Esteban Carro Celada
Domingo, 01 de Diciembre de 2019

La Astorga de los Años 20 (VII)

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Pullas contra el comandante y el casino

 

Sin embargo el 23 de agosto de 1925 volvía a salir La Saeta por última vez, pero solo para contar su indignación y para reafirmar su decisión juvenil de rebeldía remachan­do el clavo.

 

Los Panero no pudieron escaparse del encie­rro de Castrillo. El número lo confeccionaron Alonso Luengo, Gullón y Cansado, pero el protagonista era Pepe Cabezas, el periodista de otra generación que tanto les había ayudado. Todos los seudónimos se trastruecan. El editorial se titula ‘El pasmo de Sicilia’: “De espanto fue la impresión primera, tanto que notamos que las lenguas pelambreras de Sines -Dámaso— y Juan Panero encane­cieron como la de Juanito, tío carnal del último”. “Des­pués de repuestos, prorrumpimos en una carcajada (Ris­co, Cuquerella, Clarines)”.

 

En el artículo había nuevas alusiones al viejo “conocido, cuando a avanzadas horas de la noche silenciosa ve una señal luminosa en cierto balcón...”. Se añade más adelante, con la entonación del excabo ‘Realín’, que “extrañamos mucho que hombres de seso y peso (los dirigentes del Casino) pierdan la ecuanimidad por menos de 50 céntimos” (que era lo que costaba la revista al mes). “Han incurrido en pecado de infantilismo, dándonos una importancia insospechada”. “Recuévanos”. Convocatoria a junta magna por una futesa y llamada de atención a unos progenitores que, al saber el motivo, el que no se rió no le faltó ni un tanto así.

 

Por último piden a la Junta del Casino que se acerquen al Tribunal de la Penitencia para acusarse no sólo de su pecado de infantilismo, sino también de otro de sacrile­gio: “¿No saben ustedes o han olvidado que, después del sagrado recinto de un templo, le siguen en respeto el tocador de una mujer?”. La explicación de esta pregunta la han ajustado antes: “Nos ha parecido un tanto depri­mente que la reunión haya sido celebrada por nuestros fulmínadores en el boudoir, en el tocador de la Sociedad’; La Saeta pide que le hagan efectivas sus deudas en sellos o en pólizas de una peseta.

 

Se divierten publicando un artículo del “Caballero Mur”, el último, colocando esta frase final: “Continuará”. Era la voluntad de permanencia. Eran “Visiones de una Cabeza débil”, como el poema “El Doctor Vegetariano Don Alcornoque por la Universidad de Villamelones”, vagas alusiones al comandante verde. En el ‘Confíteor’, sección sin firma, cuya paternidad hay que atribuir a todos los redactores en distintas proporciones volvían a la carga: “El fino humorismo de un señor con quien nada tenemos que ver, nos ha echado las garras al cuello, con ánimo de exterminamos, pero hemos patalea­do de firme hasta lograr que nos suelte. ¡Y nos ha soltado!”

 

Por ser el último hay una larga, larguísima lista de regalos que se van repartiendo entre algunos astorganos, con motivo de las fiestas; aluden: a Miguel Seco, una jaca pinturesca; a Guillermo Irura, un abanico de la Pompadour; a Francisco Ferreras, “un tarro de elixir para ocultar canas”; a Francisco García del Otero,una tercero­la para cobrar piezas grandes y como somatenista para colgarla de un garfio como la Carabina de Ambrosio; a Leoncio Goy, “un chaleco y botines albosos”; a César Pallarás, una chaqueta no pingona y “sin fuelles y arrugas en los sobacos”; a Bernardo García Nistal, un par de zapatos de mujer; a Montero y Salvadores, una colección de telas de fantasía; al Ayuntamiento, una cesta de merienda fiambre; a Andrés Luengo, un cilindro para el manubrio; a Baldomero López, moscatel y jerez quina; a Muñoz Gato, unos chanclos para el invierno; a Heriberto Martínez, una caja de pasas de Oporto, para que recuerde a su portuguesiña; a Magín Revillo, dos tomos de la ‘Hoja de parra’, tres tomos de la ‘Novela Pasional’, un ‘Tratado de rúbrica’ de Solans, el escapulario del Sagrado Corazón y unos pantalones gedeónicos; a Víctor Fernández, el estoque de Joselito y el moquero empapado de sangre de Granero. Para una señora, muy cabal y cristiana, una porción de ejemplares de la comedia de Don Melitón Amores, ‘Viene el Regimiento’, pues los repartirá gratis entre ciertas pollitas. Esta obra teatral había sido repre­sentada, en el mes de mayo de ese mismo año y hablan intervenido Luis Alonso como capitán, y Leopoldo Panero figuraba como teniente.

 

Por alguna parte de este número final hay un “Aviso importante: se vende: un malhumor en excelente uso, con o sin. Razón en el Casino”. Los ecos de sociedad están plagados de alusiones al inciden­te. “Han salido: La Saeta a pesar de los esfuerzos de la Junta del Casino. a cumplir su destierro, impuesto por la autoridad paterna, Juanito y Leopoldito Panero”. “Han llegado a creerse algunos que no salía ‘La Saeta’. Llegarán a hacerse ricos, todos los redactores de este periódico. A pagarnos los recibos los morosos”.

 

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El canto de cisne de ‘Don Melquíades’

 

Sin embargo el responso final, la nota homérica es la que escribe don Melquíades, el viejo muñeco, desde su ventilada posición de la puerta de la redacción. Lo sus­cribe don Melquíades y se titula ‘Plañídeos’: “El lunes, día 17, a las 7 de la mañana (y tiene esto más 7 que mi traje) salieron a cumplir su destierro dos caros amigos, Leopoldito y Juanito Panero. ¿Quién los confinó? ¡Ah, gloriosos mártires, dos coronas hechas de las tiras de la chaqueta del culpable ceñirán vuestra frente y una aureola de paz os ha de nimbar! Nosotros estamos a vuestro lado, en medio de la vegetación exuberante del monte de Castrillo, cuyas matas y arbustos y añosas encinas hanse de aparecer, cual abracadabrantes fantasmas, a esa Junta del Casino tan rápida en sus decisiones. Podéis supone­ros los sollozos y los lloros y lágrimas que nos ha costado el vernos privados de vuestra compañía, y la firme promesa de no abandonaros que hemos hecho ante la efigie veneranda de nuestro glorioso Machaquito, que también ha llorado, uniendo su pesar al de don Esteban, Coscorita, Pirulí, y al nuestro vehemente y sincero. —Nos quieren apabullar, así gritaba el bueno de Coleta! —Qué horrible desgracia—, corroboraba Clarines. Parapa —Pe­pe Cabezas— juró en firme sostener La Saeta, y La Saeta sigue impasible, porque es como los árboles que al podarlos reverdecen. Un saludo sincero os envía Melquía­des”.

 

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¡Qué bello canto de cisne para La Saeta, que por supuesto no volvió a salir más, ya que sucedía a finales de agosto! Después los veraneantes se marchan y Astorga pierde el pulso veraniego, porque el otoño madura su torre de la Catedral, como un limonero con campanas. Por los días de las Ferias y Fiestas de Astorga ya volvían a reunirse alguna vez en pandilla los cinco o seis por la plaza. Los fuegos artificiales se quemaban en la Plaza Mayor, bajo la mirada de los dos maragatos y el reloj. Era una noche eruptiva de luces y de pólvora. No tenían dinero, y había que entregar la llave. Se encontraron con el casero. Leopoldo le dio carrete, Juan le hacía mone­rías, Luis le contaba la historia anticipada de los simbolis­mos y castillos de artificio. Tras de ellos, Ricardo busca el momento, disimuladamente, de colocarle en el bolsillo de la chaqueta la llave de la redacción; por supuesto habían desaparecido ya las mesas, las sillas y los símbo­los y sólo quedaba el botijo ‘despítorrao’, el escobajo de barrer, los ovíllelos insultantes, los dibujos cómicos de Juan y un cierto olor a orines comunes.

 

Cuando Ricardo Gullón pudo realizar la operación de introducir la llave, se alejaron buenamente del casero. Astorga cubeteaba en fiestas y ellos soñaban. Habían madurado algo diferente. Contaban con una experiencia periodística, la de sus 16 y 17 años, aunque no tenían dinero para pagar al casero.

 

A la mañana siguiente, el casero se sorprendió de hallar en el hondón del bolsillo la llave. Armó la de San Quintín. Visitó las casas respectivas de los papás de cada uno de los muchachos. Y al fin se arregló porque don Paulino, don Moisés y don Germán se avinieron a pagar religiosa­mente la chiquillada adolescente de sus hijos.

 

(Continuará...)

 

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