Sol Gómez Arteaga
Sábado, 14 de Diciembre de 2019

Obsolescencia programada

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Sigue habiendo zonas en el centro de Madrid que concentran determinadas actividades comerciales: en la plaza de Pontejos  están las mercerías, en Augusto Figueroa los muestrarios de calzado, en la calle de la Puebla las lámparas. Precisamente a una lamparería que hay cerca de la calle de la Puebla dirigí mis pasos hace unos días en busca de una pantalla de cristal, tras romperse una de las tres idénticas que había comprado tiempo atrás en ese mismo lugar y que pendían sobre la mesa de la cocina de mi casa de Asturias. El dependiente me dijo que no la iba a encontrar pues ese fabricante ya no existía. Me di una vuelta por la tienda. Entre numerosas lámparas de estilo retro, pandelocas, plafones y cables dorados, vislumbré una pantalla de menor tamaño que mis otras dos supervivientes y se me ocurrió que colocada a distinta altura podía quedar bien y hasta dar un toque original al espacio, así que decidí comprarla. Pero al cogerla en las manos -me gusta tocar las cosas con las manos, qué se le va a hacer- descubrí que no pesaba nada. El dependiente acabó confesándome, mientras la metía en una caja de cartón, que las cosas ya no son lo que eran y el cristal tampoco.

 

Ambas llegamos intactas a casa, pero no hubo la misma suerte con el resto del recorrido pues la fragilística y sucedánea pantalla cascó, oh, hado secutivo en mis dolores, a la mitad del siguiente trayecto.      

 

Lo que quiero resaltar de la anécdota contada es la frase del dependiente “las cosas ya no son como antes”. Es verdad. Vivimos en un mundo cambiante, en un mundo de usar y tirar, en un mundo en el que lo que hoy vale mañana se queda anticuado, en un mundo bastante espurio además, donde el perfume ya no huele como olía, la ropa ya no tiene la calidad de antaño o los aparatos electrónicos están hechos para que, tras un tiempo programado, dejen automáticamente de funcionar. Obsolescencia programada, le llaman. Y esto que ocurre en el orden material ocurre paralelamente con las ideas, con el pensamiento, con el orden inmaterial. Lo que hoy digo, mañana lo desdigo, pues todo vale.

 

Un mundo perverso donde el enemigo es interior, casi uno mismo.   

 

Es cierto que los avances tecnológicos, los nuevos inventos nos hacen, qué duda cabe, la vida más confortable, más cómoda y agradable, pero también es cierto que no consiguen que seamos más felices. Nuevas patologías del orden psíquico, como los trastornos límites de la personalidad, la hiperactividad, el trastorno borderline, el déficit de atención, los trastornos de la alimentación, son síntomas o expresiones del tipo de sociedad -inconstante, voluble, frenética, fragmentada- en la que vivimos.  

 

Aun quedamos, no obstante, algunos nostálgicos del pasado que creemos a pies juntillas en la consistencia de objetos e ideas. No caduca, por ejemplo, el afecto o la gratitud que sentimos hacia alguien, ni la emoción que nos embarga al contemplar la cumbre nevada de una montaña o la gota de lluvia que pende de una rama seca o el mar o una nube o el verde de los pastos que se renueva cada primavera. No caducan las fotos que reposan en cajas oxidadas de hoja de lata esperando el asombro de que alguien un día, por casualidad, las descubra, ni caducan los recuerdos que se quedaron prendidos en un recodo de la memoria y nos asaltan, como gorriones fugaces, cuando menos lo esperamos.

 

No caduca, no puede caducar, ese resquicio de humanidad que nos queda, y a veces no solo no caduca sino que mejora, como el buen vino, con los años.

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