Un escalofrío
![[Img #47305]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/12_2019/7266_angel-barbosa.jpg)
La deportiva ha sido considerada la cenicienta de las especialidades en los medios informativos generalistas. A ello contribuía su espacio en las últimas páginas de un diario o el minutaje final en las noticias de radio o televisión. Su concepción como ocio masivo y no de élites, así como su escaso margen para el análisis, la rebajaron a una sección menor en los imaginarios profesional y popular.
Un apriorismo, sin duda, injusto. El periodismo deportivo ha estado muy bien nutrido de excelentes plumas y voces que elevaron la información, la crítica y las columnas o artículos del subgénero a una alta dosis de calidad. Me precio de haber tratado y conocido a excelentes profesionales en este campo. Con la vista puesta en un pasado de juventud, las opiniones de Miguel Ors, Antonio Valencia o Ventura de la Vega Gilera, eran, en sí mismas, una lección de periodismo sin más ubicaciones. Más recientes en el tiempo, no escaparon o escapan a mi curiosidad los escritos de Julián García Candau, de Alfredo Relaño, de Santiago Segurola, de mi pariente José Miguélez, de José Sámano o de Orfeo Suárez, aderezados en una cultura que sobrepasa la simple polémica por el gol bien o mal anulado. Y si quieren elevarlo a la categoría de literatura, relatos sobre épicas, dramas y cotidianidades de deportes varios, se han elevado en el quehacer de escritores de renombre. Aunque no gusten del fútbol, lean la a recopilación sobre dioses de este deporte que reúne el uruguayo Eduardo Galeano en El Fútbol a Sol y Sombra. Deliciosa.
La grandeza de estos periodistas y otros que se han quedado en el tintero no tenía otro secreto que el de la objetividad como única moneda de curso legal para adquirir el gran valor de todo informador: la credibilidad. Muchos, amigos y colegas en el trato, me confesaron preferencias inequívocas por tal o cual club. Es inevitable. Nadie duda que entre los cronistas políticos, haya lo más variopinto en las preferencias partidistas, pero la regla ética es similar. No mostrarlas o disimularlas era valor añadido.
El mundo de la información lleva algunos años arrastrando el peso de una transición al puro espectáculo, sobre todo en los medios audiovisuales, los que mejor congenian con la pretensión del triunfo estadístico de las audiencias. Y de ese show forman parte las tertulias de nuevo cuño. Si sobre una información, la deportiva, enraizada en el espectáculo y en las pasiones, se añaden más dosis de la misma medicina, la cosa es fácil que degenere en el aquelarre de contertulios forofos de un equipo dejando de lado la condición de informadores; que los teatros de operaciones parezcan gradas de estadio con forofos en clave de verborrea; que el argumento, en vez de la palabra y la reflexión inteligentes, sea la jactancia en metáfora de bufandas y camisetas; y que la objetividad yazca KO sobre la lona, noqueada por histéricas militancias, que es lo que vende.
En ese estado de cosas, fui espectador de la apertura de la información deportiva de una televisión comunitaria y, como tal, pública, en las ediciones de mediodía y noche, a propósito del gran partido de la jornada de liga. Fue un escalofrío. Uno de los equipos contendientes, el visitante, había fichado al principio de temporada a la estrella de su rival, el local, en el inmediato partido. Un buen minutaje informativo se dedicó a sondear entre los aficionados cómo iba a ser el recibimiento en el campo a esa especie de traidor, es decir, buscar el vómito de la miseria, y a continuación la locución se sostuvo sobre el rostro del futbolista cuestionado, seguido con una diana de mirilla de fusil y la leyenda: señalado. Sensacionalista, inoportuno y, sobre todo, cruel, cuando no hace mucho, una organización terrorista de este país, con casi un millar de muertos en su dramático currículo, designaba a sus víctimas por un procedimiento similar. ¿Es o no una incitación a la violencia?
La recreación hooliganista no se paró ahí. A continuación se mostró el primer plano de una baldosa con el nombre del susodicho en los aledaños del estadio - como tienen otros futbolistas del equipo- llena de basura, y en el colmo de la sofisticación miserable, el muñeco de trapo de una rata. Dos días después, celebrado el encuentro, se volvió a recrear la imagen con el triple de porquería y de roedores. Con toda la hipocresía, los presentadores del programa censuraron el comportamiento de esos aficionados, merecedor por otra parte, pero silenciando el efecto llamada provocado, al obviar la pertinente autocrítica de tan irresponsable información previa.
Una información malsana, bien aderezada para suscitar disputa y no sosiego, en una cadena que raro es el día no censura comportamientos vandálicos de aficiones de otras regiones o de otros países. Que se hace eco con pesar de los insultos racistas en las gradas, pero que alimenta rencores en las de un estadio de su territorio. Una doble moral, propia de práctica informativa sujeta solo al interés mercantilista de la permanente polémica, no de razones, sino de pasiones. Mal va el periodismo de cualquier disciplina si solo explota instintos y no retorna a la tradicional casuística de informar, formar y entretener.
![[Img #47305]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/12_2019/7266_angel-barbosa.jpg)
La deportiva ha sido considerada la cenicienta de las especialidades en los medios informativos generalistas. A ello contribuía su espacio en las últimas páginas de un diario o el minutaje final en las noticias de radio o televisión. Su concepción como ocio masivo y no de élites, así como su escaso margen para el análisis, la rebajaron a una sección menor en los imaginarios profesional y popular.
Un apriorismo, sin duda, injusto. El periodismo deportivo ha estado muy bien nutrido de excelentes plumas y voces que elevaron la información, la crítica y las columnas o artículos del subgénero a una alta dosis de calidad. Me precio de haber tratado y conocido a excelentes profesionales en este campo. Con la vista puesta en un pasado de juventud, las opiniones de Miguel Ors, Antonio Valencia o Ventura de la Vega Gilera, eran, en sí mismas, una lección de periodismo sin más ubicaciones. Más recientes en el tiempo, no escaparon o escapan a mi curiosidad los escritos de Julián García Candau, de Alfredo Relaño, de Santiago Segurola, de mi pariente José Miguélez, de José Sámano o de Orfeo Suárez, aderezados en una cultura que sobrepasa la simple polémica por el gol bien o mal anulado. Y si quieren elevarlo a la categoría de literatura, relatos sobre épicas, dramas y cotidianidades de deportes varios, se han elevado en el quehacer de escritores de renombre. Aunque no gusten del fútbol, lean la a recopilación sobre dioses de este deporte que reúne el uruguayo Eduardo Galeano en El Fútbol a Sol y Sombra. Deliciosa.
La grandeza de estos periodistas y otros que se han quedado en el tintero no tenía otro secreto que el de la objetividad como única moneda de curso legal para adquirir el gran valor de todo informador: la credibilidad. Muchos, amigos y colegas en el trato, me confesaron preferencias inequívocas por tal o cual club. Es inevitable. Nadie duda que entre los cronistas políticos, haya lo más variopinto en las preferencias partidistas, pero la regla ética es similar. No mostrarlas o disimularlas era valor añadido.
El mundo de la información lleva algunos años arrastrando el peso de una transición al puro espectáculo, sobre todo en los medios audiovisuales, los que mejor congenian con la pretensión del triunfo estadístico de las audiencias. Y de ese show forman parte las tertulias de nuevo cuño. Si sobre una información, la deportiva, enraizada en el espectáculo y en las pasiones, se añaden más dosis de la misma medicina, la cosa es fácil que degenere en el aquelarre de contertulios forofos de un equipo dejando de lado la condición de informadores; que los teatros de operaciones parezcan gradas de estadio con forofos en clave de verborrea; que el argumento, en vez de la palabra y la reflexión inteligentes, sea la jactancia en metáfora de bufandas y camisetas; y que la objetividad yazca KO sobre la lona, noqueada por histéricas militancias, que es lo que vende.
En ese estado de cosas, fui espectador de la apertura de la información deportiva de una televisión comunitaria y, como tal, pública, en las ediciones de mediodía y noche, a propósito del gran partido de la jornada de liga. Fue un escalofrío. Uno de los equipos contendientes, el visitante, había fichado al principio de temporada a la estrella de su rival, el local, en el inmediato partido. Un buen minutaje informativo se dedicó a sondear entre los aficionados cómo iba a ser el recibimiento en el campo a esa especie de traidor, es decir, buscar el vómito de la miseria, y a continuación la locución se sostuvo sobre el rostro del futbolista cuestionado, seguido con una diana de mirilla de fusil y la leyenda: señalado. Sensacionalista, inoportuno y, sobre todo, cruel, cuando no hace mucho, una organización terrorista de este país, con casi un millar de muertos en su dramático currículo, designaba a sus víctimas por un procedimiento similar. ¿Es o no una incitación a la violencia?
La recreación hooliganista no se paró ahí. A continuación se mostró el primer plano de una baldosa con el nombre del susodicho en los aledaños del estadio - como tienen otros futbolistas del equipo- llena de basura, y en el colmo de la sofisticación miserable, el muñeco de trapo de una rata. Dos días después, celebrado el encuentro, se volvió a recrear la imagen con el triple de porquería y de roedores. Con toda la hipocresía, los presentadores del programa censuraron el comportamiento de esos aficionados, merecedor por otra parte, pero silenciando el efecto llamada provocado, al obviar la pertinente autocrítica de tan irresponsable información previa.
Una información malsana, bien aderezada para suscitar disputa y no sosiego, en una cadena que raro es el día no censura comportamientos vandálicos de aficiones de otras regiones o de otros países. Que se hace eco con pesar de los insultos racistas en las gradas, pero que alimenta rencores en las de un estadio de su territorio. Una doble moral, propia de práctica informativa sujeta solo al interés mercantilista de la permanente polémica, no de razones, sino de pasiones. Mal va el periodismo de cualquier disciplina si solo explota instintos y no retorna a la tradicional casuística de informar, formar y entretener.






