Aidan Mcnamara
Sábado, 07 de Diciembre de 2019

Calentamiento cerebral

[Img #47306]

 

 

¿Por qué uno siente que la historia contemporánea está envejeciendo a un ritmo más rápido que los eventos más remotos que han pasado por su caudal? ¿Porque estamos produciendo demasiado? ¿Por el afán de consumir? ¿Porque la producimos más rápido y podemos revisarla más a fondo? ¿Hay una mayor abundancia de historiadores? Y, ¿no será que todos nos estamos convirtiendo en unos historiadores aficionados, cuando no en periodistas a la carta? Pregunto sin ironía.

 

¿La gente lee más? No lo sé. Ven más, eso sí.

 

(Inciso breve teatral para mantener el interés del lector)

 

Seis conceptos en búsqueda de un hilo común

 

Paradigma: Bloguero, ¿eres autor? ¿Tienes autoridad?

Historia: No le hagas caso. Es un amateur. Busca atención.

Periodismo: Yo sí soy un profesional. Mi cuento cuenta.

La política y la economía (la bicefalia problemática, a menudo sin ni siquiera la mínima capacidad de comunicarse mediante, por ejemplo, las plataformas más básicas tipo WhatsApp): Necesitamos consignas nuevas. ¡Centremos el centro!

El arte: Total, todo el mundo ya es un creativo.

La humanidad: Me estoy mareando. Y ¡Qué es la DANA cuando no es la gota fría?

 

(Fin del inciso).

 

Navegamos una y otra vez (o igual no repasamos nada) a través de nuestras cuentas de Facebook, Instagram etc. y miramos las cosas, los artículos y las fotos que hemos mandado, subido y compartido o recomendado tanto que incluso el Once de Septiembre ya se siente como algo que pasó hace cincuenta años. ¿La red ha expandido la conciencia? ¿Nos gusta más la historia?

 

Tal vez no estoy hablando por mucha gente. Tal vez soy demasiado sensible. Es cierto que el periodismo actual reparte la realidad en bloques de cronologías casi autónomas; tanto que uno tiene que ser muy hábil para evitar la halitosis que produce el diálogo de besugos. Sin embargo, es una pluralidad tan necesaria como agobiante. Abro una historia, un reportaje, sobre el conflicto en Bolivia y luego recuerdo que debo volver al conflicto en Venezuela. (¿Qué hizo Zapatero allí?) ¡Mierda! Debo revisar, debo hacer historia. ¿Son mis deberes de demócrata?

 

Y si pierdo un día siguiendo la campaña de las elecciones brexitadas en RU y luego enciendo la radio un día después, ¿pillaré la referencia que el interlocutor hace a la conferencia de la OTAN en Londres donde La Cabeza de Calabaza Suprema está siendo objeto de burla por parte de los políticos un poco más preocupados por el cambio climático? ¡Mierda bis! Pero, a la vez, tengo que estar al tanto de los acontecimientos en Madrid en cuanto a la cumbre sobre el clima y encima buscar la etimología de catamarán

 

¡Dios! lo que está sucediendo en Bolivia. Hace dos días que no lo sigo. ¿Cuándo tendré tiempo para volver a examinar los acontecimientos en Oriente Medio en general? ¿Y Siria? ¿Yemen?

 

El archidesconocido (la Universidad como concepto potente y útil no pasó la prueba del casting para la micro-obra de arriba), Herbert A Simon, es considerado el padre de la expresión/idea La economía de la atención. En resumidas cuentas (o igual estoy perdiendo interés) la atención es un recurso limitado. La frase hecha coloquial es genial: prestar atención. Hoy en día, la atención está tan atomizada y tan atormentada que no nos enteramos de sus dividendos. Porque en el fondo tal vez sean muy pocos. Ahora voy a dar un paseo por los pueblos más bonitos de España, empezando por Castrillo de los Polvazares, una historia de tradición actual, una realidad tangible. Tendré tiempo… sé que no tengo que interesarme por el nuevo libro de Rajoy.

 

 

 

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.