sueñan”.
Con todo, si uno repara un poco, no es un mes tan insustancial, ni tan insulso. Ni mucho menos. Para empezar, muchas cosas importantes han ocurrido en noviembre, como la caída del muro de Berlín y la firma del armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial. Además, el 14 de noviembre es el Día Mundial de la Diabetes y el 22 se celebra el Día Internacional de la Música. El 28 de noviembre de 1821 se independizó Panamá. Y cuántos poetas, aunque resulte increíble, han escrito su nombre en sus poemas. Cesar Vallejo tiene un poema, tristísimo, con el título Dobla el dos de noviembre. García Lorca escribió otro, no menos triste, que titula Noviembre de 1919. El poeta colombiano Julio Flórez le pregunta a la luna: “¿Sabes lo que mi espíritu ambiciona en esta noche de noviembre, fría, en que el cierzo las tumbas desmorona?” Y Machado, desde Baeza, con el recuerdo de Leonor, aún vivo, aleteando por sus venas, dice en Caminos que las moles de los montes descansan “en esta tibia tarde de noviembre, tarde piadosa, cárdena y violeta”. Más todavía, Cecilia se atrevía a cantar eso tan agridulce de que “Quién cada nueve de noviembre / Como siempre sin tarjeta / Le mandaba un ramito de violetas”. Cómo cuesta, cuando se ha escuchado Un ramito de violetas, olvidar ese nueve de noviembre.
Por eso, no solo mayo, también noviembre puede ser un buen mes para el amor. Pero para otro amor. No un amor fugaz ni epidérmico, adolescente, sino un amor duradero, de entraña. Un amor lento. Un amor que se va haciendo poco a poco, palabra a palabra, en el paseo tranquilo, tarde tras tarde. Se va haciendo de miradas, de sonrisas, de cortos silencios. De roces casuales. Es el amor de delante de un té o un café, humeante, en una cafetería, mientras corre la lluvia por los cristales de la ventana. El amor de apuntar el número de teléfono en una servilleta de papel. De acompañar a casa, de compartir el paraguas, de volver a quedar, de despedirse. De esperar la llamada. De volver a llamar. De decir que no, cuando es que sí. Un amor tardío, de los que ya no se esperan. Un amor para recordar en mayo, o en junio, o el resto del verano, acaso toda la vida, siempre. Otra oportunidad, una más, es lo que puede ser noviembre: volver a empezar.






