Por aquí pasó un hombre
![[Img #47186]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/11_2019/2373_morales.jpg)
Es uno de los más importantes poetas de su generación; para nada inferior a Gabriel Celaya, Blas de Otero, Carlos Bousoño… Por encima de él solo está el gran Claudio Rodríguez. Y, sin embargo, acaso por su discreción y por no frecuentar capillas ni gustar de banderías políticas –siempre tan rentables–, es de los más desconocidos y olvidados. De no haber sido por la Fundación Gerardo Diego, la Fundación Universitaria Española y la complutense Facultad de Filología, su centenario hubiera pasado desapercibido. Estoy hablándoles de Rafael Morales (Talavera de la Reina, 1919 – Madrid, 2005), el poeta Morales, como lo llamaban sus alumnos, el ‘poeta del toro’, pues había surgido a la vida literaria con sus Poemas del toro (1943), un original ejercicio de poesía táurica y no taurina, pues que por vez primera en la lírica española el protagonista no era el torero sino el toro, símbolo del desgarro, del dolor, tal vez una metáfora de la España sacrificada tras la guerra: « Es la noble cabeza negra pena, / que en dos furias se encuentra rematada, / donde suena un rumor de sangre airada / y hay un oscuro llanto que no suena. »
Fue el primer número de la luego mítica colección Adonáis, y tras él vinieron otros libros en esa misma corriente rehumanizadora de la poesía, con Miguel Hernández, amigo suyo que fue en los años 30, entre sus modelos mejores. Así El corazón y la tierra (1946), donde va incluido el soneto siguiente, ‘A un esqueleto de muchacha’, solo por el cual –afirmó Gerardo Diego– Morales merecería un puesto de honor en la poesía del siglo xx: «En esta frente, Dios, en esta frente hubo un clamor de sangre rumorosa, / y aquí, en esta oquedad, se abrió la rosa / de una fugaz mejilla adolescente. / Aquí el pecho sutil dio su naciente / gracia de flor incierta y venturosa, / y aquí surgió la mano, deliciosa / primicia de este brazo inexistente. / Aquí el cuello de garza sostenía / la alada soledad de la cabeza, / y aquí el cabello undoso se vertía. / Y aquí, en redonda y cálida pereza, / el cauce de la pierna se extendía / para hallar por el pie la ligereza.»
Con Los desterrados (1947) y, sobre todo, Canción sobre el asfalto (1954), por el que recibió el Premio Nacional de Literatura, acercó la poesía a la vida cotidiana, la miseria circundante, “el llanto de lo humilde y lo olvidado”, como dice en su ‘Cántico doloroso al cubo de la basura’, un soneto impecable que convierte en belleza lo más feo y desechable: “Tu curva humilde, forma silenciosa, / le pone un triste anillo a la basura. / En ti se hizo redonda la ternura, / se hizo redonda, suave y dolorosa.”
Publicó después dos poemarios ambiciosos; lirodramas los llamó el poeta, pues que eran una suerte de lírica teatral, de poesía en acción; La máscara y los dientes (1954) y La rueda y el viento (1971). Poco a poco, lo elegíaco se fue adueñando de sus versos: Prado de serpientes (1982) es un título sacado del imponente planto de Pleberio ante el cadáver de su hija Melibea, luego de arrojarse de la torre. En este otoño de su vida escribe también Entre tantos adioses (1993), un homenaje a sus amigos muertos: Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Miguel Hernández: “Yo no sé por qué tú construyes el silencio, / edificas la muerte con tus huesos, / tú el albañil más claro / de las más altas torres / que alzaba la esperanza”.
Pero, ya en la senectud, faltaba por llegar su poemario cumbre, despojado de toda retórica, colección de breves poemas, que son como chispazos de melancolía en la última vuelta del camino, meditaciones morales de intensidad extraordinaria que hunden sus raíces en la mejor tradición estoica de nuestra poesía: Sem Tob de Carrión, Manrique, Aldana, Andrada, Antonio Machado, María Zambrano… Son sus Poemas de la luz y la palabra (2003), poemas desnudos y admirablemente austeros que rinden homenaje a Juan Ramón –“Qué perfección profunda / este cielo sin aves, / sin materia, / donde nada perturba la mirada / y abre la libertad / la altiva patria azul / de la belleza”–, y, al mismo tiempo, al poder salvador de la palabra, esa que al poeta lo hace inmortal: “Oh palabra desnuda, / evadida del trino, / precisa / y clara / y pura, / limpia como una estrella / en la hermosura / exacta del poema”.
PS. Con motivo del centenario de Rafael Morales, la Fundación Gerardo Diego, por iniciativa de la que fue su directora, Pureza Canelo, ha reeditado Por aquí pasó un hombre, antología de sus poemas que el propio poeta se encargó de preparar en 1999. Si alguno de mis lectores está interesado por este libro, puede escribirme a jhuerta@ucm.es, indicando su dirección postal, y se lo enviaré de forma totalmente gratuita.
![[Img #47186]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/11_2019/2373_morales.jpg)
Es uno de los más importantes poetas de su generación; para nada inferior a Gabriel Celaya, Blas de Otero, Carlos Bousoño… Por encima de él solo está el gran Claudio Rodríguez. Y, sin embargo, acaso por su discreción y por no frecuentar capillas ni gustar de banderías políticas –siempre tan rentables–, es de los más desconocidos y olvidados. De no haber sido por la Fundación Gerardo Diego, la Fundación Universitaria Española y la complutense Facultad de Filología, su centenario hubiera pasado desapercibido. Estoy hablándoles de Rafael Morales (Talavera de la Reina, 1919 – Madrid, 2005), el poeta Morales, como lo llamaban sus alumnos, el ‘poeta del toro’, pues había surgido a la vida literaria con sus Poemas del toro (1943), un original ejercicio de poesía táurica y no taurina, pues que por vez primera en la lírica española el protagonista no era el torero sino el toro, símbolo del desgarro, del dolor, tal vez una metáfora de la España sacrificada tras la guerra: « Es la noble cabeza negra pena, / que en dos furias se encuentra rematada, / donde suena un rumor de sangre airada / y hay un oscuro llanto que no suena. »
Fue el primer número de la luego mítica colección Adonáis, y tras él vinieron otros libros en esa misma corriente rehumanizadora de la poesía, con Miguel Hernández, amigo suyo que fue en los años 30, entre sus modelos mejores. Así El corazón y la tierra (1946), donde va incluido el soneto siguiente, ‘A un esqueleto de muchacha’, solo por el cual –afirmó Gerardo Diego– Morales merecería un puesto de honor en la poesía del siglo xx: «En esta frente, Dios, en esta frente hubo un clamor de sangre rumorosa, / y aquí, en esta oquedad, se abrió la rosa / de una fugaz mejilla adolescente. / Aquí el pecho sutil dio su naciente / gracia de flor incierta y venturosa, / y aquí surgió la mano, deliciosa / primicia de este brazo inexistente. / Aquí el cuello de garza sostenía / la alada soledad de la cabeza, / y aquí el cabello undoso se vertía. / Y aquí, en redonda y cálida pereza, / el cauce de la pierna se extendía / para hallar por el pie la ligereza.»
Con Los desterrados (1947) y, sobre todo, Canción sobre el asfalto (1954), por el que recibió el Premio Nacional de Literatura, acercó la poesía a la vida cotidiana, la miseria circundante, “el llanto de lo humilde y lo olvidado”, como dice en su ‘Cántico doloroso al cubo de la basura’, un soneto impecable que convierte en belleza lo más feo y desechable: “Tu curva humilde, forma silenciosa, / le pone un triste anillo a la basura. / En ti se hizo redonda la ternura, / se hizo redonda, suave y dolorosa.”
Publicó después dos poemarios ambiciosos; lirodramas los llamó el poeta, pues que eran una suerte de lírica teatral, de poesía en acción; La máscara y los dientes (1954) y La rueda y el viento (1971). Poco a poco, lo elegíaco se fue adueñando de sus versos: Prado de serpientes (1982) es un título sacado del imponente planto de Pleberio ante el cadáver de su hija Melibea, luego de arrojarse de la torre. En este otoño de su vida escribe también Entre tantos adioses (1993), un homenaje a sus amigos muertos: Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Miguel Hernández: “Yo no sé por qué tú construyes el silencio, / edificas la muerte con tus huesos, / tú el albañil más claro / de las más altas torres / que alzaba la esperanza”.
Pero, ya en la senectud, faltaba por llegar su poemario cumbre, despojado de toda retórica, colección de breves poemas, que son como chispazos de melancolía en la última vuelta del camino, meditaciones morales de intensidad extraordinaria que hunden sus raíces en la mejor tradición estoica de nuestra poesía: Sem Tob de Carrión, Manrique, Aldana, Andrada, Antonio Machado, María Zambrano… Son sus Poemas de la luz y la palabra (2003), poemas desnudos y admirablemente austeros que rinden homenaje a Juan Ramón –“Qué perfección profunda / este cielo sin aves, / sin materia, / donde nada perturba la mirada / y abre la libertad / la altiva patria azul / de la belleza”–, y, al mismo tiempo, al poder salvador de la palabra, esa que al poeta lo hace inmortal: “Oh palabra desnuda, / evadida del trino, / precisa / y clara / y pura, / limpia como una estrella / en la hermosura / exacta del poema”.
PS. Con motivo del centenario de Rafael Morales, la Fundación Gerardo Diego, por iniciativa de la que fue su directora, Pureza Canelo, ha reeditado Por aquí pasó un hombre, antología de sus poemas que el propio poeta se encargó de preparar en 1999. Si alguno de mis lectores está interesado por este libro, puede escribirme a jhuerta@ucm.es, indicando su dirección postal, y se lo enviaré de forma totalmente gratuita.






